...CLARA:...
— ¡ No tengo tiempo para usted, señorita, estoy demasiado ocupado ! — Gruñó el hombre de la editorial, no me había dejado hablar, había muchos escritorios en aquella editorial y todos los trabajadores estaban ocupados en sus papeles que no habían notado cuando había entrado por las puertas de cristal.
El hombre que me había parecido el jefe, ya que estaba dando órdenes a los de los escritorios cuando entré, no se había tomado la molestia de escuchar, simplemente se había negado. Pensé que el lugar era más ordenado, pero apenas había un pequeño espacio para caminar, había hojas en el suelo y bolas de papel fuera de las papeleras, también había mucho ruido de voces.
Me había tomado más tiempo de lo que creía llegar hasta ese lugar, estaba ubicado en la zona comercial, justo en la avenida principal, estuve mucho tiempo rodando por las calles y cruzando callejones, estaba sudada, cansada y hambrienta, no tenía tiempo para negaciones, el estrés no me tenía de buen humor, ya que muchas veces me perdí en el camino, le había preguntado al mismo casero como llegar a la avenida, fue tan larga sus instrucciones que terminó enredando mi mente.
El hombre se alejó, llevaba gafas y tenía como cuarenta años, cabello canoso y ropas pasadas de moda.
Lo seguí y decidí proyectar más seguridad, la anterior vez había hablado muy bajo y tenía una posición encorvada, me enderece y tomé valor.
— ¡ Señor, por favor, he venido aquí a que me escuche y no me iré! — Dije con voz firme y se giró, se quitó las gafas con irritación.
— ¿Todavía sigue aquí? ¡ Ya le dije, deje de hostigar, no hay tiempo para tonterías ! — Gruñó y negué con la cabeza.
— ¡Es su trabajo recibir mi manuscrito! — Ya me estaba enojando, pero debía mantenerme serena, si le gritaba menos iba escucharme.
— ¡Deme acá y váyase! — Ordenó, se lo entregué, pero lo dejó sobre una enorme pila del escritorio y la forma en que lo hizo me dejó en claro que allí se llenaría de polvo y terminaría como esas bolas en la papelera.
La tomé de la pila y lo fulminé con la mirada.
— ¡ Escuche bien, esto lo escribí con mis manos y no voy a permitir que lo trate como papel de baño, me queda claro que no lo leerá! — Gruñí, el hombre soltó un gruñido.
— ¿Si le queda claro entonces por qué no se larga de aquí? — Señaló la salida con su dedo índice.
La furia lleno mis venas.
— ¡ Hay una nueva ley...
— Me importa un comino las leyes, usted no tiene derecho a exigir que su manuscrito se lea, al menos que tenga una suficiente paga para que me tome la molesta de leer sus estupideces — Me interrumpió, hablando cerca de mi rostro, tenía mal aliento, resoplé, ¡Qué hombre tan desagradable! ¿Cómo se atrevía a faltarme el respeto?
Me alejé, buscaría otra editorial, pero cuando estaba por irme una mujer muy elegante salió de una puerta.
— ¿Qué está pasando aquí?
La expresión del hombre se volvió dócil y supe que había estado hablando con la persona equivocada.
— Nada, la señorita que desea entregar un manuscrito — Su voz se volvió tan agradable, le dí una mirada de furia al infeliz.
— ¿Por qué no las hecho pasar? — Exigió la mujer, tenía un elegante sombrero y un vestido recatado, labios pintados de carmesí, morena de cabello café.
— Ya estaba por hacerlo — Sonrió el infeliz.
— Vuelve a tu trabajo, yo me encargaré de atender a la señorita — Dijo ella con autoridad, el hombre se alejó y le saqué la lengua sin que la mujer lo notara — Señorita, venga, hablemos en mi oficina.
Sonreí y me dirigí a la puerta.
Le agradecí, había un pequeño estudio allí y me sentí cómoda de inmediato, me pidió tomar asiento frente al escritorio y lo hice.
Se sentó en su lugar.
