28/10/1992
Estoy nerviosa, estoy participando en cinco clubes, siento que me va a explotar la cabeza y el estómago, mis pies duelen como nunca. He estado corriendo de un club a otro durante el día y ya queda poco tiempo para que sea el día del evento, no sé cómo es que no me he desmayado en medio del pasillo.
Pienso a veces que estoy exagerando, pues ya he estado en cuatro clubes al mismo tiempo, uno más no sería tan pesado, pero mi cuerpo me dice lo contrario, ¿cómo sería si me hubiera unido a la coreografía principal en danza?
Recuerdo que Fernanda fue la que me acercó a ese club, estábamos en su cuarto haciendo la tarea en el piso.
—Li — Así me decía cuando de verdad quería que le hiciera caso, con aquel tono de súplica típico de una niña consentida —, ¿crees que me vería bien si bailo?
—Oye, haces trampa, nunca te he visto bailar.
—¿Entonces dices que me vería mal? —dijo posando su frente en la mía.
—No quise decir eso…
—Es que quiero entrar a danza, ¿podrías unirte conmigo, Li? — Me puso las manos sobre los hombros y besó mi nariz—, ¡por favor!
—Suena lindo, ¿pero qué tipo de baile hacen? no sé si yo pueda bailar, me da un poco de pena.
—Hacen de todo un poco: tango, bolero, vals, danza contemporánea y un poco de rock and roll, pero siempre incluyen danza folklórica.
—Sabes mucho de baile.
—Estuve ahí el año pasado, por eso te lo pido, extraño bailar.
Aquella vez hubiera dicho que sí automáticamente, siempre era así porque me tenía casi hipnotizada a la orden de sus caprichos, pero no lo hice solo porque dudaba de mí misma. Después de unos días se salió con la suya y nos unimos a Danza.
Creí que me iría mal, que mis pies no me obedecerían, sobre todo, notaba que Fernanda era más experta y hábil en eso, se aprendía rápido las coreografías, pocas veces le corregían la postura, casi nunca perdía el ritmo y tenía un excelente equilibro. Era como una hada, delicada, elegante, como siempre, y cuando llegaba el momento del rock and roll, su personalidad cambiaba, se transformaba en una chispa de alegría y eso es lo que muchas le reconocían y admiraban.
Por fortuna, no tardé en adaptarme, al principio me quedaba en el fondo para no arruinar las coreografías, pero a una compañera se le ocurrió preguntar por la danza contemporánea, la maestra improvisó y mientras lo hacía llegué a sentir nostalgia y algo más que me hizo querer ser parte y comencé a ponerme más al frente.
La maestra notó mi interés y me dio la oportunidad de hacer una parte en solitario. En esa ocasión no me sentí presionada, yo quería hacerlo porque me gustaba. Varias chicas se habían postulado para hacerlo y al final quedamos tres; podría haber sido Fernanda, pero la maestra quería caras nuevas.
No recuerdo el nombre de las chicas, ni de qué grado eran, pero sé que lo hicieron muy bien. Una de ellas hizo la apertura, otra el cierre y yo quedé en medio, en el corazón del baile. Me sentí como un ave libre en el escenario. Olvidé por completo a la audiencia, solo era la música y yo.
Cuando las demás bailarinas se integraron de nuevo nos comparé con notas musicales, éramos parte de la canción. Al tocar la flauta o el violín me gusta sentir que tengo el control, pero en la danza contemporánea es un sentimiento diferente y me gusta.
Aquella vez nos presentamos para un evento de primavera, pero a pesar de que no me fue mal, no volví a participar, pues la próxima vez haríamos un número para el diez de mayo y yo sabía que mi madre no vendría, ella dice que esos eventos solo hacen perder el tiempo. Además, conociéndome, iba a estar amargada y esas cosas se notan allá en la tarima, aunque en realidad quise volver, pero sentí que ya era demasiado tarde, para ese tiempo ya me había unido al club de literatura.
Con los días que quedan para el día de muertos ya no me queda tiempo para ensayar cualquier cosa, he estado ayudando con los vestuarios, llevando material, entre otras cosas, como una asistente, así como dijo Anna, solo en instrumentos hago algo de verdad importante.
En fin, ha sido tan agotador que tengo que hacer mis tareas hasta entrada la noche. Lo peor es que hoy fui al salón de Pintura y no está la misma maestra del año pasado.
—No creo que seas tan talentosa como para hacer una pintura en cuatro días, lo mejor será que nos apoyes lavando los pinceles.
Tiene razón, pero el tono con el que lo dijo me hizo sentir mal. Le pregunté a una compañera, con toda la pena del mundo, cuál era el tema de la exposición.
—La vida y la muerte.
—¿Así nada más?
—¿Te parece un tema fácil? —dijo con el ceño fruncido, los brazos cruzados y meneando la cabeza como si le temblara de rabia.
—Sí, solo tienes que plasmar ambas cosas en el lienzo y…
Al parecer había sonado arrogante, no era mi intención, no sé por qué hablé en ese tono, supongo que estoy estresada y frustrada porque no podré participar en uno de mis clubes favoritos.
—Ve a lavar los pinceles.
La chica me barrió con la mirada y de ahí no volvió a dirigirme la palabra. Creo que todas estamos sensibles.
Solo por si acaso, he llenado una de mis maletas, la más grande, con ropa, dulces y dinero. Si las cosas empeoran voy a saltarme la barda a media noche, o quizás deba esperar al día del evento y aprovechar cuando salgamos, tal vez deba ocultar mi maleta en algún sitio para estar lista, mañana buscaré en los jardines cercanos a la puerta. Ya no quiero estar aquí.
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