Bosque (Parte 3)

Sé que ahora tengo que ser más valiente, tuve un momento de debilidad y cobardía y me avergüenzo demasiado por eso, tendré que ser más fuerte para lo que viene.

Desperté a la mañana siguiente a las cuatro y media, parecía que mi cuerpo sabía que el día estaría ocupado por el evento, así que corrí a bañarme con agua fría, no quise regular la temperatura, solo tenía prisa. 

No había abandonado mi desesperada idea de escapar del colegio. Estaba pensando en escabullirme en cuanto llegáramos al centro, mientras, vaciaba mi mochila y metía la ropa que había echado al suéter, esta vez pude empacar más ropa, la tarde anterior había estado tan enojada y nerviosa que no había pensado bien las cosas.

—Eres una tonta, Alicia, ¡vaya tonta!

—¡Ali, ¿estás lista?! — Anna gritó detrás de la puerta.

—S…sí. ¡Ya voy!

En cuanto abrí la puerta Anna se abalanzó sobre mí. 

—¿Qué pasa?

—Nada, te extrañé desde ayer —contestó —, vine a verte y no te encontré. Las chicas también se desocuparon y queríamos cenar con todo el salón en la misma mesa, como la otra vez.

—¿P…por qué?

—Para desearnos suerte en los eventos, platicar un rato, decidir el castigo de las Rosas ¡porque las aplastaremos!

—¿Tan seguras están de ganar?

—¿Por qué no, Ali? además, una de las chicas quería darte un regalo, no recuerdo quién. Pero ya vámonos, primero tenemos que reunirnos en el aula para algunas indicaciones —dijo jalándome del brazo —. Deja la mochila, no la ocuparás…

—La necesito.

Abracé la mochila con fuerza. Anna se me quedó viendo con sorpresa.

—Está bien… Vamos.

Noté que se le había bajado el ánimo, supuse que era porque me había comportado muy grosera. 

En el salón, las maestras nos animaron y agradecieron nuestros esfuerzos. Luego tuve que correr a los clubes para ayudar a guardar todos los materiales necesarios en los camiones. Cuando menos me di cuenta ya estábamos en camino. 

El bosque abarca desde más allá del colegio, todo el recorrido y parte del pueblo, se veía inmenso, oscuro, solitario y frío, a pesar de que era de día.

Traté de esconderme de las chicas, pero Anna, Karina y Elena se aparecían de pronto a mi lado. Elena le estaba platicando de su proyecto a Karina, quien escuchaba atentamente y no dejaba de comer frutos secos de una canastilla, de esas que le traen cada domingo.

Anna se veía distraída.

—¿No vas a practicar tus dominios de pelota? —pregunté al bajarnos del autobús.

—Ah, si quieres ver vamos con el club para que me presten un balón.

—Ve tú. — Quería que me dejara sola.

Me alejé de todos, me puse el suéter verde y me solté el cabello esperando confundir a quien sea que me llegara a ver. Caminé hacia el bosque con un poco de duda. Me sudaban las manos y los pies me temblaban, creí que me resbalaría tan solo con pisar cualquier piedra suelta. 

Avancé lejos del ruido de la gente, en cambio, se escuchaban las aves, los grillos y el zumbido de algún otro insecto. Respiré profundamente y sentí la libertad, pero también incertidumbre y… miedo.

—¿Te vas sin despedirte?

Me volteé con rapidez al escuchar la voz de Anna detrás de mí. Ella tenía los ojos inundados de lágrimas y sostenía un balón de fútbol en un brazo. 

—Tengo que irme.

—Quiero que sepas — dijo acercándose a mí — que las chicas y yo te queremos mucho, y aunque te vayas… te dejaremos un lugarcito entre nosotras… si decides regresar…

—¿No vas a intentar detenerme?

—¿Quieres que yo te detenga o en realidad no quieres irte? —preguntó agachando la cabeza.

En ese momento sentí que la rabia fluyó por mis venas. ¿O era adrenalina?

—Tengo que ir a afinar mi violín — era una mentira, pero seguro que ella ya lo sabía. Caminé con pasos apresurados sin mirarla.

Me dirigí a donde estaban las chicas del club de instrumentos preparando flautas, violines y guitarras. Karina venía corriendo hacia nosotras.

—Si no queda más qué hacer iré con las chicas de teatro — le dije sin tacto.

—Sí, sí, sí, una de ellas te estaba buscando — respondió Karina, preocupada. Tenía la tez pálida y la mirada inquieta.

