18 AÑOS

El día de mi cumpleaños número dieciocho emerge entre el ajetreo del entrenamiento y los razonamientos internos. Mi habitación, envuelta en una confusa decoración que parece transitar entre diversas épocas, se convierte en el escenario de un día especial que transcurre sin demasiado alboroto.

De repente, en la atmósfera llena de magia, Belfegor hace su entrada. No es una llegada física, ya que para un demonio materializarse en el mundo mágico implica riesgos y complicaciones. En cambio, su presencia se manifiesta de manera etérea, una sombra que se desliza entre los hilos mágicos que componen este reino.

—Feliz cumpleaños, Alex. La mayoría de los humanos marcarían este día con festividades y alegría, pero en tu caso, es una oportunidad para reflexionar sobre el papel que estás destinado a desempeñar —la voz de Belfegor resuena en la habitación, cargada de una serenidad que contrasta con la intensidad del momento.

Sentado en el borde de mi cama, le dedico una mirada entre confusión y expectación. Belfegor, en su forma etérea, emana una presencia imponente. Sé que lo que está por venir es crucial.

—El mundo humano está en un estado de agitación, y no precisamente por festividades. Los signos del Apocalipsis se manifiestan en formas sutiles, pero inconfundibles —prosigue Belfegor, su figura ondulando entre sombras danzantes.

Mis pensamientos se agolpan, tratando de asimilar la gravedad de sus palabras. Las lecciones de los sietes y las interacciones con seres mágicos cobran un nuevo significado en este momento.

—El Vaticano y los templarios intensifican sus esfuerzos para encontrarte, pero no son los únicos. Hay fuerzas en juego que buscan controlar el destino que te aguarda —Belfegor me insta a comprender la magnitud de la situación.

—¿Por qué yo? ¿Por qué toda esta complicación? —inquiero, sintiendo que las respuestas aún se escabullen entre sombras.

Belfegor exhala como si llevara consigo un suspiro milenario.

—Eres la encrucijada entre dos mundos, Alex. Tu sangre lleva la marca de la dualidad, y tu existencia determinará el rumbo de ambos reinos. El Apocalipsis o la redención, todo descansa sobre tus hombros —sus palabras resuenan como un eco ominoso en la habitación.

Asiento con solemnidad, asumiendo la responsabilidad que se cierne sobre mí. En este día de cumpleaños, la carga de mi destino se presenta con una claridad que no puede ser ignorada. 

 

Belfegor, tras revelar la magnitud de mi destino, recobra su habitual personalidad bromista. Su risa retumba en la habitación como un eco desafiante mientras se desliza entre las sombras, adoptando una forma más tangible, aunque aún etérea.

—¿Los sietes, dices? No sería más que un juego para mí. Derrotarlos sería tan sencillo como deshojar una flor —bromea, su mirada chispeante reflejando el desafío inherente en sus palabras.

Mi mano acaricia la katana que Musashi me regaló, sintiendo la frialdad del acero contra mis dedos. Un momento de silencio se cierne antes de que decida responder en el mismo tono.

—Quizás, pero un demonio cobarde como tú no podría ni con Serafín, el hada —menciono, mi mirada fija en la figura de Belfegor.

La habitación parece vibrar con la dualidad de nuestras palabras, la tensión entre el deber que cargo sobre mis hombros y la ligereza de un intercambio que roza lo absurdo. En medio de esta danza verbal, la verdad y la ironía se entrelazan, revelando capas ocultas de significado.

—Hablemos en serio, Alex. Aunque mi naturaleza demoníaca me concede ciertas ventajas, comprendo que tu travesía no será un juego. La balanza entre el bien y el mal pende de un hilo, y tu elección determinará el destino de ambos mundos —Belfegor adopta una postura más seria, sus ojos reflejando una sabiduría que va más allá de su habitual actitud jocosa.

Con un gesto de asentimiento, le pido a Belfegor que me revele más sobre la vida en el inframundo, sobre Lucifer y sus ideales. La habitación se impregna con una atmósfera de anticipación mientras Belfegor se prepara para sumergirme en un relato más profundo.

—Imagina un reino donde las sombras danzan en perpetua oscuridad, un espectáculo eterno de matices tenebrosos. El inframundo es como un lienzo donde los demonios, ángeles caídos y criaturas de la noche coexisten en una danza cósmica. Lucifer, el Señor de las Sombras, preside este reino con una majestuosidad indescriptible.

