Manzanas

11/10/1992

Hoy fue un día complicado. La maestra de literatura volvió a invitarme al club, dijo que se dedicarán a hacer ejercicios para mejorar la redacción, algo así como un taller para escritores. En primer grado no había mucho interés, así que lo dejaron como un club de lectura, pero al parecer, este año hay más chicas interesadas en escribir. Recuerdo que un día Fernanda me comentó que yo era buena para eso y que la maestra se había fijado en mí.

Estábamos sentadas debajo de un frondoso árbol; al frente teníamos un rosal bien cuidado que destilaba su perfume característico y eso hacía que pudiéramos relajarnos solo con olerlo, aunque ese día, Fer no se veía muy feliz.

—Es un club interesante, y entre más temprano te unas aprovecharás mejor las clases o cosas que hagan allí.

—¿Te unirías conmigo, Fer?

—¿Qué?... lo siento, a mí me parece aburrido, es decir… tú eres buena, pero yo no, no sé si me entiendes —comentó agachando la mirada.

—Pero tal vez puedas mejorar. Es que no quiero estar en un club sin ti.

—No, está bien, puedes unirte si eso te gusta, además, la maestra encargada del club me dijo que te invitara. Se dirigió a mí porque siempre estoy contigo, no porque yo también sea buena.

—Fer, si tú no vas conmigo, no me uniré —dije con firmeza, la abracé y le di un beso en la mejilla.

—¿Probarías ir al club de instrumentos musicales conmigo? Siempre me ha interesado… además, toco el violín desde niña —contestó alzando la mirada con un brillo especial.

—Eso… ¡eso suena maravilloso!, en la secundaria toqué la flauta algunas veces, a lo mejor me sirve y mejoro con la práctica. ¡Vamos! hay que unirnos al club de instrumentos —dije poniéndome de pie.

La tomé de la mano y la jalé con suavidad para que se levantara del pasto.

En ese tiempo no estaba consciente del gran valor que estaba perdiendo. Sin Fernanda y con nuevas amigas, creo que debería arriesgarme antes de que sea más tarde, aunque no opino lo mismo sobre una relación sentimental.

Cuando sonó el timbre Anna no perdió el tiempo y se acercó a mi asiento al final de la fila. Intenté hacerme la dormida pero no funcionó.

—¡Ya te vi! —gritó picándome la costilla.

No estoy segura de la expresión que hice en ese instante porque la reacción de Anna no fue la esperada, o sí, pero…

—Huy, lo siento, no quise hacerte enojar — Agachó la cabeza y se agarró las manos apenada —, si no quieres salir a comer está bien… y… discúlpame, ¿sí? — Sonrió apretando los labios y caminó todavía agachada hacia la puerta.

—¡No, espera! — corrí hacia ella y estiré el brazo para agarrarla del hombro —, no estoy enojada.

—¿Ah, no?... Entonces vamos al comedor, ¡antes de que se acaben la fruta picada!

—Bueno… no sé si…

De pronto ya estaba tirándome del brazo, intenté soltarme y lo que conseguí fue que me agarrara la mano y no supe qué hacer, su piel era tan suave y cálida que me hizo recordar aquellos momentos felices con Fernanda.

Aún así… ¿Tan difícil era decir que no? A veces pienso que no sobreviviré allá afuera, en el mundo real. Mi primer año siempre estuve al lado de Fernanda, me daba miedo dejarla y quedarme sola para siempre. Cuando ella se alejó de mí sentí que moriría, no había razones para seguir, sin embargo, estas semanas me han traído de arriba a abajo, de un lado a otro a merced de los demás y no he tenido tiempo de pensar siquiera en mi futuro, si es que quiero continuar así, me refiero a que no sé si lo que sentí por Fer solo fue una especie de fantasía, capricho o me aferré a ella por el modo de actuar de mis padres. Espero algún día tener la valentía suficiente para decir lo que quiero con seguridad, si es que realmente es parte de mis deseos más profundos. Por el contrario, si no estoy de acuerdo en algo, quisiera poder defenderme de manera adecuada, no como aquella vez que dejé que Fer y su prima se burlaran de mí frente a la escuela.

