Margaritas

10/10/1992

Esa tarde me sancionaron por no avisar que faltaría a clases, insinué que estaba enferma, pero me mandaron a una revisión a la enfermería escolar y como no encontraron síntomas específicos me regresaron a la dirección y tuve que limpiar los baños por una semana antes de poder ir a acostarme.

Durante las clases no podía prestar atención. Una vez estábamos leyendo y cuando la profesora señaló mi turno me perdí y no pude continuar, entonces me dejó parada en la esquina del salón durante el resto de la clase y al final me dejó tarea extra, solo un ensayo sobre el tema visto en la clase, pero ni siquiera podía hacer algo como eso, terminé resumiendo y transcribiendo partes del libro, quería enfocarme; al mismo tiempo, quería dejar todo tirado.

La profesora de literatura vio mi ensayo y dijo que estaba decepcionada de mí, que en clases pasadas era mejor y le dije que no tenía ánimos y que quería regresar a mi casa.

—Alicia, tú tienes potencial, solo confía en que puedes hacerlo, te invito a clases de repaso todos los sábados, al lado de la biblioteca, no solo hablamos de los temas de clase, también leemos otros libros relacionados y los comentamos, así enriquecemos sus conocimientos y análisis crítico.

—Pero ya estoy castigada, profesora, no creo tener tiempo.

—No te preocupes, estas clases forman parte del club de literatura, a menudo se mezclaban los libros, así que estamos fusionando ambas actividades — Sonrió, se notaba en la mirada que la lectura era su pasión —, por lo tanto, puedes unirte cuando quieras, pero si continúas sin poner atención en clases regulares, ten por seguro que el club se convertirá en una obligación para ti.

Ella no fue la única que me regañó, por fortuna, no todos me castigaron o me metieron en clases de repaso. Sin embargo, mis compañeras nuevas me miraban y hacían gestos de desaprobación, como si nunca se hubieran equivocado en su vida. No tardó en correrse el rumor de que yo era la menos inteligente del aula, no era algo tan relevante dentro, pero en el salón de las rosas sí. Comenzaron a molestarme, no era tan grave al principio, pues se limitaban a decir cosas malas de mí cuando pasaba por su puerta, incluso en el pasillo de dormitorios.

—Huele a margarita podrida, vámonos, no se nos vaya a pegar el olor.

Intenté ignorarlas, pero se volvió tan constante que empecé a creerme sus palabras. A veces no quería salir de mi salón hasta que no hubiera tantas chicas del “salón de las rosas” afuera; llegué a pensar que me esperaban con la intención de seguir molestándome.

Fernanda fue la que empeoró el acoso.

Una vez, mientras comía mi almuerzo en el jardín, pasó y me abrazó, yo me quedé congelada por su actitud.

—Hueles muy bien, Ali, pero deberías darte un baño de nuevo —dijo con la amabilidad más falsa que pudiera haber imaginado.

Junto a ella estaba su prima, hasta ese entonces ya sabía su nombre: Daniela Olivarez.

—Te recomiendo que te fijes bien dónde te sientas, querida, no te vayan a confundir con basura.

Ambas comenzaron a reírse de forma escandalosa y se fueron jugueteando entre ellas. Las chicas alrededor se me quedaron viendo y soltaron risitas burlonas. No quise que me afectara, pero no pude quedarme, terminé mi sándwich y me dirigí al salón. En el camino todas se reían, y me señalaban.

Al llegar a mi asiento, una chica con coletas se acercó a mí con preocupación en la cara.

—Mira, sé que no nos llevamos mucho en el salón, pero no puedo evitar pedirte que salgas y te asees antes de venir.

—No entiendo tu petición —fruncí el ceño poniéndome a la defensiva.

—No me malentiendas —suspiró —, ¿dónde estuviste que quedaste así? debes cuidarte. El salón completo pierde reputación así… es que… tienes algo pegado en el cabello —concluyó arrugando la nariz.

—¿Perdón?