Logré escuchar a Anna y Karina discutiendo a mis espaldas.

—¿Ibas a dejarla ir? —susurró no lo suficientemente bajo como para que no la oyera.

—Estaba por correr y avisarle a una prefecta…

—Eres muy confiada… pudo hacerse daño…

—No volverás a hacer eso, ¿verdad? —me preguntó Anna, subiendo la voz y abrazándome por la espalda.

—Ya… vayan arreglar sus asuntos, veré a Marta, seguro que era ella la que me buscaba.

Las chicas se alejaron de mí sólo hasta que llegué al punto de reunión de Teatro.

—Allí estás, Alicia, algunas flores de papel se maltrataron, debes hacer nuevas, ya traje más hilo y papel crepé, ahí están las tijeras, voy a pegar las máscaras de las catrinas, algunas se doblaron, entre ellas la de Daniela y está histérica.

Tiré mi mochila en el piso y me puse a cortar las flores, como ya tenía práctica, no tardé mucho. Pronto empezaron a pedirme más para colocarlas en el altar. Había chicas y maestras corriendo de un lado a otro con papel picado de colores, telas, velas y cazuelas de barro con alimentos. Después ayudé a colocar las guirnaldas cuidando de guardar las que correspondían a la obra de teatro. 

Me dejé llevar por el ritmo de mis compañeras, quienes estaban tan estresadas como yo durante la semana. 

Al terminar el altar, Daniela, con la postura de una princesa, se encargó de explicarlo a las personas que se detenían a verlo; era enorme, colorido y emanaba un mar de aromas exquisitos, tenía siete pisos, estaba lleno de flores de cempasúchil, frutas variadas, comidas típicas y una gran pintura de Sor Juana Inés de la Cruz, de quien tomó nombre el instituto.

Debo aceptar que las chicas del club de Diseño de Modas hicieron un buen trabajo decorando todo con las telas. Antes habría dicho que poner unos cuantos retazos sobre las tablas era fácil, pero cuando vi el imponente altar me di cuenta de que poco había prestado atención al esfuerzo de las demás, no solo de mis amigas, sino de todas las chicas que estuvieron trabajando con mucha dedicación. Ya lo sabía, pero no me había detenido a pensar más allá, quizás porque siempre nos damos cuenta de nuestros esfuerzos hasta que vemos los resultados, tal vez sea lo normal, pero creo que de ahora en adelante pondré más atención y seré más agradecida.

Después de recorrer los altares, entre ellos habían algunos hechos por comercios locales y escuelas públicas, la gente podía pasar a ver los trucos del club de Matemáticas, jugar minigolf, ver las pinturas, las esculturas o jugar ajedrez. 

Antes de pasar a leer calaveritas de forma coral con las chicas de Literatura, pasaron varias alumnas a hacer un espectáculo con movimientos de pelota, ahí se juntaron todas las deportistas, entre ellas, Anna. Se veía orgullosa golpeando el balón con la rodilla y luego pasándola con la cabeza a otra compañera, fue una participación breve. Es entendible siendo tantos clubes de deporte juntos en un solo número.

Recitamos un par de calaveritas dirigidas a la gente del pueblo y sus tradiciones, muchos aplaudieron y se veían felices. Fue una composición de tres autoras, pude haber participado si me hubiera decidido a volver al club desde el principio del año. Por lo menos, tendré la oportunidad de participar en el próximo evento de ortografía, es uno de mis favoritos, así que no me siento tan mal.

En seguida pasaron mis compañeras a bailar danzas típicas, se veían lindas con sus faldas enormes. El club de Cosmética se encargó de arreglarnos a todas, algo muy difícil, puesto que las chicas de literatura quisieron presentarse maquilladas como catrinas y como yo todavía tenía que bailar una parte en danza contemporánea, tuve que desmaquillarme y volver a hacerlo para el número musical.

Cuando bailé, interpreté el espíritu de un árbol en una pequeña parte de la coreografía de danza contemporánea. La obra tenía un mensaje ambientalista, espero que se haya entendido porque me equivoqué un par de veces, aunque, al bajar del escenario, la maestra solo nos felicitó. Después de todo no había tenido tiempo de ensayar lo suficiente.

Después de nosotras empezó la pasarela de vestidos de Catrinas. No pude quedarme a verlas porque tenía que desmaquillarme de nuevo para interpretar “La llorona” con la flauta en el siguiente número. A la maestra se le ocurrió que me dejaran las cuencas pintadas para destacar como parte del dueto.

