Conde Augusto: ¿Cariño que... Por qué dices eso?
El Conde hablo como sí esperará una respuesta, pero Regina estaba profundamente dormida.
Augusto acarició su largo cabello y lo peinó hacía atrás, descubriendo su rostro que aún estaba empapado, sus mejillas rojas y sus ojos hinchados también enrojecidos alrededor, la imagen de la pequeña sufriendo conmovió y enojo al mismo tiempo al Conde.
Para un padre que amaba como a nadie en el mundo a la pequeña que tenía en frente, el sólo hecho de que derramará una lágrima era motivo para derrumbarse, su corazón era tan débil por la niña que lo había seguido a todas partes apenas pudo dar sus primeros pasos.
Augusto no necesitaba preguntar que le ocurrió a Regina porque sabía que ella estaría así por una razón, la mujer que llevaba el título de su madre, ella era la única capaz de hacerle daño a una pequeña tan inocente.
Augusto frunció el ceño al recordar a la mujer con la que se había casado, hace tiempo le había perdido el aprecio que alguna vez sintió por ella, y la única razón por la que la toleraba y respetaba era por ser la madre sus hijas, pero había límites hasta donde su paciencia podía llegar, y ver a Regina llorar como nunca antes lo había hecho, hizo que esos límites sean más que sobrepasados.
El Conde cargo a Regina en sus brazos y la llevo a su habitación, mando llamar a Karina y le ordenó que no se despegará de su lado, podría despertarse en cualquier momento y él Conde no quería que estuviera sola cuando lo hiciera.
Luego de ello se dirigía al ala sur de la mansión, aquel lugar que había evitado los últimos seis años.
Aunque se trataba de su hogar dónde había vivido toda su vida, aquel sector de la mansión se sentía tan extraño, él Conde fue directo al salón privado que usaba habitualmente la Condesa.
Los empleados al verlo se sorprendieron tanto que no pudieron ocultarlo, y su actuar nervioso los delataba más.
- Conde Augusto: ¿ dónde está la Condesa? No, de hecho no me interesa, dile que venga ahora.
- Doncella: si-si Conde, de inmediato lo haré.
Una de las doncellas más cercanas a la Condesa llamada Sophia salió rápidamente a buscar a la Condesa que se estaba cambiando luego de regresar de la fiesta.
La puerta de la habitación fue golpeada reiteradamente, la Condesa miró con desagrado hacia la puerta y preguntó.
- Condesa Odeli: ¿quién es tan atrevido como para actuar de este modo?
- Doncella: Discúlpeme mi Señora, pero el Conde! El Conde la está esperando, quiere verla.
Odeli entrecerró los ojos con una expresión de desconcierto, luego se miró en el espejo, estaba a medio vestir, Odeli no se lo tomó con calma y respondió.
- Condesa Odeli: Dile que ya voy.
- Doncella: está bien Señora.
La doncella regresó apresuradamente y dio el mensaje al Conde, el Conde no dijo nada, pero su mirada decía mucho.
Ya habían pasado treinta minutos desde entonces y la Condesa aún no aprecia, la doncella había ofrecido té al Conde que evidentemente lo rechazó, aún con la exagerada tardanza de la Condesa, Augusto seguía manteniendo la compostura.
Finalmente, la Condesa hizo su aparición, ni palabras ni miradas cruzadas, la Condesa entró y tomo su lugar, el Conde ni siquiera se inmutó cuando ella entró.
Las primeras palabras de la Condesa fueron.
- Condesa Odeli: ¿quieres té?
Augusto frunció el ceño, Odeli que lo reojeo se contestó así misma.
- Condesa Odeli: Ya veo que no, pues yo si, Sophía sírveme té.
El ambiente era tan tenso, sin embargo, ni la Condesa ni el Conde se veían alterados, la pareja parecían dos desconocidos que no se agradaban.
La doncella que estaba ahí se estaba temblando por los nervios, sus manos hacían que la tetera hiciera más ruido de lo normal, la nerviosa doncella se disculpó torpemente.
- Doncella: Lo-lo siento Señora...
- Condesa Odeli: descuida no hay problema.
La Condesa sonrió amablemente parecía la persona más amable y comprensible del mundo, lo que aterró a la doncella porque esa actitud era exactamente lo contrario a la naturaleza de la Condesa, la doncella podía imaginar que sería castigada cuando el Conde se fuera por ello se vio más aterrada.
- Conde Augusto: retírate.
La voz fría y autoritaria del Conde sacó a la doncella de sus pensamientos, la mujer miró primero a la Condesa que siguió bebiendo su té sin mirarla, entonces se retiró.
Un pesado silencio llevaba la habitación, pronto el Conde rompió ese silencio.
- Conde Augusto: Seis años, ni una sola vez en todo este tiempo te exigí o reproche algo, solo había una cosa que debías respetar, no importa como, nunca pero nunca deberías hacerle daño a mi hija, más del que ya le has hecho, creo que he sido demasiado tolerante contigo.
- Condesa Odeli: ¿de qué estás hablando Augusto?
- Conde Augusto: Por una vez en tu vida deja ese papel de ignorante inocencia! ¡Regina hoy lloró hasta quedarse dormida y sé muy bien que tú le has hecho algo!
Odeli posó su taza de té sobre el pequeño plato, al chocar ambos objetos de porcelana el pequeño tintineo que producían resonó en el lugar, Odeli levantó su vista y miró fijamente a Augusto.
- Condesa Odeli: No es así, no le he hecho nada, Ofelia y Olivia pueden confirmarlo ni siquiera la miramos, ¿cómo podría causarle un daño?
Respondió Odeli con una sonrisa que se veía tan amable pero a la vez no transmitía nada, Augusto se estremeció con ello y entonces entendió que Odeli había visto e ignorado por completo a Regina ese día.
Su mirada intensa y hostil revelaba sentimientos de rencor y desprecio hacía su esposa, Augusto se puso de pie y dijo por último.
- Conde Augusto: Me revuelves el estómago. No te acerques a mi hija, y no creas que esto no tendrá consecuencias.
Unas semanas después de la reunión entre ellos, muy temprano en la mañana llegó un extraño carruje que parecía traer un cargamento.
El alboroto era mucho, la Condesa estaba en su salón leyendo un libro, los cristales eran gruesos y era difícil que los sonidos provenientes del exterior llegarán hasta ahí, pero afuera el alboroto era considerable.
Tanto ruido perturbo a la Condesa que se puso de pie y se dirigió hasta el ventanal para tratar de ver qué estaba pasando, la Condesa estuvo a punto de arrojar su libro por la molestia que sintió cuando vió a que se debía todo aquello.
Habían varios empleados reunidos en torno a un vagón de transporte, y no solo ellos, ahí también estaban el Conde y Regina.
Dos hombres abrieron la puerta del vagon y tiraron de una soga, entonces un imponente caballo salio del vagon.
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Comments
Maria Elena Maciel Campusano
Y bueno el Conde por cada rechazo que sufre Regina le da un fabuloso regalo, cosa que a la condezorra le revienta el hígado, a ver hasta dónde llegan con esa absurda manera de comportarse, ni parecen adultos 😏
2024-11-11
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