— A veces los empleados olvidan sus puestos y quieren tomar papeles que no le corresponden — Dijo como disculpa.
— Comprendo perfectamente.
— Noté que no eres una mujer que se rinde, me gusta eso — Sonrió y asentí con la cabeza — ¿Qué traes ahí? — Extendió su mano hacia la carpeta abrazada a mi pecho, se la tendí y la abrió, empezó a observar las hojas — ¿Lo has escrito tú?
— Sí, lo he escrito yo.
— ¿Eres escritora? — Elevó su mirada.
— No, en realidad soy principiante.
— Descuida, aquí no hay preferencias, soy Greta Lunardi, la dueña de ésta editorial — Cerró mi carpeta — ¿Cuál es tu nombre?
— Clara Cuper — Dije y alzó sus cejas.
— ¿Eres familia de la reina?
— No, no.
Mentí, no quería preferencias por mi familia real.
— Lástima, le debo mucho a esa mujer, gracias a ella llegué a donde estoy y gracias a eso muchas mujeres están logrando sus sueños de publicar sus propios libros.
— Si, es lo que me ha motivado a escribir — Me emocioné.
— Te diré lo que haré, empezaré a leer tu manuscrito — Lo colocó sobre su escritorio y mi sonrisa se amplió.
— ¿Es en serio?
— Por supuesto, debes llenar ésta planilla con tus datos — Me tendió una hoja y acercó una pluma con tinta — Solo es tu dirección, tu edad, tu nombre completo y el seudónimo con la que presentarás tu obra.
Empecé a llenar los datos y cuando terminé se los entregué.
— Ya está — Me sentía tan emocionada que me sudaban las manos.
— Excelente, cuando termine de leer te mandaré un correo con mi apreciación del manuscrito y si es buena publicaremos tu libro — Dijo sonriente y le agradecí tantas veces que perdí la cuenta.
Al menos era un progreso, no me hice ilusiones, pero la mujer me dió tanto aire de seguridad que me sentí conforme con haber logrado entregar mi manuscrito.
Después de aquello volví a casa, estaba demasiado agotada para buscar trabajo, ya era tarde cuando volví al apartamento.
Tendría que salir al día siguiente.
...****************...
Los días siguientes fueron los más agotadores de mi vida, me costó mucho conseguir un trabajo adecuado en una librería, por suerte había muchas, aunque algunas eran menos prestigiosas que otras y casi deplorables.
En cinco días no había tenido suerte, llegaba tan cansada que no tenía ánimos de cocinar, ni de hacer labores, pero no tenía forma de evitarlas, así que las realicé a pesar de que me doliera el cuerpo, cada vez me sentía más inútil, en ocasiones solté algunas lágrimas, pero no podía rendirme, ésta era la vida adulta de cualquier persona normal y si no sobrevivía, no era nada.
Al fin había encontrado trabajo en un librería cerca del apartamento, era pequeña, pero tenía muy buena apariencia y había muy buenos libros. Los dueños eran una pareja de ancianos, ambos se convencieron de que serviría para el negocio cuando les hablé de muchas obras reconocidas, incluso de unas no tan reconocidas, se sorprendieron de que una señorita tan joven conociera tantos libros y los recordara casi por completo.
— Además es bonita, atraerá muchos clientes — Dijo la señora mientras sostenía sus gafas redondas para observarme muy bien, me sonrojé.
— Sí, será de gran utilidad, tiene ojos jóvenes, yo ya no puedo ver casi — Dijo su marido.
La librería se llamaba "Reino Escondido"
Mi turno empezaba en la tarde, cuatro días a la semana, de las dos hasta las nueve de la noche, al principio no me convencía estar a esas horas fuera de casa, pero debía acostumbrarme y aquel lugar era tan tranquilo que me sentía en casa.
Me quedarían tres días libres para adelantar mis labores y empezar a escribir un nuevo manuscrito.
Los ancianos me darían la cena y no tendría que preocuparme por llegar a cocinar.
Aunque el pago no era muy bueno, pero no me quejaba, me servía para lo básico y así podría dejar mis ahorros para cualquier emergencia.
