Pasaron diez años, diez años en los que la calma se palpaba en el aire, en los que nadie sentía temor y mucho menos tenía avistamiento de la tormenta que estaba por venir.
La calma poco a poco menguaba.
La sala espaciosa contaba con la presencia de seres excepcionales sentados alrededor de la mesa circular de metal, semblantes exaltados y otros tranquilos eran lo que adornaban sus rostros.
—No podemos hacer algo por los humanos— todos voltearon incrédulos ante aquel Brujo —¿qué han hecho ellos por nosotros?— continuó.
—Es cierto, los humanos nos desprecian y sí por ellos fuera, ya nos hubieran aniquilado a todos— musito fríamente el ángel.
—No podemos quedarnos de brazos cruzados mientras vemos como los Oscuros secuestran y asesinan humanos— grito exaltado el Licano mientras el iris de sus ojos se oscurecia.
—Gran Celestial— llamó la Hada.
El gran Celestial se quedó callado mientras pensaba alguna solución, no iba a permitir que el hombre que lideraba a los Oscuros asesinara y se apropiara de la raza humana.
Lo conocía perfectamente, sabía que su poder y su avaricia por obtener más que simples humanos no quedaría ahí. Había algo más que él no lograba descifrar, pero jamás dudaría del monstruo que podría llegar a ser su hijo.
Mefisto había sido uno de los primeros en oponerse a la sola idea de compartir espacio con los humanos, le aborrecía que también le proporcionarán poder a seres tan insignificantes como lo eran los humanos.
Así que con eso declinó la idea y a consecuencia de eso enfrentó a su padre el gran Celestial. Tomando la decisión de irse y vivir entre las sombras, junto con otros seres sobrenaturales que tampoco aceptaban lo pactado por el Celestial.
—Anuncien que todos los humanos menores de 16 años deben presentarse en la academia para que realicen la prueba. Todos serán bienvenidos— musito poniéndose de pie.
Las expresiones de asombro no se hicieron esperar.
—¿Qué?— dijo alterado el Brujo.
—Lo que escucharon. Esa es la solución—
—Entonces tu solución es que todos los humanos se conviertan en sobrenaturales— dijo incrédulo el Vampir.
—La extinción de la raza humana, señores— dijo el Dragón en tono burlón.
Sin esperar más respuestas, el gran Celestial se encamino hacia la entrada.
—Los convertirás a todos en sobrenaturales y así mismo harás lo mismo que Mefisto, destruirás la raza humana— dijo con sorna el Brujo.
El gran Celestial se detuvo por un momento, pero luego retomo el paso y salió de ahí.
Todos se dejaron caer en sus sillas mientras suspiraban agobiados en frustración.
—Bien señores, tenemos cosas que hacer— se puso de pie el Dragón para irse por donde el Celestial lo había hecho.
Derrotados todos se pusieron en marcha, todos sabían que habría algunos problemas cuando los humanos se mezclarán con los puros.
Era cuestión de tiempo para que los débiles cayeran.
(...)
El sol brillaba en el cielo mientras la academia Himmlisch se preparaba para recibir a una nueva oleada de humanos destinados a descubrir su destino sobrenatural. La entrada principal bullía de actividad, con familias acompañando a sus hijos, nerviosos pero emocionados por el futuro que les aguardaba.
Entre la multitud, destacaban caras ansiosas, miradas curiosas y corazones llenos de expectativas. Había algunos padres molestos por el desastroso destino que les deparaba a sus hijos, otros estaban felices porque de alguna forma sus hijos estarían seguros y protegidos, lo que pasará con los padres no importaba cuando sus hijos seguirían vivos.
Los tutores se movían con eficiencia para organizar a los nuevos estudiantes en filas, mientras los sangre pura observaban desde lo alto con un aire de superioridad.
En ese trasfondo bullicioso, los trillizos Mudruk se mantenían en silencio, observando con detenimiento la llegada de los nuevos reclutas desde la distancia y fuera de la visión de los humanos. Astartea, tenía una mirada aguda y una sensibilidad especial para percibir la esencia de los recién llegados.
—Es raro que traigan a todos a la vez, ¿no?— dijo el hermano de en medio con un deje de curiosidad.
Astartea inclinó la cabeza hacia sus hermanos, indicando sutilmente que algo interesante se avecinaba.
Mientras tanto, los tutores guiaban a los humanos hacia la ceremonia de aceptación en el patio de prueba. Entre ellos, se encontraba una diversidad de personalidades y apariencias, cada uno ansioso por descubrir su afinidad sobrenatural.
Las tres joyas de la corona, como los habían apodado hacía algunos años, observaban con interés cómo los nuevos llegaban al centro del patio listos para el ritual de afinidad con los totems.
De repente, un murmullo de asombro recorrió la multitud. Un humano, con determinación y valentía, se acercó al totem de la Manticora. Apenas y la gota de sangre había caído dentro cuando esté reaccionó de manera inesperada, soltando chispas doradas y ecos sonoros que resonaron en todo el patio.
Los trillizos Mudruk intercambiaron miradas sorprendidas, no esperaban que existiera otro ser como ellos.
—Mierda— soltó sin pensarlo Aamon.
Aquel chico alzaba la mano como ganador mientras sonreía triunfante, de un momento a otro observo hacia donde se encontraban los trillizos. Y ambos hermanos se pudieron dar cuenta que su mirada no se separaba de Astartea.
«Esto será un problema»
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