La decisión de evitar el instituto pesa en mi mente, impulsada por el deseo de alejarme de las miradas curiosas y las burlas que acechan en cada pasillo. Un humor irritable me consume e impulsa acciones más drásticas: mudarme a un apartamento lejos de la presión que mi presencia provoca en mis supuestos padres.
La cotidianidad opresiva de mi nuevo hogar se cierra sobre mí, y es en las sombras de sus paredes donde practico mi magia. La conexión con este otro mundo oscuro se intensifica, pero descubro que mi destreza en el combate cuerpo a cuerpo es insuficiente. Las artes místicas requieren más que meros hechizos; exigen fuerza física.
Durante días, Belfegor ha estado ausente, desvanecido como una sombra. Pero su regreso es inminente; su risa sarcástica resuena en la habitación mientras me enfrento a mi reflejo en el espejo.
—Alex, tu magia es poderosa, pero te falta fortaleza física. Deberías entrenar más para enfrentarte a las sombras que vienen —resuena su sugerencia en mi mente, una verdad incómoda que no puedo ignorar.
El entrenamiento se convierte en mi nuevo ritual, una rutina que me conecta con mi lado más terrenal y primitivo. Cada flexión, cada golpe, es un recordatorio de que la magia no solo implica palabras y hechizos; también es una danza física que demanda dominio sobre mi propio cuerpo.
Belfegor, hasta ahora observando desde las sombras, decide manifestarse en mi realidad. Su oscura figura aparece, adornada con una sonrisa burlona.
—¿Te has dado cuenta, Alex? Tu magia es fuerte, pero tu cuerpo frágil. La verdadera batalla se libra en ambos mundos, y necesitas ser fuerte en cada uno de ellos.
Los días transcurren en una danza constante entre el entrenamiento físico y la práctica de la magia. Mi apartamento se convierte en un refugio donde la dualidad de mi ser se entrelaza, donde cada hechizo pronunciado y cada músculo fortalecido son pasos hacia la armonía que busco.
Belfegor, siempre presente como una sombra astuta, me observa con sus ojos incisivos.
—Estás progresando, pero aún hay un largo camino por recorrer, Alex. La magia y la fuerza deben coexistir en perfecta armonía.
Sus palabras me instigan a persistir, a no ceder ante la frustración que a veces amenaza con envolverme. La verdad que encierra mi origen, las sombras de mi linaje, sigue siendo un misterio que pende en el aire. Mientras entreno, siento que me acerco a algo más grande, a respuestas que aún no he descubierto.
Un día, mientras practico en la soledad de mi hogar, Belfegor se materializa frente a mí con una seriedad inusual.
—Alex, es hora de que enfrentes la verdad sin máscaras. Esa sangre que corre por tus venas no es común. Eres parte de una legión mucho más grande de lo que puedes imaginar.
Intrigado pero cauteloso, le insto a continuar. Belfegor se sumerge en una narrativa que estremece mi entendimiento. Mi linaje, la sangre de Lucifer que fluye en mí, no es simplemente una peculiaridad. Soy parte de algo más oscuro, una conexión ancestral que trasciende el tiempo.
—Tu verdadera misión, Alex, es asumir tu lugar en esta legión. Ser el portador de una magia que puede cambiar el equilibrio entre las sombras y la luz.
Las palabras de Belfegor resuenan en mi mente como un eco distante. ¿Mi propósito va más allá de la venganza y el poder personal? ¿Soy un jugador en un juego cósmico de fuerzas que van más allá de mi comprensión?
En la penumbra de mi apartamento, Asmodeo emerge de las sombras con su presencia inquietante. Su figura, envuelta en misterio, presagia una revelación que se cierne sobre mi existencia.
—Alex, has comenzado a vislumbrar la verdad, pero hay aspectos que aún desconoces. —Su voz, grave y lúgubre, corta el aire.
Lo escucho en silencio, consciente de que las palabras de Asmodeo no traen consigo dulzura ni consuelo. Él, al igual que Belfegor, se convierte en un guía hacia una realidad que desafía la comprensión humana.
—Hace siglos, se profetizó que un niño con la sangre de Satanás crecería entre los humanos. Un niño destinado a convertirse en un hombre, y a ese hombre le llamarían el Anticristo.
La gravedad de sus palabras se cierne sobre mí como una sombra impenetrable. El Anticristo, una figura envuelta en mitos y temores, ahora parece ser parte de mi propia narrativa. La profecía, tejida en las telas del tiempo, me abraza con su influencia oscura.
—Eres ese niño, Alex. —Asmodeo me mira con ojos que parecen leer mi alma. —Tu sangre lleva el legado que cambiará el curso de la historia.
La verdad, aunque esperada de alguna manera, me golpea como una ráfaga de viento helado. ¿Cómo lidiar con el peso de una profecía que me coloca en el centro de eventos cósmicos? La dualidad de mi existencia, entre sombras y luces, adquiere un matiz más oscuro.
—Tu camino, Alex, estará marcado por elecciones cruciales. Deberás decidir entre abrazar tu destino o desafiar las cadenas de la profecía.
Las palabras de Asmodeo se desvanecen en el aire, pero su impacto persiste. ¿Soy un mero juguete en manos de fuerzas que trascienden mi comprensión? Entre sombras y luces, enfrento una realidad que se extiende más allá de los límites de mi propio ser, y el viaje hacia el Anticristo se presenta como una travesía ineludible.
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