—Una sola propuesta— Noel dejó caer de golpe el sobre en su escritorio, el adivino del imperio agachó la cabeza.
—Esto es solo un malentendido, ella lo estaba haciendo maravilloso— Su frente sudaba, dejando perlas transparentes por todo su rostro que escurrían hacia su barbilla.
—¿Esto te parece un error? Hubiera sido más barato ejecutarla ese mismo día que todo lo que he gastado en su educación y vestimenta— Alzó la ceja y su voz se volvió severa.
—Yo, no volveré a cometer ese mismo error— Llevó sus manos a su espalda y reclinó un poco su cuerpo hacia el frente, estaba pidiendo disculpas de todas las formas posibles.
Noel apartó su mirada del hombre y recogió de nuevo el sobre, abriéndolo sin mucho interés.
Su expresión cambio cuando leyó el nombre del solicitante, era nada más y nada menos que Reagan Einhorn el hijo adoptivo de una de las familias más importantes de su imperio.
—Esto sí que es interesante— Reagan era talentoso, alguien que lograría muchas cosas y cuyo estatus y fama subía como la espuma, él merecía alguien mejor, una esposa que ayudara a elevar su grandeza.
Aun así sonrió con malicia, eso sí que era interesante, el gran asesino del imperio casándose con alguien que no era nadie hasta hace menos de un mes, de pronto en su mente surgió la idea de solicitar una reunión con él.
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La noche del baile...
Hui por todo el jardín del gran castillo, pasando desapercibida su enorme belleza y grandes rosas amarillas que se alzaban gloriosas hacia la gran luna llena, que iluminaba mi camino. Sabía que Reagan me seguía, podía escuchar su voz, pero el nudo en mi garganta impedía rogarle que parara y me dejara.
—Sé que nada está bien— Logró alcanzarme y me tomó del brazo, para arrastrarme a su pecho y presionarme, me estaba conteniendo.
—He hecho todo lo que me ordenaron, baile hasta cansarme, memoricé muchas cosas, olvidé mi origen y las razones que me trajeron a este lugar. Solo ahora me estoy permitiendo sacarlo después de...
Caí en cuenta de lo que estaba a punto de hacer, estaba haciendo culpable a una señorita completamente desconocida por mí quiebre en la pista de baile, Reagan me miró expectante, esperando que terminara mi historia.
—Te presionaron demasiado, sé que ser culpada por algo que no estaba en tus manos es desagradable, pero debes aprovechar todo lo que se te presenta ahora; tienes un título y eso te va a ayudar a salir y sobre todo, me tienes a mí— Acercó mis manos a su pecho y sus intensos ojos me observaban con afecto, él me hablaba sinceramente, me calmó el alma.
—De acuerdo, daré todo de mí— Una lágrima rodó por mi mejilla, sus palabras eran verdad, yo debía encontrar la fuerza para recuperar a Esmeralda y honrar a mis padres.
—Yo estaré a tu lado en todo el proceso, seré tu mano derecha— Sonrió como acostumbraba y limpio mi mejilla, ahora sabía que tenía un aliado en este mundo retorcido de la nobleza.
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—Fue aburrido— Senna dejó caer su vestido al suelo, sentada detrás de ella estaba Nuria que cepillaba su cabello frente a su espejo.
—Hizo el ridículo, probablemente no encuentre con quien casarse, me da lástima— Su rostro reflejó lo que pasaba por su mente, era empatía.
"Quien debe tenerle más lástima a quién" Pensó Senna, ya que Lucian era el hombre más mujeriego que había conocido a lo largo de su vida.
—Bueno, supongo que pudo ser peor, pero no sé por qué su cara se me hizo conocida— Dijo mientras sacaba un cigarrillo de su caja y lo colocaba en sus labios.
—Tal vez la vista en alguna de tus expediciones— Le respondió sin mucho interés.
—Probablemente, pero recordaría el bonito color de sus ojos— Se encogió de hombros y le dio la primera calada.
Después de despedirse de Senna, Nuria fue a la oficina de Lucian, que había estado muy ocupado desde la mañana.
—Toc, toc— Tocó la puerta a pesar de estar abierta.
Lucían alzó la mirada y sonrió levemente, no esperaba que Nuria interrumpiera su trabajo.
—¿Qué tal estuvo la fiesta?— Preguntó sin dilación, sorprendiéndola.
—Bueno, un desastre, la joven se asustó de repente y salió del salón, supongo que no le irá bien— Iba a comentar sobre si Elder se había decidido a comentarle, pero cerró la boca.
—Ya veo— Lucian nunca mostraba interés hacia nada, así que se sentó frente a su escritorio.
—¿Quieres que vayamos a la cama?— Le preguntó recargando su barbilla en la mesa, mostrando un ligero puchero.
—No puedo ir ahora— La miró sin expresión, desatando su molestia.
—Vamos, no quiero dormir sola— Dijo en forma de protesta.
—¡Ya dije que no!— Golpeó la mesa sobresaltando a Nuria, que pegó un ligero brinco en su asiento.
Se levantó y salió corriendo de la oficina. Al ver su reacción Lucian se arrepintió de inmediato, sabía que esto le traería problemas con su padre que apreciaba de sobremanera a su prometida.
Sin embargo, no tenía ganas de seguirla y consolarla, no podía evitar que sus cabellos rubios se transformaran en su imaginación en una melena negra y espesa, que cubría sus ojos hasta el punto de solo pensar en Dornen.
—Maldita sea— Enterró sus dedos en su cabello, le desesperaba la idea de volver a verla, pero en este punto, ella debería estar enterrada en algún lugar de aquel pueblo abandonado, así que ahora debía soportar la absurda idea.
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—¿Es en serio Reagan?— Preguntó su padre, era obvio que estaba furioso.
—Lo es, deseo casarme con la señorita Philips— Se mantuvo firme, consciente de que aquello implicaría perder muchas cosas, como su título.
—Te adopté solo por tu potencial y para obtener estatus, eso nunca te lo oculté, pero ahora me estás diciendo que quieres disminuir de rango y casarte con esa cualquiera—
Se levantó de golpe, su esposa lo observaba con tristeza y con decepción a Reagan.
—Mi decisión está tomada.
—¡Me niego! Tú debes casarte con la señorita Senna Phoenix, ella es la única que nos dará verdaderas ganancias— Agitaba sus manos de un lado a otro, pero al ver que Reagan no daba su brazo a torcer, tomó una decisión.
—Te irás ahora mismo, ya no eres mi hijo ni parte de esta familia, pero te cobraré cada centavo que gasté en ti— Al finalizar escupió a los pies de Reagan y se fue azotando la puerta, dejando un silencio entre su esposa y el chico que ahora ya no era más que un desconocido.
Resignado, Reagan tomó sus pocas cosas y se fue a una posada, al menos un par de noches bastarían antes de conocer los resultados de su propuesta.
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