Los ancianos eran muy amables, yo me encargaba de ayudar a buscar los libros que los clientes pedían y de organizarlos en las columnas de repisas.
Debía recibir el pedido de libros que llegaba una vez a la semana, también me tocaba estar en el mostrador cuando alguno de los señores necesitaba ausentarse para ir al baño y se demoraban mucho en volver.
Me acostumbré en una semana a tratar a los clientes, sorpresivamente llegaban muchos a la tienda, sobretodo en busca de las obras clásicas y las de economía, ciencia y agricultura, esos eran los más vendidos, me sentía cómoda ya que hablar de libros era lo mejor que se me daba y era la única forma de dirigir mi palabra a los extraños.
Todos se convencían rápidamente y en ocasiones llevaban otras obras a parte de las que buscaban.
Mi vida estaba yendo muy bien, pero todavía no recibía respuesta de la editorial, siempre revisaba el correo en busca de alguna carta de la dueña, me desanimaba al no encontrarla ¿Cuánto podría demorarse al leerlo?
Dejé la impaciencia.
Tampoco había recibido ninguna visita, Eidan, Naya, mis hermanas, ninguno había venido o seguramente habían llegado cuando estaba trabajando y no encontraron a nadie en el apartamento.
Me angustié con la posibilidad.
Estaba extrañando las personas que quería, pero estar ocupada en mi trabajo y mi escritura me ayudaba a no sentirme sola.
En cualquier momento iría a visitarlos.
Ya llevaba dos semanas viviendo sola y el tiempo había corrido tan rápido que me parecía menos.
Mi vida era tan tranquila que estaba conforme.
...****************...
— ¡Clara, necesitan un libro de medicina! — Alzó la voz el anciano desde el mostrador — ¡ Confirma si quedan todavía!
Subí la escalera para llegar hasta la última fila de libros de la enorme repisa, justamente donde se ubicaban los libros de medicina.
— ¡Quedan cinco, son de diferentes autores ! — Grité después de contarlos con los dedos, leyendo cada lomo.
— ¡Trae todos !
— ¡Ahí van! — Los fui tomando, aventando cada uno a una cesta con cojín en el suelo.
Bajé de la escalera, los apilé y los llevé al mostrador.
El anciano los entregó al cliente.
— Otro cliente satisfecho — Dijo después de que se marchó, me guiñó un ojo y me reí.
— Iré a la repisa del final, hay unos tomos que están desordenados — Avisé, era mi naturaleza como lectora acomodar libros desordenados.
La última repisa estaba oscura, la luz de la enorme lámpara en el techo no llegaba hasta allí.
Tomé una lámpara de queroseno y me adentré en ese pasillo.
Me agaché frente al desorden y empecé a trabajar.
La puerta sonó de nuevo, otro cliente.
— ¡Es una sorpresa volver a verlo, hace mucho que no venía!
El anciano siempre halagaba a sus clientes, era muy amable, si hubiese tenido un abuelo, me encantaría que hubiese sido como el Señor Efigenio.
La voz del cliente sonó tan baja que no alcancé a escuchar.
Me concentré en acomodar los números en los libros, hasta que estuvieran en buen orden.
— Señorita, permiso — Dijo alguien, con una voz tan misterioso y profunda que la piel de mi cuello se erizó.
Me asusté, pegando un ligero brinco, giré mis ojos, había unas botas pulidas junto a mí, el pasillo era lo suficientemente pequeño para que mi cuerpo impidiera el paso.
Me levanté rápidamente, tomando mi lámpara y el hombre siguió su camino hasta detenerse a cinco metros, casi en la oscuridad del final.
Sus pasos eran silenciosos, no hicieron el menor ruido.
Iba seguir en mi trabajo, pero el olor a lavanda que dejó aquel sujeto me hizo girar mi rostro hacia el hombre que registraba los libros.
Llevaba una capa y una ropa oscura, aunque su rostro no estaba a la vista, estaba casi de espaldas.
Sentía tanta curiosidad, ese olor era tan familiar y recordé al sujeto misterioso en el teatro.
