LOS LÍMITES DE LA MAGIA

Caminando por el puente, me encuentro con Sarah, parada en la barandilla, mirando fijamente el abismo. Mi corazón se acelera, y mi mente trata de entender el porqué de esta escena.

—Sarah, ¿qué estás haciendo? ¿Por qué estás aquí? —mi voz, usualmente fría, tiembla ante la gravedad de la situación.

—Alex, no hay nada aquí para mí. La vida es demasiado dolorosa —responde, su voz quebrándose con el peso de la desesperación.

Intento persuadirla, mis palabras flotan en el aire como un intento desesperado por aferrarme a su raciocinio.

—No puedes hacer esto. La vida puede ser dura, pero también hay belleza en la oscuridad. Debes encontrar tu luz, Sarah.

Ella mira hacia abajo, su determinación inquebrantable.

—Ya no queda luz, Alex. Solo sombras.

Mis pensamientos se agitan, buscando desesperadamente las palabras correctas.

—No estás sola. Puedes superar esto. Hay ayuda disponible.

—He perdido a todos, Alex. La soledad me devora —confiesa, su mirada vacía reflejando un dolor que va más allá de las palabras.

Mi mente, acostumbrada a lidiar con lo sobrenatural, se encuentra en terreno desconocido. Pero algo en mí se niega a aceptar la pérdida.

—Aún hay personas que te quieren, que te apoyarán. No dejes que la oscuridad te consuma.

—¿Por qué te importa? —pregunta, su tono mezcla de incredulidad y desesperanza.

—No lo sé, pero quiero que vivas, Sarah. No permitiré que te rindas —mi voz suena más fuerte, como si estuviera desafiando a las sombras que la envuelven.

Ella vacila, una batalla interna reflejada en sus ojos.

—No hay vuelta atrás, Alex. Mi vida es un abismo sin fin.

—Tal vez no haya vuelta atrás, pero siempre hay un camino por delante. Cuéntame, háblame de tu dolor. No tienes que enfrentarlo sola —mi desesperación se mezcla con una extraña determinación.

Sarah, casi como si necesitara desahogarse, comienza a compartir su historia. No hay posesiones demoníacas, solo la abrumadora carga de la vida.

—Perdí a mi familia, mis amigos, todo. La tristeza se volvió insoportable. Mi mente se agita, intentando encontrar palabras que puedan cambiar su destino.

—La vida puede ser cruel, pero también puede ser sorprendente. Debes darle otra oportunidad. Sarah se aparta de la barandilla, su mirada se desvía. Pero el abismo sigue llamándola.

—No sé si puedo.

—Podemos encontrar ayuda juntos. No estás sola en esto, Sarah —insisto, sintiendo una conexión inexplicable con su dolor.

Finalmente, ella me mira con ojos llenos de agotamiento.

—Ya es demasiado tarde.

En un instante que parece eterno, Sarah se suelta de la barandilla y se lanza al vacío. Mis manos se extienden, pero no puedo detenerla. El abismo la reclama, y yo me quedo atrás, impotente ante la realidad que se despliega ante mí.

La desesperación se apodera de mí mientras marco frenéticamente el número de emergencia. Las palabras salen de mi boca como un eco hueco en la noche, pero sé en lo más profundo de mi ser que un cuerpo destrozado en el suelo tiene pocas posibilidades de volver a la vida.

—¡Por favor, tienen que venir rápido! —mi voz suena temblorosa, desesperada.

Belfegor, testigo mudo de la tragedia, suspira con un pesar que rara vez le veo mostrar. —Lo siento, Alex. A veces, incluso la magia tiene límites.

—¡Límites! —exclamo, mi ira mezclándose con la impotencia.

—¡Tienes que hacer algo! ¡Devuélvele la vida!

El demonio, por primera vez, muestra un atisbo de pesar.

—Hay cosas que ni siquiera la magia puede revertir. La muerte es una de ellas.

