Ese día otoñal, en la mañana cubierta por el rocío y niebla matutina, el Conde amaneció con muy buen humor, y eso era debido a que podría hacerle un regalo a su hija que esperaba logrará animarla.
El Codne estaba más que preocupado, desde aquél día en que Regina lloró tan desconsoladamente, desde entonces se había visto desanimada, la linda sonrisa que siempre tenía había desaparecido, su mirada era tan distante que parecía triste.
Pero sí el Conde le preguntaba que le ocurría, la respuesta era que todo estaba bien, y la niña forzaba una sonrisa para tranquilizarlo, claramente Augusto podía distinguir una verdadera sonrisa de su hija y aquél intento de hacerle creer que estaba bien.
Un lugar que nunca podría ocupar, un vacío que nunca podría llenar, una ausencia que nunca podría suplir, Augusto era consciente de todo eso, todo aquello que Odeli le negaba como madre a la pequeña en su mayoría él no podría darcelo.
Lo que sí podía darle era su amor incondicional como padre, colmarla con su atención, cariño y comprensión, darle todo lo que estaba a su alcance para que así la vida que el podía ofrecerle fuera suficientemente feliz para opacar esas otras necesidades.
Augusto se preguntó que podía hacer para levantar el ánimo de su pequeña, entonces recordó que a Regina le gustaban mucho los animales, especialmente los caballos.
Desde muy pequeña se emocionaba cuándo veía uno, así que cuando apenas pudo él montó un caballo y la subió a ella también, nunca olvidaría la expresión de alegría y las sonrisas de su pequeña.
Pero Augusto quería que su regalo fuera excepcional, y no eligió cualquier regalo para su hija, Augusto eligió lo mejor de lo mejor para ella.
El Conde fue a despertar a Regina, su rostro tranquilo mientras dormía se veía tan angelical.
- Conde Augusto: [como pude mi hija ser tan linda!]
El Conde sonrió y la llamó varias veces hasta que Regina lentamente abrió sus ojos, su padre la miraba con una sonrisa en el rostro, se veía emocionado por algún motivo que ella desconocía.
- Regina: ¿papá?
- Conde Augusto: Si Cariño, he vendido a despertarte porque hay algo que quiero que veas.
- Regina: ¿algo que ver...? ¿Qué es papá?
- Conde Augusto: tienes curiosidad... Entonces apresúrate para verlo.
Augusto se retiró y Karina entró para ayudar a arreglarse a la pequeña.
Después de eso llevo a Regina con el Conde que la esperaba en el comedor, desayunaron juntos como siempre y luego se dirigieron al patio delantero.
- Regina: ¿qué es... todo esto?
Frente a ella un carruaje se estacionaba llevando un gran vagón, su padre tomo su mano y la hizo retroceder, alrededor del vagón se reunieron muchos empleados y algunos caballeros, entonces Regina escucho un sonido familiar.
- Regina: ¿ahí -ahí hay un caballo?
El sonido se volvió a escuchar y Regina brincó por la sorpresa, entonces los empleados tiraron de una cuerda, y efectivamente un gran caballo más alto que su padre salió del vagón.
- Conde Augusto: ¿te gusta Cariño? Es para ti.
Regina estaba boquiabierta, no podía creer que un caballo pudiera ser tan grande y majestuoso, su pelaje brillaba, sus patas eran peludas como si fueran pompones, el color negro tan intenso del animal resaltaba más aún su gran musculatura.
- Conde Augusto: ¿Regina?
Pregunto el Conde un tanto preocupado porque la pequeña no respondía nada, entonces Regina volteo a ver a su padre y preguntó.
- Regina Yo... Yo puedo tenerlo?
- Conde Augusto: Así es cariño es un regalo especial para ti.
El rostro de Regina se iluminó con una sonrisa, la expresión triste se borró, y sus ojos se veían radiantes llenos de admiración por el regalo de su padre.
- Conde Augusto: ¿ quieres acariciarlo?
- Regina: si-si
Respondió un tanto temerosa, el Conde la cargo y la acercó hasta el imponente animal, con mucha delicadeza Regina acarició la cara del hermoso caballo, al instante se sintió más emocionada que antes.
- Conde Augusto: Debes elegir un nombre para él, aún no tiene uno.
- Regina: no...no tiene...
Regina lo miró con cuidado mientras se preguntaba que nombre quedaría bien con un animal tan deslumbrante e imponente como aquel.
- Regina: Te llamarás Ónix...
- Conde Augusto: vaya es un nombre perfecto para él.
- Regina: Si, porque es tan hermoso como el Ónix...
El Conde tenía ganas de reírse porque el caballo que tenían en frente era una animal que causaba terror a las personas por su tamaño y complexión, podía saberlo con tan solo ver a sus empleados que trataban de alejarse y se estremecían con cada movimiento del animal.
Pero a los ojos de su hija ese aterrador animal era lindo, y le puso un nombre que al escucharlo se esperaría encontrar algo muy diferente al dueño del nombre, pero tenía sentido el Ónix era una piedra preciosa de color negro intenso, y el caballo era dueño de un reluciente pelaje de un color negro intenso.
Luego de mirarlo y mirarlo por un rato, el Conde ordenó que llevarán al animal a los establos, pero le prometió a Regina que en la tarde volverían a verlo, el regalo había cumplido su rincón, la pequeña quedó encantada y ahora parecía que solo tendría cabeza para pensar en su nuevo amigo.
Toda la revolución que se vivió en el patio fué observada por la Condesa desde su salón privado.
-Condesa Odeli [acaso ese es un ejemplar de Frisón?]
La Condesa se sorprendió al igual que todos al ver a aquel imponente animal y más aún se sorprendió cuando identificó a que raza pertenencia el animal.
- Condesa Odeli: [sí... Estoy segura de que es un Frisón, ¿le está dando un caballo de guerra a una niña?]
Era exactamente lo que estaba pasando, el caballo elegido por el Conde para ser obsequiado a su hija era de la raza Frisón, una raza netamente criada para la guerra, un animal de grandes proporciones y con gran resistencia, por todo eso era que poseía un altísimo valor y además de que el imperio de Prusia no existían, los que existían eran traídos del extranjero por ello aumentaba más su valor.
En Prusia en ese momento solo tres familias eran dueños de ejemplares de esa raza, y la familia Casiragui era una de esas.
La Condesa no se cuestionó el porque le estaba dando un caballo de guerra a una niña porque estuviera preocupada por la seguridad de Regina, sino por la gran cantidad de dinero que el Conde debió gastar para comprar ese animal.
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Comments
Momoko_Kori
Si te pones a pensar en ese tiempo solo las mujeres se encargaban de la crianza por que los hombres de su estatus siempre viajaban y atendían los negocios. El conde era consciente de que sus hijas tenían a su madre, pero sabía que Regina no tendría a nadie, tal vez hasta la condesa la hubiera violentado de varias formas, además el conde jamás pensó en que la propia odeli lavaría la cabeza de sus hijas para usarlas como peones en su absurda guerra por considerar a su propia hija un demonio, el padre hizo mal en no darse cuenta de que alejarse de sus hijas fue un error pero lo de la madre es imperdonable
2023-11-23
6
Momoko_Kori
Es muy tierno
2023-11-23
1
Momoko_Kori
tiene razón
2023-11-23
2