Dignida vs Sobrevivir

Al entrar a la casa Esmeralda me miraba intrigada, esperaba que le dijera a que se debía todo esto, pero no pude hablar por un largo tiempo, lo que sucedió y sucede allá abajo es irreal.

Todo esto se suma, cuando en una puerta entreabierta, Deborah y su esposo hablaban de aquel hombre. Sé que debí alejarme, retirarme era suficiente para no ser parte de sus planes, sin embargo, decidí quedarme y escuchar.

—¿Cuánto tiempo tomará?— La voz de Deborah sonaba extrañamente hueca, talvez porque estaba más lejos de la puerta.

—Espero que no mucho, un par de meses talvez— Robert avanzaba dando vueltas por la habitación, sus ligeros pasos no hacían rechinar la madera, eso siempre me causaba escalofríos.

—Eres un idiota, aceptar el trato de tu hermano fue la cosa más estúpida que has hecho desde que me propusiste matrimonio— Había rencor en sus palabras, pero Robert solo se rio.

—No soy tan tonto como la persona que me dijo que sí, además, es para sacar a Tony de la cárcel— Su voz perdió seriedad, se escuchaba más sereno.

—Hasta su nombre es estúpido, solo pido que esto no manche nuestro nombre y que tu hermano consiga el rescate antes de que ese pobre diablo muera, esta casa no puede mantener tantas bocas— Deborah golpeó levemente la mesa haciendo que brincara, por poco me delato, así que me retire, solo para ver como ellos salían del lugar apenas di la vuelta en la esquina del pasillo.

Suspiré de alivio, pero noté que mis brazos temblaban, esa sensación de haberme enterado de algo que no debía me invadió de culpa, sacudí la cabeza deseando no pensar y continúe con mis deberes, esperando a que mi amo me volviera a llamar.

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La espera fue larga, nunca me llamaron para llevarle de cenar, de todas maneras solo alcancé un trozo de pan y la mitad de una papa, que al mirarla me hizo imaginar que aquel hombre probablemente también tenía hambre.

Apreté los dientes y con temor me escabullí hacia la trampilla, el aire soplaba con fuerza lo que disimulaba el ruido de mis pasos hacia el sótano, al abrirla el aire podrido del lugar salió, tomé aire y me dispuse a entrar, deseaba no haber sido tan torpe para ser pillada y azotada como la última vez, pero de todas maneras decidí tomar el riesgo.

Me acerqué con paso apresurado, quería salir de allí lo antes posible, así que de mi bolso saqué la papa, él escuchó el ruido y movió su cabeza directamente hacia mí.

—Abre la boca, te daré de cenar— Le dije mientras mis manos se movían torpemente, acerqué la papa, pero él no la mordió.

—No sé por qué tienes tanta prisa, será porque no deberías estar aquí— Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro, yo solo me moleste.

—Solo come— Demande con voz firme, ahora me arrepentía de tratar de ser amable con ese hombre

—Mi nombre es Alex— Dijo antes de morder una gran porción de papa, su repentina confianza al decirme su nombre tranquilizó mi enojo y solo sonreí.

—Tal vez algún día te diga el mío— Aunque me gustaba mi nombre, creía que no era digno de ser escuchado por alguien más poderoso, cuánto terminó de comer me levanté y me dirigí a la entrada.

—Lo esperaré con ansias— Todo ese rato estuvo callado, y solo me habló cuando iba a salir, talvez lo pensó mucho así que solo asentí y me fui.

Regresé a mi habitación, me envolví en mi pequeño abrigo y me dispuse a dormir, pero mi mente inquieta solo se hacía una pregunta ¿A quién le importaría mi nombre? Aquella persona solo tenía un motivo y era saber quien trabajaba para sus secuestradores, era obvio que no era porque le importara.

Apreté mis ojos fuertemente, estaba relajándome cuando unos pasos se escucharon al otro lado de mi puerta, respiré profundo y me concentré en pensar de quien se trataría.

No duró mucho mi concentración pues mis pesados parpados suplicaban cerrarse y finalmente cedí, pero el tiempo parecía avanzar de forma diferente y una extraña frialdad congelaba mi espalda, pero mi cuerpo cansado no le dió importancia.

Al día siguiente mi rutina se repitió, levantarme y vestirme. Probablemente Alex ya debería estar hambriento, cada vez que pisaba el piso de madera de la sala principal, no podia evitar pensar que alguno de aquello agujeros hechos por el desgaste

Iluminaba débilmente sus cabellos rojos, incluso más intensos que los de Esmeralda

Estaba tan perdida en mis pensamientos que no sentí la presencia de Deborah, que me miraba de manera furtiva, ella estaba molesta conmigo.

—Robert quiere comer una tortilla de verduras, llévala a su habitación— Después de darme la orden asentí, pero ella no se fue.

—En un par de meses te vas— Dijo después de un rato, respiré de alivio pues pensé que me golpearía en cualquier instante.

—Así es señora— Respondí de forma tímida, para mí era imposible murarlos a la cara.

—Sabes, eres mi favorita, conoces tu lugar, tu sola te rebajas hasta el piso y permites que te pisotee y no te quejas, eres muy diferente a la rebelde de Esmeralda— Se acercó a paso lento y acarició mi cabello, haciéndome sentir escalofríos.

—Gracias, señora— Era repugnante, era asqueroso el hecho de que yo aceptara ser el tapete de los demás y agradeciera por eso, un nudo se formó en mi garganta, pero mordí mis labios una vez más.

—No agradezcas, eres perfecta, como una muñeca— Sujetó mi cabello con más fuerza, del tirón di un paso hacia atrás.—Espero que estés consciente de que hay situaciones que pueden evitar tu partida ¿O me equivoco?— Sentí como enredaba sus dedos entre mis cabellos, el aire en el ambiente se volvió irrespirable, era denso como si cada día que pasaba antes de ser libre las humillaciones se volvieran más intolerables.

—Estoy de regreso— Esmeralda entró repentinamente y vio la escena, ella era explosiva y esa vez no fue la excepción. —¿Ahora de que acusa a Dornen?— Preguntó con voz agitada, yo deseaba con todas mis fuerzas que dejara de meterse en problemas.

—Nada de tu incumbencia muchacha— Deborah la miró con desdén y ella me miró a mí, con señas ligeras traté de calmarla.

—No se preocupe señora, me aseguraré de que todo este en calma antes y después de mi partida— Dije para que se fuera, ella no parecía tan convencida y por alguna razón decidió dejar pasar la grosería de Esmeralda para irse de inmediato a donde pasaba su tiempo libre.

—Debes quedarte callada— Le reproché de inmediato en cuanto se fue.

—No es justo que te dejes de esa manera— Hizo un puchero mientras se acercaba para abrazarme.

—No es que quiera, solo quiero irme en paz— Dije mientras acariciaba sus rizados cabellos.

—Veremos si puedes vivir dignamente después de dejarte tratar así— Sus palabras me dolieron, pero sabia que tenía razón

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