Quise preguntarle a qué se refería con “reputación” si siempre estamos encerradas, no nos ve ninguna persona ajena al colegio, pero en ese momento lo importante era mi pelo. No tardé en darme cuenta del truco de Fernanda y Daniela en el jardín. Salí corriendo al baño dejando a mi compañera con la palabra en la boca.

Tenía un enorme chicle morado repartido desde mi nuca hacia las puntas del cabello. Usé agua caliente para quitarlo pero no tenía mucho tiempo para empezar la siguiente clase, así que me hice una coleta alta y lo retorcí para disimular el resto del chicle. No podía perder otra clase, ya me había ganado la fama de descuidada y holgazana.

Tomé la clase y presté atención lo más que pude, aunque no pude evitar pensar que si no podía quitarlo tendría que cortar mi cabello. Adiós a mis rizos.

La chica que me había advertido de la broma se acercó de nuevo en cuanto terminó la clase.

—Te recomiendo que vayas a la dirección y acuses a quien te haya echado eso en la cabeza, porque fue alguien ¿cierto?

—Tú… tú que sabes —reproché todavía a la defensiva.

—Yo ya te ayudé suficiente —dijo alzando la barbilla y girándose para salir del salón.

Una de sus largas coletas me golpeó la cara, se sintió como un látigo y me hizo enojar, a pesar de eso, si no me hubiera avisado, iba a estar toda la clase con el cabello enmarañado, además, tenía razón con lo de acusar a la “bromista”.

Pero no pude por el cariño que siempre nos tuvimos, no creo que eso haya desaparecido así nada más, tal vez, su prima o alguna de las otras compañeras nuevas la habían hecho actuar así.

Cuando estuve en mi habitación tuve que cortarme la mitad de la melena y empecé a peinarme una trenza para asistir a las aulas.

Apenas la semana pasada encontré mis cuadernos y libros llenos de jugo de naranja dentro de mi mochila. Siempre le pongo un candado pequeño con llave y la única que tiene una copia es Fernanda. Había olvidado pedírsela de vuelta, pensé que simplemente la tiraría.

El otro día sentí que me jalaron la trenza mientras estaba en el comedor. Me dijo que solo había sido un accidente, pero ya a esas alturas, viniendo de Fer, nada era un accidente.

Debo resaltar que todos estos días no han parado las risitas burlonas y los comentarios despectivos hacia mí. Había estado tan cansada de esto que llegué a pensar en escapar del colegio y quizás, ni siquiera volver a casa, ¿qué harían mis padres? ¿podrían volver a deshacerse de mí metiéndome a otro internado?

Podría ir con la directora y revelarle que estoy siendo acosada por Fernanda y su salón, pero siendo tantas chicas, ¿me creería?, ¿de verdad a Fer no le queda nada de lo que fuimos?

Ayer vinieron la directora y dos profesoras a interrumpir la clase. Les avisaron que alguien en mi salón estaba vendiendo maquillaje y eso está prohibido, por lo que entraron furiosas a hacer una “inspección sorpresa”. Yo ni siquiera he usado maquillaje, así que no tuve miedo y entregué mi mochila.

Tres rubores, 7 labiales rojos como el carmín, 4 paletas de sombras coloridas y un rímel de envase dorado, todos con sus etiquetas de precio fueron confiscados. La mayoría estaba en mi mochila. No había otra respuesta probable: Fernanda.

Fue tan sorpresivo que no pude decir nada en mi favor y fui llevada a la dirección junto a dos compañeras. Nuestro castigo consiste en estar paradas afuera de la dirección durante 1 hora después de clases y después ayudar a limpiar los salones de los clubes durante todo el mes. Ya que seremos compañeras de castigo, las dos chicas a mi lado se presentaron.

—Soy Elena, en primer año estuve en el salón de las Rosas, allí solíamos hacer cosas como esta sin ser descubiertas, te apuesto a que ellas fueron las que avisaron a la dirección —susurró la de cabello castaño agarrado en media cola con un listón negro.

—Y yo soy Karina, también estuve en el salón de las Rosas —dijo la de pelo negro trenzado de lado—. Se nota que no te llevas muy bien con nadie, ni de chiste creo que tu eres vendedora de maquillaje.

