Tenía un enorme nudo en la garganta y, a causa de su debilidad, no pudo evitar derramar unas lágrimas casi de sangre. Se sentía mal, se sentía peor que una mosca merodeando la basura.
Cada que intentaba hacer algo lo estropeaba y siempre terminaba provocando la ira de los demás. Ni siquiera podía decir que era buena en la pintura, en algún oficio o en algo que le permitiera subsistir, si es que llegara a estar sola.
Si bien se sentía mal con aquellos sentimientos de inferioridad y aunque tuviera un sentimiento de incomodidad en ese lugar, no podía ser egoísta. Al menos allí tendrían un techo y personas que protegerían a sus bebés.
“En primer lugar, ¿Por qué sigo viva?”
Fue en ese momento que, cuando intentó rememorar más cosas de su llegada, terminó desviando su mirada cuando escucho pequeños lloros.
—¡Ponganlos al lado de la madre!—ordenó lord Arthur.
Las magas obedecieron y colocaron a los dos niños recién nacidos al lado de su almohada. Como no podía levantarse, al menos podría observarlo y así fue.
Arrugados como una uva pasa se encontraban los dos niños que ella dio a luz. Cubiertos como panes recién horneados, con mantas térmicas que ayudaban a calentarlos, dormían tan plácidamente que parecían muñequitos pese a lo pequeños que eran.
—¿Tan pequeñitos? ¿Estarán bien?—preguntó intentando acercarse un poco más—¿Podrán estar bien sin que les de leche? Siento algo raro en mi pecho...
Ignorando el hecho que no querían hablar, le aseguraron a la joven mujer que nada le pasaría a los nuevos tesoros del templo de hielo. Ella asintió, al menos si el día de mañana sucumbiria, sus hijos estarían a salvo.
—¿Y cómo se llamarán?—preguntó.
—Nos gustarían ponerles Jeremy y Jacob—dijo sir Arthur—¿Le gustaría, lady...
—No recuerdo mi nombre, lo siento—se disculpó.
—¡Está bien! ¡Tranquila!—calmó el abuelo de sus nietos—ya pensaremos en uno, hasta entonces llevaremos a los niños a la cuna para que sigan descansando. Cuando usted lo desee puede verlos cuando quiera.
—¿Por qué ayuda a una campesina como yo, lord Arthur?—preguntó viendo como se llevaban a sus bebes a la habitación de al lado—fácilmente puede deshecharme.
—Digamos que no soy como los otros miembros de la aristocracia y eso, lastimosamente, me ha hecho enemigos de las gran mayoría y de muchos miembros de la familia real también—respondió con una sonrisa—pero este terreno es seguro, así que puede descansar.
Dicho eso se acercó hasta donde estaba su hijo mayor y le indicó que salieran un momento de la habitación para poder decirle algunas palabras.
—Sé que eres amargado y solo los dioses saben lo cruel que puedes llegar a ser—dijo su padre—pero aun tengo esperanza en qué harás lo correcto. En tus venas llevas la sangre de tu madre, ¡No la avergüences! Si no respetaras a esa pobre criatura como una mujer, hazlo como la madre de tus hijos.
Luego de indicarle que debía comenzar de cero e intentar entablar una conversación con ella, le pidió a su otro hijo que lo acompañara para hacer unas tareas administrativas pendientes y necesarias para la helada que estaba por azotar a su pueblo.
Suspirando profundamente, cerró los ojos. No solo estaba la advertencia de su padre, sino también la que le hizo el dios. Aunque le costara hacerlo, debía dar otra cara no solo por el bien de sus ahora hijos, sino por ella, quién era la verdadera razón por la que había vuelto de la muerte.
Tomando la determinación de al menos tener una conversación tranquila con la mujer, ingresó a la habitación y esperó a que los magos terminaran de administrarle una dosis de corriente de maná. Aquello provocaría que su cuerpo pudiera regenerarse más rápido. No sabían si podía devolver la parte de su busto que perdió pero como era un nuevo tratamiento no descartaban del todo aquella posibilidad.
La mujer, a escondidas, vio al padre de sus hijos al lado de la ventana cerrada. Un hombre quizá de unos caso dos metros de altura, con una espalda ancha, unas piernas que se marcaban muy bien. Lo más probable es que fuera la parte de la fuerza en la línea de ataque del templo, de lo contrario no explicaba como podía tener un físico tan trabajado.
No obstante, lo que llamó más la atención fue que, cuando un rayo de sol se filtró por la ventana y le dio contra su cuerpo, vio como danzaban a su alrededor varios orbes dorados. Aquello la puso ansiosa enseguida, quería saber si era eso lo que se refería el espíritu de su abuelo.
—¿Cómo está?—preguntó acercándose al líder de los magos médicos.
—¡Bastante mejor!—explicó emocionado—esa mujer está bendita por el dios de la vida, ¡Su cuerpo responde a los tratamientos!
Tomas asintió, mientras analizaba aquella noticia. Pocos sabían que parte de su recuperación se debía a que él le dio a ella la mitad de su cristal mágico; sin embargo, se encontraba complacido con aquel avance.
Luego de darle una señal para dejarlos solos, se sentó en la silla al lado de la cama y se quedó observando a la mujer, quién se estaba quedando dormida a causa de los medicamentos y el tratamiento. Aunque también por el trato, era la primera vez que se sentía amena en una cama grande y caliente.
—Es normal presentar un regalo a las mujeres que dan a luz a nuestra descendencia— habló Tomas intentando suavizar un poco las cosas—en su momento mi madre recibió un campo de rosas invernales, así que puedes pedirme lo que quieras.
Carraspeó un poco, se sentía incómodo. Más allá del hecho de ser cuidadoso con ella por obligación, era la primera vez que le ofrecía un presente de manera directa a una mujer y lo nuevo, para el, siendo un hombre sumamente controlador, le molestaba.
—¿Puede darme su mano?—preguntó en un susurro.
Ella solo quería tocar un segundo para ver si podía sentir la temperatura de aquellos extraños orbes salir del cuerpo de él; sin embargo, Tomas lo entendió de otra manera y suspiró luego de pensarlo.
—No creo en el matrimonio, estaba pensando en darte el puesto de consorte por el nacimiento de los bebés—dijo levantándose un momento—pero supongo que, mientras no sea por la iglesia, puedo hacerte mi esposa por el lado legal. Dame unos días en lo que organizo todo.
Sin dejar que ella hablara, se fue de la habitación emanando tanto frío que asustó a los sirvientes en los pasillos. Nunca pensó que su disposición lo llevaría a hacer algo en lo que no creía.
—Ultima vez que ofreces algo, Tomas—dijo en un susurro.
Mientras tanto, la madre de sus hijos estaba intentando levantarse. El hombre malentendió lo que quiso decir y cuando intentó aclarar todo, se había ido dejándola con la palabra en la boca. Le daba igual si le daban el título de sirvienta, mientras sus bebés estuvieran bien, pero jamás pensó que su intento de petición resultara en un acuerdo matrimonial.
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Comments
Cruz Mejia
tan wey
2024-01-18
3
Yulienb🌹
Dios! ¿Que karma està pagando esa pobre muchacha para tener que sufrir tanto maltrato y dolor?
2024-01-11
0
Cloe
pero él solito se echó la soga al cuello 😹
ella no se refería a eso🥱..... pero bueno........
2024-01-11
3