31/10/1992
Anna estuvo a punto de descubrir mi maleta el jueves, se le ocurrió pasar por mí temprano y mis neuronas seguían distraídas, así que no vi que la esquina de la maleta estaba a la vista, debajo de mi cama. Rápido aventé una toalla e invité a pasar a mi amiga, quien me hizo plática sobre la demostración del dominio de pelota que hará en el evento, sonaba emocionada, pero yo estaba tratando de patear, discretamente, mi gran secreto con la poca fuerza de mis piernas.
Tiene sentido que ella esté en el club de Fútbol, solo chicas con tanta energía como ella soportarían hacer deporte de lunes a sábado. Yo, en cambio, tuve que alternar mi club de Literatura con el de Danza porque hay dos días que me tocan a la misma hora: martes y jueves. Por cierto, mi mente está tan confundida que dos veces llegué al salón equivocado.
Las maestras de las clases regulares fueron comprensivas y nos dejaron salir de diez a quince minutos antes de la hora para que corriéramos a nuestros respectivos clubes.
Cuando entré a Literatura la profesora se alegró de verme y yo no pude devolverle el mismo gesto de amabilidad, intenté hacerlo, sin embargo, mi cansancio le ganó a mi cuerpo y solo pude sonreír de lado, la peor sonrisa que alguien puede mostrar.
Intenté hacer una “calaverita” para presentarla en el periódico mural y hacer algo más que leer y debatir el libro de la semana, pero estuve en blanco, no fluyó ni una sola gota de creatividad, debe ser por todo el estrés.
Hoy que estuve más libre pude ir a ver los lugares más vulnerables del colegio para poder escaparme. Resulta que encontré a Anna entrando y saliendo de la cocina.
—Ali, ¿qué haces aquí?
—Lo mismo quería preguntarte, te ves cansada —señalé al verla jadeando y con las mejillas enrojecidas como jitomates.
—Ah, descuida, solo estoy sudando un poco por el ejercicio, acuérdate que sigo castigada, los sábados llevo los insumos nuevos a la cocina, ¿quieres uvas? —dijo hurgando en el delantal sucio que tenía puesto —, tengo unas cuantas, toma.
—Gracias, ¿e… estás sola?—pregunté al mismo tiempo que extendía mis manos para recibirlas; quería revisar la entrada y todo lo que pudiera ayudarme a escapar.
—No, Fernanda está por allá picando algunas frutas para congelarlas.
—Ah, sí, perdón, olvidé eso.
—Y… no me dijiste por qué estás aquí…
Anna es muy perspicaz, me asusta un poco. No quería que me descubriera, así que mentí diciendo que en el club de Pintura necesitábamos pañuelos nuevos y que podía tomar algunos de la cocina. Fue una pésima mentira, ese club no está activo en sábado, lo bueno es que Anna lo sabe.
—Entonces terminaste como asistente, ¡qué divertido!
—¿Te parece divertido? Me gusta la danza contemporánea y la pintura, se siente horrible no poder hacer algo importante —dije en tono de reproche, de verdad me dolió, pero no podía perder de vista mi objetivo, además, no tenía por qué estar así por unos clubes que estaban absorbiendo mi alma.
—Perdona, Ali, es que a mí me gustaría…
—Descuida, ¿puedo pasar por lo que necesito? —interrumpí.
—Pero Fernanda está allá —susurró acercándose a mi oído.
—Gracias.
Caminé por el largo pasillo y llegué a la puerta, sentí por un momento que podría salir corriendo.
—No pensé que vendrías a visitarme, Li.
La empalagosa voz de Fernanda sonó justo detrás de mí. Fue como si me pusiera un grillete en el pie, no quise moverme porque sentí su respiración muy cerca.
—¡Déjala en paz! No vino por ti —reclamó Anna caminando hacia nosotras, escuché sus pasos firmes y acelerados.
