Yo me quedé en silencio.
Y creo que eso fue suficiente para que ella pudiera entender mi respuesta. Victoria estaba sorprendida y las hadas habían salido de sus escondites para mirarme más de cerca.
El hada siguió mirándome unos segundos más antes de continuar.
— Las alas que nos otorgó el Dios Seraff, fueron hechas con las pieles de los peces okaf junto a su poder y gran parte de los peces que ayudaba a combatir algunas enfermedades, había desaparecido para darnos una nueva vida, donde pequeños humanos no podían sobrevivir por su tamaño. Y cuando nacimos como hadas, nunca juzgamos al Dios por erradicar una especie solo para darnos una nueva vida, simplemente aceptamos el regalo que nos otorgó.
Eres..
Realmente un ser despreciable Seraff.
¿Querías seres que te sean fieles? ¿Sin importar erradicar una especie?. Tus acciones son en beneficio para el mundo, sin importar lo que hagas, sin importar lo que destruyas. Esto solo hizo que mi enojo siguiera creciendo por Seraff pero me mordí la lengua y respondí.
— Así es.. —Coloqué la mano sobre mi pecho. — Estoy siguiendo las órdenes de su Dios Seraff.
— Luminor..
Victoria se quedó observándome, quizá porque incluso ha sido testigo de como he asesinado. No la culparé si se enoja o me grita, realmente no tengo opción, estoy atrapado en este cuerpo. El hada que seguía observándome, asintió.
— Entonces, estaremos apoyando y respetando cualquier orden que el Dios Seraff le otorgue, incluso si es exterminarnos.
Miré a mi alrededor, las hadas parecían decididas a sacrificarse si Seraff lo ordenaba, parecía ser una raza fuertemente cegada por una creencia. Yo volví a suspirar, me sentí tranquilo que en mi mano izquierda no había ninguna señal de cometer un genocidio.
— No tengo ninguna orden de erradicar a las hadas, no deben preocuparse.
— Agradecemos su sinceridad pero aceptaremos y respetaremos cualquier orden suya.
En ese momento, el hada "madre" avanzó un paso y se arrodilló frente a mí, no solo eso, el resto de hadas que estaban a nuestro alrededor, dejaron de volar para situarse en el suelo e igualmente arrodillarse, no sabía cómo sentirme.
No voy a aprovecharme de su fe.
— Levántense no es necesario hacer todo esto. —Yo me crucé de brazos.— Solo les voy a pedir información, quiero saber todo lo que sepan de los elfos y también.. Como me dirijo a su Castillo.
...
.
.
Emma miraba a su alrededor con curiosidad, estaba en un prado con flores llamativas y Martis comenzaba a hacer un gesto en el aire. Un gesto extraño, como si estuviera abriendo una puerta aunque no hubiera más que aire frente a él. Después Emma lo comprendió, cuando una extraña puerta se abrió, y Martis llevó a la pequeña Emma dentro.
No había duda, el Castillo era invisible.
Los pasillos en los que Emma y Martis estaban atravesando eran oscuros y sucios, había goteras por todos lados y el sonido de algunas patas de roedores hicieron eco por el lugar. Avanzaron por incontables pasillos y aunque era como un laberinto, Martis parecía tener un mapa en su mente.
Y luego de subir y bajar algunas escaleras, golpeó una puerta.
El silencio había acabado para dar paso a unos cuantos gritos de sufrimiento. El dolor parecía escucharse detrás de las paredes si te asomabas lo suficientemente cerca y luego, la puerta fue abierta. Martis entró tomando la mano de Emma, que parecía asustada por ver a algunas hadas encerradas en pequeñas jaulas, algunas inconscientes, otras llorando y por último, algunas que habían perdido toda esperanza.
Algunos elfos estaban junto a unas mesas, cortando, exprimiendo y evaporando sustancias dentro de pipetas y tubos de ensayo y ahí, había una elfa de gran altura que se volteó hacia Martis con una expresión severa.
Y con algunas escamas que estaban desfigurando su rostro.
— Madam.. yo ..
Martis intentó hablar pero tan pronto lo hizo, sintió un fuerte golpe en su mejilla. Él se quedó anonado por lo que había ocurrido.
— Atrapenlo. —Ordenó.
Tanto Martis como Emma fueron atrapados por los elfos que sostuvieron sus brazos hacia atrás y frente a ellos, Madam Helda se acercó con una expresión de enfado e ira.
— ¿Te atreves a regresar?. —Preguntó.
Él estaba asustado pero intentó explicarse.
— Yo. . lo sé, rompí el jarrón del último paquete de hadas y la séptima logró huir pero intenté reparar mi error..
