Mefisto, con una sonrisa maquiavélica, responde a la pregunta de la bruja:
—Conseguiremos la sangre de Astartea a través de alguien cercano a ella, alguien que no pueda resistirse a su encanto y la proteja fervientemente. Ethan, el Manticora que intenta conquistar su corazón. Será nuestro medio para acercarnos a Astartea y extraer lo que necesitamos. La inocencia y devoción de los enamorados siempre ha sido un recurso valioso.
Mefisto, con su paciencia limitada, responde con frialdad —Ethan no será consciente de su papel. Usaremos la debilidad de su corazón para manipularlo sin que se dé cuenta. Pronto, Astartea estará a nuestro alcance, y su sangre pura se convertirá en la clave para nuestro poder supremo.
(...)
Astartea, ante las persistentes muestras de interés de Ethan, decide ser clara y directa. Sin esperar mucho, se pone en marcha para encontrarlo, sabía que era fin de semana así qué él estaría en el jardín de los Mantícora.
Cuando encontró a Ethan, él estaba sentado debajo del frondoso árbol. Y sin dar muchas vueltas, Astartea prefirió ir al grano, no quería llegar siendo amable para al final romperle el corazón.
Astartea, firme en su decisión —No siento lo mismo por ti. Quiero que lo entiendas, no hay posibilidad de que haya algo más entre nosotros. Prefiero que seamos solo amigos.
Ethan, sintiendo el rechazo y extrañado por sus palabras para nada esperadas —Por favor, dame una oportunidad. Puedo cambiar, puedo ser lo que quieras que sea. No te rindas tan rápido.
A pesar de las súplicas de Ethan, Astartea, firme en su decisión, le responde —No hay cambio que puedas hacer para ser lo que necesito. Debes entender, Ethan, nuestras diferencias son insuperables.
Ethan, sintiéndose herido en su orgullo, le responde con desdén —Tú te lo pierdes, Astartea. Ya encontraré a alguien más digno de mi grandeza.
Astartea, firme en su decisión, replica —No necesito a alguien que solo busca su propio reflejo en los demás. Mis elecciones no giran en torno a tu narcisismo, Ethan.
Ethan, con molestia, contraataca —Ya veremos si tu orgullo no te traiciona, Astartea. Tarde o temprano, entenderás que nadie puede resistirse a mi encanto.
Astartea, con serenidad y firmeza, responde —Ethan, la verdadera fortaleza no está en la arrogancia ni en el encanto superficial. Si subestimas mi poder, te advierto que te arrepentirás de cruzar límites que ni siquiera imaginas.
Ethan, desafiante, contraataca —Astartea, subestimar mi ambición es tu error. No me detendré hasta alcanzar lo que deseo, y serás testigo de mi grandeza— y sin más, se alejó dejando sola a la Mantícora.
Ethan caminaba por los pasillos de la academia, su mente llena de tormentosos recuerdos que amenazaban con ahogarlo. Cada paso resonaba en el vacío, como un eco de sus propias dudas y temores.
Se detuvo frente a una ventana, dejando que la luz del sol se filtrara a través de los cristales y calentara su rostro. Cerró los ojos, tratando de alejar los recuerdos dolorosos que lo atormentaban.
En su mente, las palabras de su familia resonaban una y otra vez. "Eres un inútil", "Nunca serás lo suficientemente poderoso", "No tienes lo que se necesita". Crecer en un ambiente de desprecio y falta de apoyo había dejado cicatrices profundas en su alma.
Recordaba las miradas de desdén, las burlas disfrazadas de consejos y las críticas constantes que lo habían acompañado desde su infancia. Siempre se sintió como si estuviera luchando contra una corriente imparable, tratando desesperadamente de demostrar su valía en un mundo que parecía empeñado en rechazarlo.
Fue entonces cuando decidió que iba a cambiar las cosas. Que iba a demostrarles a todos que estaban equivocados. Que él no era un fracaso, sino un diamante en bruto esperando ser pulido.
Esa determinación lo llevó a buscar el poder a cualquier costo. Se sumergió en el estudio de la magia oscura, buscando el conocimiento que le permitiría alcanzar nuevas alturas y demostrar su valía a aquellos que lo habían menospreciado.
Pero incluso ahora, rodeado de poder y prestigio en la academia, las sombras de su pasado seguían persiguiéndolo. A veces, en los momentos de silencio y soledad, podía escuchar las voces de su familia murmurando en su cabeza, recordándole su incapacidad percibida y alimentando sus dudas.
Abrió los ojos y apartó la mirada de la ventana. Se había prometido a sí mismo que nunca volvería a ser débil, que nunca permitiría que nadie lo menospreciara de nuevo. Y aunque su búsqueda de poder lo había llevado por un camino oscuro, estaba determinado a alcanzar su destino, sin importar el costo.
Ethan se sintió aún más abrumado por esos recuerdos dolorosos después del rechazo de Astartea. Su corazón latía con fuerza mientras revivía la sensación de ser descartado, de ser considerado insuficiente una vez más.
La imagen de Astartea, con su mirada fría y distante, se había grabado en su mente. Había esperado tanto de ese encuentro, esperando que ella viera en él algo más que un simple humano, algo más que un recordatorio de su propia debilidad.
Pero en lugar de eso, había recibido un rechazo cruel y definitivo. Astartea lo había apartado con indiferencia, como si él fuera poco más que un estorbo en su camino hacia la grandeza.
Esa sensación de ser desechado, de ser juzgado y encontrado falto, lo había transportado de vuelta a los momentos más oscuros de su pasado. Se sentía como si estuviera luchando contra el mismo desprecio y la misma falta de apoyo que había enfrentado tantas veces antes.
Y así, mientras reflexionaba sobre aquellos recuerdos dolorosos, una determinación feroz se apoderó de él una vez más. No permitiría que el rechazo de Astartea lo definiera. No permitiría que nadie lo hiciera sentir inferior nunca más.
Con la mandíbula apretada y los puños cerrados con fuerza, juró ante sí mismo que demostraría su valía. Que demostraría a todos, incluido Astartea, que era mucho más de lo que parecía. Que estaba destinado a grandes cosas, y que no dejaría que nada ni nadie lo detuviera en su camino hacia la grandeza.
Desde joven, había escuchado historias sobre la grandeza de los sobrenaturales, sobre su fuerza y su poder. Y entre todos ellos, Astartea destacaba como una figura legendaria, una entidad casi divina en la mente de los humanos.
Su familia, al igual que tantos otros, había hablado con admiración y envidia de los sobrenaturales, deseando poseer su poder, su fuerza y su inmortalidad. Y aunque él era solo un humano, siempre había soñado con alcanzar esas mismas alturas, con demostrar que él también era digno de ser considerado poderoso.
Pero ahora, con el rechazo de Astartea aún fresco en su mente, esa necesidad de demostrar su valía se había vuelto más urgente que nunca. No solo quería demostrar su valía ante su familia y ante el mundo, sino también ante Astartea, la única que realmente importaba.
Y así, con determinación renovada, se prometió a sí mismo que no descansaría hasta que Astartea fuera suya. Que haría todo lo posible, incluso si eso significaba enfrentarse a los mismos sobrenaturales que tanto había admirado y envidiado. Porque para él, el premio valía cualquier sacrificio.
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