CAPITULO XVII OLOR

Los seres sobrenaturales tenían un olor afin dependiendo de su Ralea.

Los ángeles, con su naturaleza celestial, llevan un aroma a frescura y suavidad, como la brisa que acaricia un campo de flores en primavera.

Los demonios, en cambio, desprenden una fragancia cálida y especiada, reminiscente del fuego y la pasión que arde en su interior.

Los licántropos poseen un olor terroso, como la tierra después de la lluvia, mezclado con una nota sutil de madera.

Los vampiros emanan una esencia dulce y seductora, similar a la fragancia de las rosas rojas en plena floración.

Las hadas llevan consigo un perfume ligero y etéreo, como el aroma de las flores silvestres que danzan en el bosque.

Los brujos desprenden una fragancia a hierbas frescas y especias, un recordatorio de su conexión con las artes místicas.

Los dragones tienen un olor imponente y ardiente, como si llevaran consigo la esencia de las llamas y la fuerza de la naturaleza.

Las Mantícoras desprenden un aroma salvaje con toques de cuero y madera, transmitiendo la ferocidad y la elegancia de estas criaturas místicas.

Las sirenas llevan un perfume marino, fresco y salino, como el aroma del océano en una mañana brumosa, resaltando su conexión con el agua y su encanto seductor.

Astartea, sumida en pensamientos tumultuosos, llega a su habitación y se sumerge en la ducha, dejando que el agua caliente le acaricie la piel y la libere de las tensiones de la noche anterior. El vapor se eleva a su alrededor, envolviéndola en una atmósfera de renovación mientras reflexiona sobre el cambio en su olor y las consecuencias que podría acarrear.

Con desesperación, Astartea trata de eliminar cualquier rastro del distintivo olor de Cassiel que se ha impregnado en ella. Utiliza diferentes jabones y champús, se frota con fuerza, pero el aroma persiste, mezclándose sutilmente con su propio perfume celestial. A pesar de sus esfuerzos, la esencia de Cassiel parece aferrarse a ella, recordándole la intimidad compartida en la noche anterior.

En su desesperación, Astartea llama mentalmente a Aamon cuando ha terminado de ponerse la pijama. Sus pensamientos resuenan en la mente de su hermano, y la conexión entre ellos permite la comunicación telepática.

—Aamon, necesito tu ayuda —susurra Astartea en su mente, sintiendo la ansiedad latente.

—¿Qué sucede, Astartea? —responde Aamon en tono preocupado, captando la urgencia en la mente de su hermana.

Astartea le pide urgente que vaya a su habitación. Aamon, con un asomo de preocupación, promete estar en la habitación de Astartea en breve, instándola a mantener la calma mientras se apresura a su encuentro.

Al entrar en la habitación de Astartea, Aamon percibe la tensión en el aire y rápidamente nota el cambio en su olor. Sus ojos reflejan preocupación mientras observa a Astartea, esperando una explicación de lo ocurrido.

Aamon, con seriedad, le propone a su hermana que utilice un hechizo de ocultamiento para disimular el nuevo aroma que adquirió durante la noche. Explica los pasos detallados del conjuro y le asegura que, si lo hace correctamente, nadie sospechará nada. Sin embargo, advierte que debe ser cuidadosa para que la magia no despierte sospechas entre los demás sobrenaturales.

Astartea le explica que ya lo hizo y no sirvió. Aamon, preocupado, frunce el ceño y piensa en otras posibles soluciones para ayudar a su hermana a resolver el problema del cambio de aroma que experimentó durante la noche.

—Tendremos que llamar a nuestro Padre— dice Aamon mirando como palidecia su hermana.

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