Mientras espero una ambulancia que nunca llega, la multitud se congrega alrededor del cuerpo inerte. Personas insensibles toman fotos con sus teléfonos, sumergiéndose en el morboso espectáculo de una vida que se apagó. La frialdad de la escena me golpea con una realidad brutal.

Los minutos se estiran como horas, pero la ayuda no llega. El ruido de las sirenas que esperaba se disuelve en el murmullo de la multitud. ¿Dónde están cuando más se necesitan? Belfegor, usualmente sarcástico, murmura con amargura:

—La indiferencia humana puede ser más mortífera que cualquier hechizo. Me vuelvo hacia él con ojos llenos de rabia.

—¿Y ahora qué, Belfegor? ¿Dejamos que esto simplemente suceda?

El demonio, sin mostrar remordimiento, responde:

—No podemos cambiar lo inevitable. La muerte es parte de la vida, aunque a veces nos parezca injusta.

Mientras observo el cuerpo de Sarah, la realidad me golpea con una crudeza inesperada. La magia, que solía ser mi refugio, se desvanece ante la inevitable certeza de la muerte.

La multitud, ajena al dolor que se despliega, murmura entre sí. La indiferencia de aquellos que rodean el cuerpo sin vida de Sarah me sume en una profunda decepción hacia la humanidad. Belfegor, ahora más reflexivo, comenta:

—A veces, Alex, la magia no puede cambiar la naturaleza humana. La insensibilidad, el morbo, son tan intrínsecos como la vida y la muerte.

Me quedo en silencio, observando el triste espectáculo que se desarrolla ante mis ojos. La ambulancia finalmente llega, pero su llegada solo resuena como un eco tardío en la noche.

Al llegar a casa, mi madre, usualmente ajena a mis asuntos ocultos, nota el peso en mi mirada. Por primera vez, veo una vulnerabilidad humana en ella, nacida de la empatía maternal.

—¿Qué pasó, Alex? —pregunta, su voz suave, tratando de abrazar mi dolor.

Mi resistencia se desvanece, y comparto la tragedia de Sarah. Sus ojos reflejan la compasión y el dolor compartido. Por un momento, la barrera que mantenía mi magia en secreto parece menos impenetrable.

Esa noche, en mi habitación, siento una extraña mezcla de consuelo y desesperación. La oscuridad parece haberse apoderado de mi corazón, alejándolo de la luz que mi madre intenta ofrecer. ¿De qué sirve la empatía en un mundo tan frío?

Al día siguiente, en el instituto, me encuentro con un abusador, un matón que ha hecho la vida de otros un infierno. La rabia bullendo en mis venas, decido tomar medidas. La magia, siempre en segundo plano, ahora se desata sin restricciones.

—¡Detente! —grito, mi voz cargada de una ira que parece incontenible.

Mis palabras, impulsadas por la magia, golpean al abusador como un viento invisible. Se tambalea, aterrado por una fuerza que no puede comprender. Pero no me detengo ahí. Mi poder, liberado de sus cadenas, se manifiesta en formas que nunca había explorado.

El chico aterrado escapa, dejando tras de sí un rastro de humillación y miedo. Pero la reacción de los demás es tan predecible como decepcionante. Nadie cree en la magia, y mi actuación solo parece más un truco.

La noticia se esparce por el instituto, pero las risas y los murmullos indican que mi demostración de poder es percibida como una simple payasada. Nadie puede creer que la magia sea real.

En la soledad de mi habitación, reflexiono sobre mi decisión. La magia, que una vez fue mi refugio, ahora se siente como una maldición. Mi corazón, endurecido por la pérdida de Sarah, parece alejarse de cualquier destello de luz. ¿Para qué ocultar mi magia si, al final del día, la realidad insensible de este mundo prevalece?

La ciudad sigue su curso, indiferente a mis luchas internas. Entre sombras y luces, me encuentro en una encrucijada, cuestionando el propósito de mi magia en un mundo que parece rechazar cualquier atisbo de lo extraordinario.

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Mar

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Felo Rodríguez

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