CAPÍTULO XVI EL ATARDECER

Astartea irrumpió en el ala de los ángeles con una determinación frenética, su corazón latía con fuerza en su pecho mientras buscaba desesperadamente la habitación de Cassiel. Sus pasos resonaban en los pasillos vacíos mientras se apresuraba entre las puertas cerradas, su mente llena de preocupación y ansiedad.

Finalmente, llegó frente a la puerta que marcaba la habitación de Cassiel. Sin dudarlo, golpeó con fuerza, su puño resonando contra la madera en un ritmo frenético. Esperó, apenas conteniendo el aliento, mientras el tiempo parecía estirarse interminablemente.

Después de unos segundos que le parecieron una eternidad, la puerta se abrió lentamente y Cassiel apareció en el umbral, sorprendido por la llegada repentina de Astartea. Sus ojos se encontraron en un instante, y Astartea pudo ver la preocupación reflejada en los profundos pozos azules de los ojos de Cassiel.

—Cassiel— dijo ella, su voz temblorosa con la emoción contenida. —Necesito hablar contigo.

Cassiel asintió en silencio, abriendo la puerta completamente para que Astartea pudiera entrar. Una vez dentro, Astartea se encontró con la habitación tranquila y ordenada de Cassiel, un contraste con el caos que reinaba en su mente en ese momento.

Sin perder tiempo, Astartea se lanzó a explicar la razón de su visita, sus palabras saliendo en un torrente de emoción. Habló de la seriedad de su relación, de haber puesto un alto a Ethan y de la determinación de seguir adelante juntos. A lo largo de su discurso, Cassiel la escuchó en silencio, sus ojos nunca apartándose de los de ella.

Cuando Astartea finalmente terminó de hablar, quedó un silencio tenso en la habitación, solo interrumpido por el sonido de sus respiraciones entrecortadas. Cassiel la miró fijamente por un momento, antes de tomar su rostro entre sus manos y unir sus labios en un beso suave pero cargado de significado.

El beso sorprendió a Astartea al principio, pero pronto se dejó llevar por la dulzura del gesto. Se sintió abrumada por una oleada de emociones mientras se perdía en el beso, su corazón latiendo con fuerza en su pecho. En ese momento, supo que, pase lo que pase, Cassiel siempre estaría a su lado, y eso le dio una sensación de paz que había estado buscando desesperadamente.

El sol se estaba ocultando en el horizonte, pintando el cielo con tonos dorados y rosados que se filtraban por las ventanas de la habitación de Cassiel. Astartea y Cassiel permanecían en un abrazo apasionado, sus labios unidos en un beso que parecía contener todo el fuego del atardecer.

Astartea empujó suavemente a Cassiel hacia la cama, dejando que sus cuerpos se hundieran en las suaves sábanas mientras seguían besándose con fervor. El calor de su piel se mezclaba con la suavidad de las telas mientras se entregaban al momento, el mundo exterior desvaneciéndose a su alrededor.

Los minutos se deslizaron en un torbellino de pasión y deseo, mientras Astartea y Cassiel se perdían el uno en el otro. Sus manos se deslizaban con urgencia sobre la piel del otro, explorando cada centímetro con devoción y anhelo.

El beso se intensificó, cargado de promesas y emociones que trascendían las palabras. Astartea se sintió completamente absorbida por la sensación de estar con Cassiel, como si el resto del mundo se desvaneciera en insignificancia ante su amor mutuo.

En la recámara de Cassiel, los tonos rosas y anaranjados se filtraba por las cortinas, creando un escenario de intimidad. Astartea y él compartieron miradas cargadas de deseo antes de que sus labios se encontraran en un beso apasionado.

Las manos de Cassiel exploraron con ternura cada rincón de la piel de Astartea, trazando caminos de caricias que dejaban una estela de electricidad en su despertar. Cada suspiro resonaba como una melodía que solo ellos podían entender, sumergiéndose en la sinfonía de un amor que desbordaba.

Conforme la pasión se intensificaba, sus cuerpos se entrelazaron en una danza ardiente y apasionada. La habitación se llenó con susurros y gemidos, reflejando la conexión profunda entre ambos seres de raleas distintas, pero unidos por una atracción y conexión que ni ellos entendían.

La cama, testigo mudo de su unión, se convirtió en un santuario donde sus almas se encontraron en un éxtasis compartido. Cada instante se tejió con delicadeza y pasión, marcando el comienzo de una historia de amor que desafiaría todas las adversidades.

La noche entre Astartea y Cassiel floreció como un capullo de rosa, desplegando sus pétalos en la penumbra de la habitación. Cada caricia y beso era como el roce suave de los delicados pétalos, mientras sus almas se entrelazaban, creando una conexión tan hermosa como los colores vibrantes de una rosa en plena eclosión.

La pasión entre ellos se desenvolvía con la gracia y la fragancia embriagadora de una rosa en su máximo esplendor. Cada susurro compartido resonaba como el suspiro suave de una flor acariciada por la brisa de la noche. Así, su amor se volvía un reflejo de la belleza efímera de una rosa, intensa y efervescente, pero también frágil y preciosa.

En el lecho de esa noche, como pétalos caídos de una rosa al final de su florecimiento, se selló un amor que sería eterno en su esencia, dejando una huella imborrable en la historia de sus corazones entrelazados.

Luego de un par de horas la Mantícora se había despertado. Astartea observó a Cassiel con admiración mientras yacía a su lado. Su cabello oscuro caía en suaves ondas, enmarcando un rostro sereno que ahora irradiaba un brillo especial.

La delicadeza de sus rasgos angelicales contrastaba con la firmeza de sus labios, que aún conservaban el rastro de los besos compartidos. La piel de Cassiel, cálida y reconfortante, parecía susurrar historias de una conexión que iba más allá de lo físico.

En ese momento, Astartea sintió una mezcla de gratitud y emoción al contemplar a Cassiel, el ángel que había llegado a su vida como una fuerza magnética. Con suavidad, dejó que sus dedos acariciaran el dorso de su mano, como si quisiera asegurarse de que no fuera un sueño, sino la realidad de un amor que apenas comenzaba a florecer.

Astartea, mientras Cassiel descansaba a su lado, notó una sutil transformación en su aroma. El suave perfume que antes emanaba ahora llevaba la esencia de una conexión más profunda, como si sus seres se hubieran entrelazado de manera irreversible en esa noche de pasión compartida.

Astartea, al darse cuenta del cambio en su propio aroma, siente un ligero sobresalto. Una mezcla de temor y asombro la invade, confrontando la realidad de la conexión más allá de lo físico que compartieron en esa noche.

Astartea, maldiciendo en silencio, se apresura a recoger su ropa, sintiendo la urgencia de cambiarla. El pánico la envuelve al notar que su aroma ahora lleva el deje distintivo de Cassiel. Con cuidado, trata de ocultar este detalle que podría revelar la conexión más profunda que compartieron.

Astartea sale sigilosamente de la habitación, procurando no despertar a Cassiel. El aroma de su olor angelical se mezcla con la fragancia de la mañana, marcando su presencia única entre las distintas esencias sobrenaturales que impregnan el ambiente de la academia.

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