—¿Lista para el espectáculo, Li?

Fernanda se acercó con las pupilas dilatadas y una enorme sonrisa de satisfacción.

—Siempre y cuando no se pierda mi violín —dije tratando de bromear, más para relajar mis nervios que para hacerla reír a ella.

Y al parecer, provoqué que ella se pusiera nerviosa. No era mi intención… pero se lo merecía. Siempre parece segura de sí misma y mira a todos por debajo del hombro. Antes creía que era porque solo tenía ojos para mí, pero cada vez que la vuelvo a ver me doy cuenta de lo equivocada que estaba. Había tenido un hechizo color rosa sobre mí.

—Asegúrate de no soltarlo de nuevo, ¿quieres?

—Como diga su majestad…

—¡Alicia, Fernanda, ya vayan subiendo al escenario!… —gritó la maestra. 

Ya era la hora. Estaba cayendo la noche y eso hacía que la canción se sintiera más nostálgica. 

Logré controlar mi respiración mientras tocaba la flauta y cuando cambié a violín para hacer el dueto con Fernanda, pude mantener mi postura. 

—¿Puedes tocar? No quisiste ensayar conmigo ni una sola vez —susurró Fernanda en mi oído.

—Ya ensayamos el año pasado — le solté con frialdad. No iba a dejar que volviera a perturbar mis nervios.

Toqué el violín sin ninguna pretensión en mi mente, solo quise fluir con la canción hasta el final, sin importar si era tan buena como ella. No miré a nadie más, éramos el violín sobre mi hombro y yo. Deslicé la vara con el recuerdo de la fuente y lo feliz que había sido y lo que había sentido… lo vi como un fantasma que jamás volvería y dejé que un par de lágrimas cayeran de mis ojos. Pensé que no lo haría de nuevo… quiero echarle la culpa a la canción…

Cuando terminamos, el público aplaudió y se puso de pie. Noté que Fernanda ya no estaba a mi lado, algo raro en ella, pues siempre quiere llamar la atención y no arruinar el espectáculo. Bajamos del escenario el resto de las chicas y yo, satisfechas. 

Karina, Julieta, Elena y Anna me rodearon.

—¡Tocaste muy bien, Ali! —exclamó Julieta.

—¡Sí! me dieron escalofríos —agregó Karina.

Pude haberme quedado a ver el ballet que se presentó después, pero yo tenía que volver a maquillarme para la obra de teatro. Al final, me tocó ser el “Muerto número 4” y aunque solo iba a decir unas cuantas palabras a coro con Marta y otras chicas, tenía que estar lista. 

Dicen que Daniela bailó excelente y se destacó, incluso, sobre Fernanda; supuse en un principio, que ella se había bajado del escenario antes para poder arreglarse a tiempo para el ballet, pero dice Julieta que apareció en la danza con el mismo maquillaje, un poco corrido de las cuencas, como si hubiera llorado. 

Logré escuchar a chicas del salón de las Rosas criticándola como las serpientes venenosas que son. Dijeron que se le habían olvidado sus líneas y que le había temblado la voz.  

En fin, el último número fue la obra de teatro “El camino del Quetzal”, una historia muy conmovedora y por momentos graciosa. Se retrasó un poco debido a que las protagonistas fueron las mismas del ballet clásico: Daniela y Fernanda. 

Antes de que empezara la obra Daniela nos gritaba cada que podía para que le cumpliéramos sus caprichos: “Más maquillaje”, “Tráiganme agua”, “Peinen mi cabello”, etc., y allá iba yo, con la cara pintada a conseguirle su botella de agua. 

Fernanda se veía alterada y se la pasaba preguntando a una u otra chica si habían notado tal o cual error durante su baile. De verdad, mi ex odia equivocarse.

En cuanto empezó la obra me puse una capa negra y esperé mi turno con tranquilidad, sentí que lo más difícil había pasado. 

Al finalizar desmontamos todo con el cansancio reflejado en el rostro y en los pies. Varias chicas se durmieron durante el viaje.

Anna se recostó en mi hombro, no sé si se durmió; y yo miré por la ventana, despidiéndome del misterioso bosque con el respeto que merece.

La directora nos dio una breve felicitación por hacer un evento destacable este año y acordó hacer una reunión para hacer la entrega de premios a los salones.

Dicho eso me volvieron las ganas de salir corriendo, pero ya era demasiado tarde para arrepentirme. Espero dormir bien porque mañana sabremos quién se llevará el primer castigo: Las Rosas o las Margaritas.

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