Capítulo 5

—¡Levántate holgazana!—Escucho que gritan muy cerca de mi oído provocando que me asuste saltando de la cama y vaya a parar al suelo.

Totalmente desorientada quito las sábanas de mi cabeza que en mi caída han quedado envueltas alrededor de todo mi cuerpo. Recorro con la vista toda la habitación en busca del culpable de mi no tan grato despertar.

—¡Te mataré!—Exclamo poniéndome de pie para ir detrás de mi hermano quién es el autor del crimen—¡Juro que voy a matarte!—Corro para llegar a él, pero es mucho más rápido que yo y ya se encuentra fuera de la habitación cerrando la puerta en el proceso.

—Lo siento, hermanita, pero mamá me envió a despertarte o llegarás tarde a tu primer día de clase.—Vocifera desde el otro lado.

Me toma cinco segundos procesar lo que dice, giro sobre los talones olvidándome de mi hermano y entrando a la ducha para darme un baño con prisa. 

Media hora más tarde voy bajando las escaleras de dos en dos, entro a la cocina, abro la nevera y tomó un vaso de leche lo más rápido que puedo. 

—¡Niña! ¿Qué son esos modales? Si sigues así vas a ahogarte—Me reprende Bertha a quién no había notado aún. Termino de beber mi leche, y me vuelvo hacia ella.

—Lo siento Bertha—Besó sonoramente su mejilla—Se me hace tarde —Anuncio para luego caminar con la misma prisa  hacía la puerta de salida, no obstante, detengo mi marcha cuando mamá y papá vienen entrando por ella.

—¿Ya te vas cariño?—Pregunta papá besando mi frente, asiento con la cabeza dispuesta a continuar el camino.

A nadie parece importarle que voy retrasada porque ahora mamá es quién me detiene para plantar un beso en mi mejilla.

—Sabes que quiero lo mejor para ti ¿Verdad?—Me pregunta sin esperar respuesta alguna. Desde la discusión que tuvimos hemos estado un poco distanciadas la una de la otra. —A lo mejor esta nueva  Universidad sea lo que necesitas para que puedas madurar un poco—Sé que mi madre tiene las mejores intenciones, pero no veo en qué puede ayudarme entrar a una universidad a la que estoy entrando contra mi voluntad. 

Le doy la razón dispuesta a salir de esto lo más rápido posible. Además,  no quiero que volvamos a discutir por lo mismo. 

—Mario va a llevarte y estará cuidando de ti mientras estés allá—Anuncia mi padre haciendo que mi mano quede suspendida en el pomo de la puerta.

—Debes estar bromeando —Me exalto, en esto no estoy dispuesta a ceder—¡No quiero un puto perro guardián!—Exclamo olvidando mis ganas de no discutir. 

—¡Violetta Samz, esa boca!—Me regaña mi madre.

—No es una broma, no voy a poner en riesgo tu seguridad, eso no está en discusión—Es lo único que dice

—Pero, pero...—intento replicar

—Te lo dije, no está en discusión, lo mejor será que te vayas antes de que se  haga más tarde, cuando regreses lo discutiremos.—Me interrumpe.

Salgo hecha una furia de casa, al llegar a fuera, Mario me espera recostado de la puerta del auto.

Entrecierro mis ojos hacia él dándole a entender cuánto me desagrada la idea, se encoge de hombros y aprieta sus labios escondiendo una sonrisa haciendo que mi enojo crezca aún más. 

Cuando llegamos a la universidad le convenzo de que no es necesario que entre conmigo y que puede quedarse en el auto a esperarme hasta que termine mi horario.

Camino por los pasillos con prisa, estos se encuentran un poco desolados, al mirar mi reloj observo que solo faltan diez minutos para que las primeras clases empiecen. Un quejido hace que me detenga en medio del pasillo, miro a todos lados y no veo nada, cuando intento volver a caminar escucho una vez más el quejido, pero esta vez un poco más fuerte.

Hacia mi lado derecho hay una puerta que parece ser que de allí es de donde proviene el ruido, mi lado racional me insta a seguir caminando, no obstante, aquel lado que siempre se mete en problemas insiste para abrir la puerta.

—¡Vaya! Pensé que este tipo de cosas solo se veía en la secundaria—Alzo mi voz haciendo que tres pares de ojos se enfoquen en mi con sorpresa—¿Por qué no dejan al chico ir a su clase y todos quedamos como amigos?—Digo al ver que se han quedado paralizados al verme allí sin decir palabras.

¿Cómo es posible que en pleno siglo veinte y uno sigan sucediendo estas cosas? Jóvenes golpeando a otros por simple diversión. Tal vez entendería si estuviéramos en la primaria, pero creí que estar en la universidad y ser un poco más adultos estas cosas no podrían suceder. Además es como si me persiguieran para meterme en problemas. Dudo que esto sea normal, porque creo que solo me suceden a mi. 

—¿Quién mierda eres?—Pregunta el que parece ser el jefe de los Neandertales.

—Bueno, veo que no me harán caso por lo que me presento, soy quién va a golpear sus traseros como sigan lastimando al chico—Señalo al muchacho que se encuentra con sus manos sobre su estómago doblado del dolor en el suelo. Ya les dije, los problemas me siguen. 

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