—Es cierto, tú no deberías estar aquí, ¿por qué no dices la verdad?

—No creo que me vayan a hacer caso, no tengo pruebas para delatar a cualquier otra compañera.

—Pues eres una tonta —replicó Elena.

—¿Ustedes me ayudarían?

Ambas se miraron entre sí.

—Mejor quédate con nosotras, entre tres acabaremos más rápido la limpieza, ¿verdad? —respondió Karina con picardía.

En ese momento pasaron Fernanda, Daniela y otra chica agarradas del brazo.

—Apesta a margaritas podridas, Fer —dijo Daniela.

—No, Dany, huele a tres margaritas podridas —respondió Fernanda soltando una risotada.

Las tres se rieron y se alejaron.

—Esas no entienden el lema del “Salón de las Rosas”, son unas falsas —comentó Elena.

—Las margaritas son mejores, ¿verdad, Ali?, ¿puedo decirte Ali? —agregó Karina.

—¡Claro que puedes!… Y sí, las margaritas somos mejores —respondí intentando recuperar un poco de mi dignidad casi olvidada.

Ya es media noche. A pesar de que estoy cansada, Elena y Karina platicaron y bromearon conmigo toda la tarde. Hoy, mientras limpiábamos el club de teatro, Karina se puso un bigote falso e imitó a la directora:

—Están castigadas, señoritas, no deben vender maquillaje —dijo fingiendo petulancia.

Luego, Elena le siguió la corriente y se puso a bailar con ella diciendo que ahora éramos como Cenicienta y que un día nos encontraríamos con un pervertido príncipe azul que nos robará una zapatilla para olerla antes de dormir. No pude evitar reírme de sus tonterías. Creo que el colegio empieza a tener algo de luz gracias a ese par de escandalosas.

Lo último que quiero relatar lo que pasó cuando iba a guardar las herramientas de limpieza: una chica de cabello corto pasó corriendo a mi lado y tropezó con mi hombro, fue a caer dos metros detrás de mí.

—No era mi intención, discúlpame —exclamé avergonzada y estiré la mano para ayudarla a levantarse.

—No te preocupes, yo corrí, a pesar de que no debo hacerlo.

La chica tomó mi mano y logró ponerse de pie, se sacudió la falda y me dirigió una simpática sonrisa.

—Ah, eres Alicia, ¿cierto?

—¿Nos conocemos?

—Estamos en el mismo salón. Soy Anna Prado, acabo de entrar al colegio este año.

—¿En serio?

—Sí, estos dos meses te he visto, siempre te apartas de todas.

—Lo sé, es que… han pasado cosas.

—Entre ellas, que eres traficante de maquillaje — Anna bromeó levantando el dedo índice como afirmación.

—No, no es así. Ya llevo un año aquí sin romper las reglas, hoy…

—Descuida, tampoco es algo grave.

—En este colegio sí, ya ves, tengo que limpiar los clubes durante un mes.

—Huy, sí que son crueles, bueno, tengo que irme. Nos vemos, vendedora —dijo caminando hacia atrás.

—¡No lo soy! —grité mientras Anna se alejaba agitando la mano despidiéndose.

Podría haber dejado en el olvido ese encuentro, pero Anna me dejó un recado bajo la puerta:

“¡Qué tal, Alicia! te invito a comer conmigo en el receso. Me agradaste mucho esta tarde y me gustaría platicar para conocerte más, a lo mejor me ayudas a sobrevivir a este malvado colegio.”

Finalizó su escrito con dos corazones color rosa y una carita feliz.

Espero que no sea lo que estoy pensando. Espero estar exagerando. Admito que estoy nerviosa y no sé qué me espera mañana. En fin, debo acostarme, pues la prefecta nos viene a levantar a las 5 de la madrugada para empezar a arreglarnos y ya me estoy quedando dormida.

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Maria Fernanda Fernanda

Maria Fernanda Fernanda

Yo voy pero con precaución de que no sea una encerrona

2024-03-26

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