Pudo ser el empujón que necesitaba, pero por alguna razón me quedé en mi lugar.
—Li, dile a esta… demente que siga haciendo su trabajo sin estorbar.
—Ya hablamos de esto, Fernanda, no voy a hacer lo que se te antoje —dije apretando los dientes y aferrándome al marco de la puerta.
—Ya la oíste, ¡déjala!
—¿Todo el día está abierta la puerta? —pregunté aún dándoles la espalda.
—¿Perdón? —respondió Fernanda confundida por mi cambio de tema.
—¿Todo el día está abierta la puerta?, ¿dónde están las cocineras?, ¿qué tal si ustedes llegan a escaparse o se mete algún delincuente?
Me giré y empecé a buscar en los cajones, quería ver qué me podría servir, al mismo tiempo que veía el espacio que había para meter mi maleta durante la noche.
—La jefa de cocina fue a firmar unos papeles con el proveedor a la dirección, vuelven pronto. Y los paños están en el cajón de la esquina, Ali —señaló Anna.
—Debes llenar un formulario por escrito, no puedes agarrar las cosas así nada más… —replicó Fernanda, la gran experta en reglas del colegio.
Terminé de revisar y en ningún lado había espacio suficiente, salvo detrás de unas bolsas de legumbres, pero se nota que pesan mucho, no sé si podré moverlas, algo me dice que tendré que irme sin maleta o improvisar una bolsa más pequeña.
—Gracias, tendré que llenar ese formulario.
Regresé al área del comedor, por donde había llegado sin dirigirles de nuevo la palabra. No sé si actué demasiado sospechosa.
Hace rato Anna vino a mi cuarto después de las diez de la noche, la invité a pasar antes de que la prefecta la viera.
—Me preocupé por ti, Ali, ¿estás bien?
—Fernanda me ve como su propiedad, parece que no entendió cuando le dije que habíamos terminado — No me di cuenta que estaba caminando en círculos, Anna solo me veía sentada desde la orilla de la cama —, pero no puedo hacer nada por ella, si cree que sigo a sus pies es su problema…
—Te he visto muy nerviosa, por eso vine a verte, cualquier cosa que te preocupe puedes contarme, ¿sí?, soy toda oídos.
—No te preocupes por mí, así es la vida de las estudiantes, ¿no? — Intenté sonar positiva.
Anna se levantó y me dio un cálido abrazo, le correspondí por instinto, con tanta fuerza que sentí el latir de su corazón en mi pecho, yo estaba asustada y puedo decir que me temblaban las manos, aunque de forma muy sutil.
—Espero que de verdad estés bien, Ali, hasta mañana, vendré de nuevo por ti tempranito.
—¿Eso es a las cinco y media?
—¡No! pasaré a las ocho para que demos un paseo antes de ir a la iglesia.
—Entonces te espero — Le sonreí y le di un beso en la mejilla, no me había despedido así antes, lo hice en automático sabiendo que nos queda poco tiempo juntas.
Debo decir que también extrañaré un poco tocar el violín, aunque no sea mi fuerte. Pintar, bailar y escribir se puede hacer en cualquier lugar a donde vaya, siempre y cuando sepa cómo ganar dinero para conseguir material. ¿Qué tengo que hacer? Tal vez venda la poca ropa que me pueda llevar, ya veré en el camino…
Eso es todo, adiós, Fernanda, adiós Margaritas, adiós a mis padres y a este lugar tan bonito y elegante como pretencioso. Este domingo veré a las chicas y estaré tomando fuerzas para la misión del lunes durante el traslado a la ciudad, debo ser muy discreta, ya que Anna parece intuir algo.
Me llevaré este diario para escribir hasta que no quede más papel y tenga que comprar uno nuevo.
Por último, le dejaré una nota a Anna agradeciéndole todo y pediré perdón porque sus esfuerzos por tratar de animar a una persona tan cobarde como yo fueron en vano.
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