Belfegor comienza a describir el Inframundo con detalles que llevan mi imaginación a lugares que nunca antes había concebido. Los paisajes infernales se despliegan ante mis ojos internos, cada rincón impregnado de un aura mística y siniestra.

—Lucifer es más que una figura oscura. Es la personificación de la rebeldía, la voluntad de desafiar el orden divino. Su presencia es magnética, su mirada profunda atraviesa el alma, y su voz resuena como un eco de verdades ancestrales. En sus ojos, encuentras un abismo de conocimiento y desafío —Belfegor narra, sumergiéndome en la atmósfera del Inframundo.

—Sus ideales trascienden la simple maldad. Lucifer busca la libertad, la emancipación de las cadenas que atan a las criaturas del Inframundo. Aunque sus métodos pueden ser incomprensibles para muchos, su visión es un intento de romper con las estructuras impuestas por las divinidades celestiales —continúa, sus palabras resonando con una mezcla de respeto y lealtad.

La imagen de Lucifer, no como un simple demonio, sino como un ser complejo con motivaciones profundas, se dibuja vívidamente en mi mente. Belfegor desentraña los misterios del Inframundo, revelando una realidad más allá de la percepción superficial.

—Aunque esté destinado a desafiar a Lucifer en algún momento, no puedo ignorar que su influencia ha dejado una huella indeleble en mi ser. Mi deber es claro, pero la comprensión de su perspectiva me brinda una visión más completa de este conflicto cósmico —reflexiono en voz alta, buscando asimilar la riqueza de la información proporcionada por Belfegor.

Me levanto de la silla y camino hacia la ventana, donde la vista del mundo mágico se despliega ante mí en todo su esplendor. La escena es hipnotizante: árboles centenarios que parecen bailar con la luz mágica, criaturas místicas que surcan el cielo y construcciones que fusionan lo antiguo con la tecnología futurista.

—El Inframundo y el mundo mágico tienen su propia belleza —comento, mis ojos fijos en la maravilla que se extiende más allá del cristal.

Belfegor permanece en silencio, respetando mi momento de contemplación. Pero no puedo evitar confrontar la sombra que acecha en lo más profundo de mi ser.

—Siento cómo la oscuridad intenta reclamarme, Belfegor. A veces, temo que llegará el día en que ya no pueda retenerla —confieso con sinceridad, mis pensamientos desgarrándose en voz alta.

Continúo hablando sobre la dualidad que experimento, cómo mi crianza humana me ha enseñado a valorar la vida y las emociones, pero también cómo no puedo ignorar las imperfecciones dañinas de la humanidad.

—Los humanos, con sus vidas efímeras y sus deseos tan mundanos, me parecen destructivos y superficiales. He aprendido el valor de la vida y las conexiones emocionales, pero a veces la sombra que hay en ellos me desconcierta. Es como si la propia naturaleza humana fuera un campo de batalla entre la luz y la oscuridad —expreso, buscando la comprensión en los ojos de Belfegor.

Belfegor se incorpora, sus ojos rojos parpadean con una chispa de interés mientras escucha atentamente mis palabras. Su presencia, aunque imponente, no es intimidante en este momento; más bien, parece ansioso por sumergirse en la reflexión compartida.

—La dualidad es inherente a todos los seres, Alex. Incluso en el Inframundo, donde las sombras son nuestra esencia, hay facetas de luz que se entrelazan con la oscuridad. Lucifer mismo, aunque es el señor de este reino, posee complejidades y matices que van más allá de la mera oscuridad —responde Belfegor, su voz resonando con un tono reflexivo.

Se acerca a la ventana y observa el paisaje junto a mí, su figura demoníaca contrastando con la serenidad mágica del mundo exterior.

—Lucifer es una entidad fascinante. Su visión va más allá de la simple conquista y el dominio. Él anhela el cambio, la evolución. Quiere que los seres, ya sean humanos o demonios, alcancen nuevas alturas y superen las limitaciones impuestas por su propia naturaleza —añade, sus palabras llevando consigo una mezcla de respeto y admiración por su señor.

—Pero, como bien sabes, cada ser tiene su propio camino y elecciones que hacer. No te preocupes demasiado por la sombra que sientes en tu interior, Alex. A veces, la verdadera luz surge de la aceptación y el entendimiento de nuestras propias dualidades —concluye, su mirada fija en el horizonte mágico.

 

 

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