No quiero decir que Anna también sea mala persona, al contrario, ella irradia una energía y simpatía que no había visto nunca. Verla triste en el salón me hizo sentir culpable, aunque de pronto su alegría había vuelto como si se tratara de una lámpara que puedes prender y apagar fácilmente y eso… eso sí me incomodó de ella.

No me soltó hasta que estuvimos frente a la repartidora de comida.

—Yo quiero doble fruta —pidió sin decoro.

—Eso no está permitido en el colegio, señorita, solo es una porción por alumna —respondió la ayudante de cocina.

—Ándale, por favor — Anna arqueó las cejas y apretó los labios simulando estar triste.

—No, Anna, basta —susurré en su oído, no quería retrasar a las demás alumnas en la fila.

En ese momento, Ana se giró hacia mí. Su rostro quedó a un par de centímetros del mío.

—¡Qué lindos ojos tienes, Alicia!

Mi cara se puso caliente y estoy segura de que estaba roja como un jitomate. Sentí su respiración y mi corazón se aceleró.

—Ya tengan y vayan a hacer eso a otro lado o las reporto —interrumpió la ayudante colocando un par de porciones extra de fruta en nuestros platos.

Anna me sonrió.

Caminamos a una de las enormes mesas y nos sentamos frente a frente. Me tapé la cara con una mano, sentía que mi rostro no había recuperado su tono natural.

—¿Viste? Creo que aquí todos son muy recatados.

—De hecho.

—Ay, qué cruel. ¿Me das un poco de tu sopa? —preguntó metiendo su cuchara en mi tazón.

—S…si gustas…

—Gracias. ¿Sabes? eres muy agradable. Yo vengo de una ciudad que está a seis o siete horas de aquí. Ya que voy a estar tan lejos debo pasarla bien aquí, eso es lo que pienso. ¿Qué tal tú? —dijo con la boca llena.

—Yo asisto desde primer grado de preparatoria. Creo que ya me acostumbré a estar lejos de casa.

No quería abrirme demasiado.

—¿Qué tal si comemos juntas todos los días? ¿Te parece? — Inclinó la cabeza y engulló varios trozos grandes de manzana.

La miré con asombro por su hazaña.

—Te vas a ahogar.

Acababa de decirlo cuando empezó a toser, yo me asusté, pasé por encima de la mesa para auxiliarla, pero en seguida comenzó a reírse.

—¡Mira tu cara!, ¡te la creíste!

De pronto me solté a llorar.

—Ay no, lo siento, Alicia, lo siento, no quise…

Me reí.

—Ahora yo te engañé. Jaque Mate.

Ambas reímos, terminamos de comer y volvimos a clases. Acababa de llegar la maestra y una compañera me pasó un papel doblado.

“Sí te asustaste, ¿verdad? No volveré a hacerlo, ¿vendrás a comer de nuevo conmigo mañana?”

Levanté la cabeza para encontrarla con la mirada, estaba hasta el frente de la última fila, al lado del escritorio de la profesora.

—Sí —susurré y moví mi cabeza para que entendiera y ambas sonreímos.

Durante la limpieza de clubes estuve muy callada pensando en Anna y Fernanda, las dos tienen un carácter fuerte, a su manera. No sé por qué insisto en compararlas, no tienen nada que ver. Fernanda tiene cabello largo y ahora usa una trenza rodeando su cabeza como una diadema, eso la hace ver elegante y sofisticada, incluso cuando me molesta mantiene su porte erguido y me hace sentir tan pequeña como un gusano que puede aplastar en cualquier momento, a pesar de que solo es unos centímetros más alta que yo.

En cambio, Anna tiene el pelo corto y siempre lo lleva suelto, no se le esponja como el mío, pero se nota que no está interesada en peinarse demasiado; hoy le llamaron la atención dos veces por andar con el cuello de la camisa desarreglado, ella lo solucionó disculpándose con una sonrisa. Es muy relajada y al mismo tiempo tan enérgica. No la entiendo. Y ¿Por qué si son diferentes sigo recordando a Fernanda cuando la miro a los ojos?

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