— ¿Tu error?. —Madam Helda parecía divertirse por las palabras de Martis.— Una desgracia, eso fue lo que cometiste, tuvimos que desechar el resto de hadas por tu culpa.
Madam Helda hablaba como si conociera la cura a su enfermedad de memoria, la cabeza de siete hadas y sus alas deben ser trituradas para convertirse en la cura pero para que funcione, deben ser atrapadas juntas, ya que el miedo de las siete en conjunto hace que su cabeza tenga el efecto necesario, incluso un detalle tan insignificante como el miedo de una hada podía ser clave. Esto hizo que no obtuviera su medicina a tiempo y que la enfermedad se siga extendiendo.
Ahora, los elfos estaban preparando la medicina con un nuevo paquete de hadas que habían sido atrapadas en la mañana.
— Lo.. lamento, sé que fue mi culpa, es por eso que traje a esta niña, es un cebo, ¡Luminor definitivamente vendrá aquí!
Los demás elfos que los estaban sosteniendo se quedaron en silencio por un momento, como si realmente estuvieran pensando si era una mentira o no, luego, Madam Helda sonrió, se dió media vuelta y bebió el vaso de un contenido rojo brillante que le estaba ofreciendo un elfo. No pasó mucho para que las escamas de su rostro desaparecieran y mostrara el hermoso rostro de una elfa que gozaba de belleza exquisita, la medicina había funcionado.
— Encierrenlo junto a la niña.
Una vez que había dado la orden, el resto de elfos comenzaron a arrastrar a ambos. Martis parecía asombrado, creía que había hecho lo que ella quería, entonces ¿Por qué iba a encerrarlo?. Creía que quería a Luminor para abrir la puerta sellada de Seraff, aquella que podía darle la cura definitiva a su enfermedad, relacionada a los dragones que alguna vez vivieron allí.
— Madam.. no, ¡Helda! ¡¿Por qué?!
Mientras ambos eran sacados por la puerta, ella se volteó para darle una mirada cargada de ira.
— Todo ha sido tu culpa, todo, desde el inicio.
Y con esto, tanto Martis como Emma fueron arrastrados por los demás elfos en contra de su voluntad.
Lanzados contra una habitación solitaria con una sola celda y alejado de los demás prisioneros, los elfos encerraron a Martis y a Emma ahí, con un candado que ni siquiera poseía una llave, sino con dígitos extraños, dispositivo creado por ellos mismos. Cuando la puerta se cerró, todo estaba en silencio, un silencio tan sepulcral que haría que cualquiera entrara en pánico, como Martis.
Cuyas manos estaban en forma de puño en el suelo.
— Yo . . no entiendo, ¿Mi culpa?.
Emma no respondió.
Solo levantó su pequeña mano para ponerla sobre el hombro de Martis que parecía tener la mente llena de pensamientos y recuerdos, luego, como si un foco se hubiera encendido, lo comprendió, todo. El orígen de la enfermedad de Helda.
Cuando eran niños, el anterior líder y el padre de Helda estaba ocupado liderando el clan de los elfos, junto a su asistente, el padre de Martis. Esto hizo que se reunieran varias veces cuando eran niños ya que sus padres trabajaban codo a codo para y por el clan, desde limitar su territorio, la distribución de sus alimentos hasta la invención de nuevos dispositivos llevados a cabo con experimentos que les ofrecía la naturaleza y el maaná artificial.
Pero cierto día, sus padres les pidieron que consiguieran algo de madera de roble, no por la madera en sí, sino por la savia que podía estar impregnado dentro del árbol. Ambos niños salieron al bosque para ayudar a sus padres pero Martis se volteó al ver cómo una elfa que estaba embarazada se había caído de la escalera cerca de un estante de libros.
Martis le dijo a Helda que se adelantara.
Y ella obedeció, se adelantó al bosque.
En su camino, encontró varios robles cuya savia estaba a la vista, lo que no sabía, era que había un extraño hedor en el suelo que hacia que el aire estuviera contaminado. Al ser solo una niña, Helda se adentró a buscar la madera que estaba en el suelo pero cuando lo tocó, se dio cuenta que no era madera, eran huesos.
Aquellos huesos hicieron que la piel de Helda se pusiera roja, lo que hizo que ella corriera de regreso al Castillo junto a su padre, y luego, en los siguientes días, la enfermedad comenzó a manifestarse. Cubrió sus piernas y brazos en escamas, la piel de elfo no podía soportar el crecimiento de las escamas, así que era doloroso y angustiante para ella.
Los huesos que había tocado Helda, no eran más que de los dragones que alguna vez habitaron en la tierra hace varios milenios atrás.
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