Capítulo 3

—Adivina quién soy —Digo a tío Richard mientras cubro sus ojos con mis manos.

—Mmmm, déjame pensarlo —Murmura llevándose el dedo índice a la boca dando pequeños golpecitos a sus labios—¿Eres mi hada madrina? Porque si es así tengo varios deseos que quiero que hagas realidad. —Señala con humor.

—Yo diría que es la bruja mala del cuento—Se entromete mi hermano quién después de la reprimenda de mamá en la mañana decidió acompañarnos a la empresa. Su plan era encerrarlo por un mes, pero de alguna manera papá la convenció. 

Libero los ojos de Richard y golpeo a Brayan en el hombro sin llegar a hacerle daño.

—Si yo soy la bruja, tú serías el villano, y no lo digo por lo malo, sino por lo feo.—Le saco la lengua de manera infantil a la vez que me cruzo de brazos dándole una mala mirada. 

—Hermanita, hermanita, lamento decepcionarte, pero el adjetivo de feo no es lo que dicen la chica que poseo. ¡He creado rima!—Sonríe de su estúpido triunfo.—Puedes agregar poeta a la lista de mis encantos —Ruedo los ojos. 

—No empiecen—Habla papá llegando hasta nosotros —Estuve suficiente con lo de la mañana.

—¿Problemas en el paraíso? —Pregunta Richard en tono jocoso. Papá lo mira mal. 

—Vamos a mi oficina, allí te cuento— Inician el recorrido dejándonos atrás —Ustedes dos traten de no romper nada en nuestra ausencia.—Nos señala, deteniendo mi marcha, ni loca me quedo sola con el estúpido de mi hermano. 

—Lo prometo—Jura él —Pero sabes que no soy yo al que le gusta romper cosas—Sonríe con su mirada puesta en mí a lo que yo le gruño.

—Como sea. No rompan nada—Determina para luego desaparecer en el ascensor.

Camino alejándome de allí, pero Brayan no piensa hacerlo fácil, sostiene mi antebrazo deteniendo mi marcha.

—¿Qué quieres?—Pregunto un poco hastiada.

—¿A dónde vas?—Cuestiona 

—Al taller, que no es obvio —Señalo soltándome de su agarre permitiendo que continúe mi camino. 

La empresa de mi padre quién lleva junto a mi tío Richard es un concesionario de coches, no el típico que solo se dedica a vender autos, sino uno que también cuenta con un taller donde se fabrican y se reparan autos dotándolos de la más reciente tecnología del mundo automotriz, no importa el auto que sea, acá lo harán lucir como salido desde la misma fábrica si es que ya no lo es.

En los últimos años la marca "Samz Ruiz" ha escalado de manera vertiginosa convirtiéndose en la número uno en América latina. Es por eso que mi padre y el tío Richard decidieron incursionar en el mundo de las carreras automovilísticas, brindándole su apoyo monetario, experiencia y el nombre de su marca a jóvenes prometedores cuyo sueño es convertirse en corredores de F1 o incursionar en el mundo del automovilismo. 

Muchos corredores patrocinados por la marca Samz Ruiz  han llegado a consagrarse con la victoria en primer lugar dándole a la marca la fama mundial que ahora posee. Me encantan las carreras y en algunas ocasiones he podido participar de los entrenamientos con los corredores. Sentir aquella adrenalina mientras piso el acelerador es magia pura, no obstante, nunca podría dedicarme a ello de manera profesional, mi pasión no llega a tanto, para lo que si soy buena es para el diseño; así que al igual que mi padre decidí estudiar eso. 

—Te acompaño. 

—Como quieras. 

Con lo  primero que mi vista se encuentra al entrar al taller; es con mi amigo Santi quién tiene la cabeza metida en el capo de uno de los autos. Me acerco sigilosa hasta a él, cuando estoy lo bastante cerca grito fuerte de manera que  termina alzando la cabeza por la impresión golpeándose con el capo.

Las carcajadas por todo el taller no se hacen esperar, y por supuesto que yo me uno a ellas.

—¡Piensas matarme! —Vocifera cuando se da cuenta de lo sucedido.

Antes de responder a su afirmación me lanzo a sus brazos e inmediatamente soy envuelta con ellos.—¿Qué sería de mi vida sin ti?—Dramatizo besando su mejilla de manera sonora—Ahora aléjate de mí o me llenarás de aceite—Trato de bajar de su regazo al percatarme de lo sucias que están sus manos, por suerte al estar encima de él como bebé Koala estas no llegan a tocarme con totalidad, sino que me sostiene con ayuda de sus antebrazos. Busco separarme antes de que sea muy tarde, pero éste me aprieta más contra él evitando que suceda ejerciendo una leve presión. 

—Mira tú, no me hubiese dado cuenta—Dice y una sonrisa malvada se dibuja en su rostro.

—Santi, por favor —Suplico cuando acerca una de sus manos a mi cara. —Te juro que si me tocas no volveré a hablarte nunca en mi vida—Amenazo, pero la amenaza no logra tener ningún efecto. 

Se encoge de hombros, vuelve a acercar su mano hacía mi , no obstante, en un movimiento rápido me obligo a reaccionar aplicando una de las numerosas llaves que me enseñó Carlos en mis clases de defensa personal

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