Volví a observar, el hombre hizo un movimiento después de cerrar el libro en sus manos y colocarlo bajo su brazo, tuvo que girarse casi de frente, extender su brazo a la siguiente fila, era tan alto, de hombros y espalda ancha, un cuerpo que despedía un aire de guerrero y bailarín al mismo tiempo.
Todos sus movimientos eran silenciosos y con gracia elegante, incluso el roce de su dedo en las hojas no emitió el menor ruido.
Me acerqué disimuladamente y me quedé helada de nuevo, su rostro era más claro con la luz de lámpara rozando más cerca, no llevaba sombrero y lo reconocí.
Era el espía y ésta vez estaba convencida de que no podía ser casualidad, estaba dispuesta a enfrentarlo, exigirle una explicación, me estaba siguiendo, era imposible que hubiera tantas casualidades.
Sus ojos grises brillaban con emoción a pesar de no tener ninguna expresión mientras leía aquel libro en silencio.
— Usted — Dije con firmeza y levantó su mirada.
Al principio me observó como sino me reconociera y luego sus ojos se abrieron un poco, se enderezó y cerró su libro.
Detalló mi rostro con evidente sorpresa y mis mejillas empezaron a arder, pero lo observé de vuelta, con expresión seria.
Un concurso de miradas se mantuvo por muchos segundos.
El sujeto ocultó lo que estaba pensando, esperé un poco a ver si hablaba, pero al parecer no sabía hacerlo a parte de las dos únicas frases que me había dedicado en nuestro primer encuentro y ahora.
— ¡ Clara, necesito tu ayuda! — Gritó el librero y rompí la mirada del espía.
Le dí la espalda lentamente y caminé erguida, con rapidez y seguridad, al llegar al mostrador mi corazón estaba acelerado, estaba nerviosa.
Otra vez iba al baño y me tocó sentarme en la silla tras el mostrador.
El espía volvió, lo supe porque apareció por el arco de mi visión.
Llevaba dos libros y los colocó sobre el mostrador, frente a mí.
El mostrador era pequeño y aquel sujeto se veía más alto e imponente, yo estaba sentada y eso aumentaba la sensación de sentirme pequeña, pero no le demostré timidez.
Elevé mis ojos, tenía su mirada puesta en mí.
— ¿Cuánto es por los dos libros? — Preguntó cuando me quedé quieta, sin hacer nada, parpadeé en sí y leí los dos títulos, ¡Esos eran mis favoritos! Eran de misterio ¡Otra causalidad! Claro, si era un espía tenía que gustarle el misterio.
Revisé la enorme lista de libros mientras sentía el peso de su mirada.
— Son cinco piezas de plata por cada uno — Dije, eran de los más costosos, registró el bolsillo de su pantalón, sacó una bolsa de cuero, registro en ellas y colocó las piezas encima del mostrador, las tomé y las guardé en la caja registradora — ¿Quiere qué los envuelva o los quiere una bolsa?
Se quedó un momento parpadeando, como si le fuera preguntado algo complicado.
Su piel tan pálida me intrigaba.
— En una bolsa por favor — Pidió más amable, casi digo en voz alta algo irónico, pero busqué la bolsa de papel y guardé los libros.
Se los tendí — ¡Qué los disfrute!
Su mano llena de cicatrices rozó la mía, era rústica, estaban tan heladas, pero una extraña corriente me recorrió el cuerpo y me sonrojé.
— Gracias — Susurró, alejándose lentamente.
Me dió la espalda y caminó hacia la puerta, desapareciendo de nuevo.
Olvidé por completo lo que iba decirle y una vez más me quedé con ganas de enfrentarlo.
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Updated 68 Episodes
Comments
Natalia Beatriz Leguizamon
peeo en su direccion figura con otro nombre
2025-01-17
0
Mel G.
Siento que la vieja no es tan buena cómo aparenta
2024-12-24
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Liss Caro
full narcisista , ahora no puede coincidir con el , por qué si no piensa que la siguen 🤣🤣🤣
2025-02-23
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