En la sala de entrenamiento, comparto con Rey los hechizos que Frieren me enseñó. Los movimientos fluidos y precisos revelan una destreza que está más allá de lo común. Rey me observa de arriba a abajo, sus ojos escrutadores desentrañando cada detalle de mi expresión.
—Solo un tonto se enamoraría de una elfa —dice Rey con una sonrisa socarrona, desviando la mirada.
Aclaro rápidamente que no estoy enamorado, aunque mi voz titubea por un breve instante. Rey, sin prestarle mucha atención al matiz, cambia rápidamente de tema. Habla sobre el entrenamiento, destacando que aún me falta mucho para merecer un lugar entre los siete, la élite de la Guardia Real.
—Más que perfeccionar tus poderes y tu cuerpo, deberías adiestrar tu corazón. La profecía menciona que el corazón del Anticristo se inclina hacia la maldad. No dejes que las emociones te cieguen —añade Rey con una mirada que refleja una sabiduría más allá de los años aparentes.
—Adiestrar el corazón no es tarea fácil. ¿Cómo esperas que controle mis emociones? —pregunto a Rey, sintiendo la intrincada red de conflictos internos.
Rey se acerca, su presencia imponente domina la sala. —Alex, en la batalla que se avecina, tu corazón será tu mayor aliado o tu peor enemigo. Debes aprender a discernir entre la compasión y la crueldad, entre la empatía y la indiferencia.
Me sumerjo en sus palabras, tratando de asimilar la magnitud de mi papel en este juego cósmico. Rey continúa: —La humanidad te verá como su salvador o su destructor. Tú decides el camino que sigues.
Rey inclina la cabeza, sus ojos penetrantes escudriñan los míos en busca de alguna señal de compromiso. Siento el peso de sus expectativas, la responsabilidad de un destino que parece hundirse en lo desconocido.
—La dualidad te define, Alex. No temas abrazarla, pero tampoco dejes que te consuma —advierte Rey, su voz firme resuena en la estancia.
Nuestro entorno parece transformarse, las sombras danzan en las paredes como espectros que susurran secretos antiguos. Rey continúa instruyéndome sobre las complejidades de la magia y la moral, tejiendo un tapiz de conocimiento que se entrelaza con la trama de mi propia existencia.
En el patio del castillo, bajo la luz de la luna, comienzo a entrenar. Cada hechizo se convierte en un baile mágico, mis movimientos sincronizados con el fluir de la energía que emana de mis manos. Rey observa con ojos críticos, cada gesto evaluado en busca de perfección.
Entre los susurros del viento y la luminiscencia de los hechizos, puedo sentir el poder latente que se despierta en mí. Pero también detecto la sombra de la duda, la incertidumbre que se agazapa en los rincones de mi mente.
Rey, con su aura majestuosa, se acerca. —La magia es una extensión de tu ser, Alex. Debes aprender a dominarla, a moldearla según tu voluntad.
La brisa nocturna acaricia mi rostro mientras me sumerjo en el arte de la conjuración. Cada hechizo es un vínculo entre el tangible y lo etéreo, un recordatorio constante de mi papel en el equilibrio frágil entre el bien y el mal.
La armería se presenta como un santuario de reliquias guerreras, con katanas de afiladas hojas y una gama de armaduras impregnadas de historias de batallas pasadas. Bajo la tenue luz que destaca las elegantes líneas de las katanas, encuentro a Musashi, un guerrero que emana sabiduría y experiencia.
Musashi sostiene la katana con gracia, la luz juguetea en la hoja, revelando inscripciones que narran crónicas de antiguas contiendas. Su mirada se encuentra con la mía, y sé que más allá de la hoja afilada, se esconde un maestro dispuesto a compartir sus enseñanzas.
—La katana es una extensión de tu alma —Musashi habla con la solemnidad de un hombre que ha recorrido muchos caminos—. Cada movimiento debe ser preciso, cada golpe, una expresión de tu espíritu.
Me coloco frente a él, la empuñadura de la katana firme en mi mano. Siento la tensión en el aire, como si la armería retuviera el aliento en anticipación al próximo movimiento.
—Debes sentir el fluir de la energía a través de la hoja —Musashi guía mis movimientos, sus palabras como un mantra que se desliza entre el sonido del acero cortando el aire.
La danza comienza, una coreografía de filo y gracia. La luz refleja destellos en la hoja, delineando un rastro de luz que acompaña cada tajo. Musashi observa cada gesto con una mezcla de aprobación y corrección.
—La verdad se encuentra en el equilibrio. No solo entre el atacar y defender, sino entre la fuerza y la delicadeza —sus palabras resuenan con la sabiduría de los siglos.
El choque de las katanas crea una sinfonía metálica que resuena en la armería. Cada movimiento, una lección, cada parpadeo de luz revela la maestría de un arte que trasciende la realidad tangible.
Musashi, con su katana en alto, sonríe. —Nunca subestimes el poder de la armonía, Alex. En la espada y en la vida, el equilibrio es la clave.
Desde una galería superior, Rey observa el entrenamiento con ojos que parecen contener la sabiduría de incontables vidas. A pesar de su apariencia juvenil, su mirada trasciende el tiempo y refleja la experiencia de un ser mucho más antiguo.
Mi atención se desvía momentáneamente hacia ella, y en ese breve instante de distracción, la katana de Musashi parte en dos la mía. Un sonido metálico cortante resuena en la armería, marcando mi error. Musashi, con serenidad, recoge ambas mitades de la katana y me mira con ojos que transmiten más lecciones que cualquier palabra.
—La katana es más que un simple pedazo de acero afilado —Musashi explica mientras examina los fragmentos—. Es un reflejo de la voluntad del portador. Si tu mente divaga, tu hoja también lo hará.
Acepto la lección con humildad y asiento. Musashi coloca las mitades de la katana en el suelo, creando un símbolo visual de mi momentánea falta de concentración.
—La maestría no solo se trata de habilidad, sino de conexión. Debes impregnar tu espíritu en cada movimiento —Musashi habla con la autoridad de alguien que ha dominado el arte de la katana.
Vuelvo a centrar mi atención en el entrenamiento, cada movimiento es ahora más consciente, más enfocado. Siento la energía fluir desde mi centro hacia la katana, como si la hoja y yo nos volviéramos uno solo.
Desde la galería, Rey observa en silencio. Sus ojos no expresan juicio, sino más bien una comprensión profunda. Sé que cada gesto que hago es seguido por su mirada perspicaz.
—El camino del guerrero no es solo dominar la técnica, sino también conquistar la mente —Musashi comparte sus palabras mientras continúa guiando mi entrenamiento.
La armería se convierte en un escenario donde el sonido del acero cortando el aire se mezcla con las lecciones silenciosas de Rey desde lo alto. Cada movimiento se vuelve una danza con la katana, una danza que busca trascender la mera destreza para llegar a la esencia misma del arte del combate.
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