Para este momento Alex rondaba por mi cabeza, cada vez que bajaba a alimentarlo o visitarlo era inevitable hablar con él, su carisma y personalidad me animaba a seguir hablando de mí. Mis padres, el porqué de estar aquí aprisionada y él sin sabor de mi vida, en general, parecía entretenerlo.
Ponía atención a cada una de mis palabras y me contaba historias sobre las partes del mundo que había conocido en su carreta vendiendo cosas para subsistir, dándole fama de un importante comerciante.
—Me siento culpable por el hecho de que estés aquí— Era la primera vez que hablaba con el corazón y una sonrisa dulce apareció en su cara.
—No tienes por qué, sabes perfectamente que puedo escaparme, pero tengo mis razones para no hacerlo— Me miró a los ojos y rozó con delicadeza mi mano, apoyada en el suelo cubierto de paja.
—Que absurdo, tu libertad no vale una razón— Por algún motivo su comentario me molestó, él podía escapar cuando lo deseara, pero, sin embargo, se aferraba a algo que muy probablemente no valía la pena, aunque sus siguientes palabras congelaron cualquier intento de reclamo.
—No me quiero ir sin ti— Esta vez apretó mi mano bajo la suya y de un tirón leve me llevó a su pecho, sentí su mano acariciar mi cuello, rozando mi oscuro cabello para terminar en mi hombro. El latir de su corazón era tranquilo, sin agitaciones, el mío, bombeaba cada vez más fuerte y de repente tuve temor de que él supiera todo aquello que me provocaba.
—Tonterías— Dije con voz temblorosa, mis emociones estaban tan descontroladas que ese miedo se transformó en llanto, pues desde que llegué allí, me coloqué un caparazón para evitar que Deborah me hiciera daño.
Con su mano alzó mi rostro, sus ojos azules me miraron tan fijamente, luego la pasó por mi mejilla, para limpiar la lágrima que había logrado salir.
—Dornen, te quiero— Luego procedió a besarme, me sobresaltó un poco, pero sus suaves labios apretaron los míos, mantuve mis ojos abiertos y pude ver que sus pupilas ya no estaban y sus largas pestañas decoraban sus ojos, apeetandolos suavemente. Mi miedo se fue transformando en calma y también intenté cerrarlos, sin embargo, mis parpados temblaban y mi pecho se movía de arriba a abajo, pues estaba recibiendo mi primer beso, en mis 16 años de vida.
Me sentía entumecida, luego entendí porqué ese día en la bañera quería que se quedara; su compañía era un bálsamo calmante que se estaba volviendo adictivo para mí.
—Detente— Dije al darme cuenta de que todo eso era demasiado rápido para mí, su roce y su forma de besarme me dejaba saber que ya era experimentado en el tema, se habia enamorado de una mujer antes que yo y mi inexperiencia podría ser un problema.
Alex dejó de mover sus manos y me miró a los ojos de forma tierna, con mi mirada supe que él sabía que era lo que me detenía.
—También tengo miedo— Dijo en tono bajo, sin quitarme los ojos de encima— Pero estoy seguro, de que todo lo que necesito está contigo— Volvió a besarme y por primera vez me dejé llevar por el impulso. Aunque mis manos temblaban, también me animé a besarlo y tocarlo un poco por el cuello, las yemas de mis dedos comenzaban a hacerse memoria de cada parte de su piel, tersa y suave, al menos eso creí cuando un borde de piel más suave de lo usual apareció, era dispareja y aunque apenas había pasado un par de segundos que la sentí, Alex se apartó bruscamente, parecía avergonzado.
—No deberías concentrarte en un solo lugar teniéndome frente a ti— Sonrió para liberar mi tensión.
Sonreí ligeramente de vuelta, debía disculparme por mi forma atrevida de acariciarlo, pero no tuve tiempo de hacerlo, Alex se estaba comenzando a quitar la camisa, dejando expuestas varias heridas de diferentes épocas de su vida, una cicatriz más antigua que la otra se juntaban en su piel, yo miré sorprendida.
—Discúlpame si te he incomodado, pero no creo que sea bueno seguir ocultando todo esto— Se acercó de nuevo y me tomó por la cintura, empujándome encima de él, haciendo que entrara en contacto con su piel caliente, yo no tenía manera de ocultarme.
—Te quiero Dornen, deseo que conozcas cada parte de mi ser, soy de tu propiedad desde ahora— Tomó mi mano y la llevó a sus labios, para darme un dulce beso en la muñeca y después en mi palma, seguido de mis dedos y mis nudillos.
Sus ganas por tenerme eran tan latentes en el aire, que estaba abrumada por tanta atención, finalmente puso mi mano a la altura de su corazón, donde latía con fuerza, sus intensos ojos azules me suplicaban compañía y yo quería dársela, pero sentí que no era el momento, de entregarme físicamente a alguien.
—Lo entiendo, no es momento— Interpretó mi silencio como una negación, pero no me hizo a un lado, todo lo contrario, me subió a la altura de su rostro y fue cuando noté que ligeras pecas salpicaban sus mejillas, era una vista hermosa.
—Eres hermoso— Solté sin pensar, haciéndolo reír de forma escandalosa, temí por un momento que Deborah escuchara.
—¿Te has visto en un espejo?— Me preguntó repentinamente y yo bajé la cabeza, no me gustaba nada mi reflejo, me veía sucia y mi oscuro cabello era considerado herencia de las clases desertoras de dios.
—He recorrido la mayor parte de estas tierras, desde donde tus ojos ven el horizonte y más allá. Y te puedo asegurar que nunca vi una mujer tan hermosa y portadora de tales cualidades como tú, esos ojos ámbar que parecen brillar incluso en la oscuridad más absoluta me atraparon, más que todas las maravillas que pudo haber encontrado en los lugares que he visitado— Sus manos sujetaban mis mejillas, sus palabras eran mortalmente halagadoras, el que me percibiera de esa forma hacía acelerar mi respiración y sonreí, con los ojos enrojecidos, lo abracé.
A la mañana siguiente desperté fresca, por primera vez no sentía el peso de los días y el trabajo ahora se tornaba como una manera de ocultar mi felicidad: Estaba enamorada, y la persona que amaba me correspondía. Esmeralda me dijo, que una venda cayó de mis ojos, para poner una más oscura aún.
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