Llegamos a nuestro destino, después de caminar algunos minutos más y veo que se trata de una casona antigua y deteriorada, rodeada por un huerto y una pequeña plantación de trigo.
-¿Cómo es que no se ha secado la tierra de este lugar?- pregunto en voz alta, ya que el resto de la cuidad y terrenos circundantes están completamente áridos y no aptos para la siembra.
-Es nuestro pequeño oasis- dice otro de los chicos.
-Este lugar tiene una vertiente que aún no se seca- admite el mayor. -Es el único lugar que hemos visto que se mantiene fértil y por eso mismo es que debemos protegerlo. Si alguien descubre este lugar, lo querrá para él.
Puedo entender por qué. Alimento y agua, ubicadas en un lugar apartado, todo eso significa vida. Al menos por ahora.
Es por ello que necesito encontrar algo de esperanza o todo esto se perderá, junto al planeta.
Desde que se conoció la noticia de que el planeta estaba condenado, he estado dándome cuenta de lo hermoso de sus paisajes, sus distintas especies y de la bondad, aunque a veces escasa, que puedes encontrar. Por todo ello, por mi familia y amigos, es que estoy en este lugar.
-¡Abuela!- grita el más joven, corriendo a la casa. ¡Abuela!
-Nuestra abuela es quien nos crió, ya que nuestros padres se separaron y ninguno quería empezar de nuevo con seis niños. Ella está mayor ahora y sorda, así que habla fuerte- me explica el mayor de los hermanos.
-¿Gael, estaba todo bien?- pregunta una niña de unos diez años, apareciendo desde el costado. Cuando me ve, se detiene y luego se apresura a ir a esconderse contra su hermano mayor.
-Ella es Soledad, nuestra hermana menor- me la presenta Gael. -Sol, saluda al dios… a Iván, él viene a hablar con la abuela.
La niña saca su cabeza por el costado de su hermano y saluda tímidamente.
-Hey- saludo, pero ya se escondió para ese momento.
-Disculpa, es un poco tímida- dice Gael.
¿Un poco?
En ese momento aparece el chico más joven, ayudando a una persona mayor, de más de ochenta años.
-¡Abuela, él quiere hacerte unas preguntas!- prácticamente grita Gael.
-¡Hola!- saludo, siguiendo su ejemplo.
-¡¿Qué quieres saber?!- pregunta con voz en grito, mientras otro de los chicos trae un asiento y la acomoda en el.
-¡¿Sabe algo sobre una puerta del infierno?!- pregunto.
La abuela inmediatamente me mira desconfiada, sin sorprenderse demasiado. Supongo que a su edad, ha escuchado mucho como para sorprenderse fácilmente.
-¡¿De dónde salió este?!- pregunta la abuela a Gael.
-¡Es un amigo mío!- responde inmediatamente Gael.
-¡¿No querrás abrir esa puerta o sí?!- me pregunta entonces.
-¡No!- miento descaradamente, porque es justo lo que busco.
-¡Más te vale o harás que el mundo se acabe!- advierte ella. La miro, sin comprender sus palabras, luego miro a Gael, quien hace una mueca, como diciendo que ocultar el hecho de que el mundo ya está jodido, es lo único que podía hacer.
-¡No lo haré!- le aseguro a la señora. Quiero salvar al maldito mundo y si tengo que mentir a una ancianita, es lo que haré.
La abuela de los chicos entonces empezó a gritar indicaciones y tuve que preguntar dos veces para estar seguro de que no había error.
-¡Esa gente es del diablo y son los que están a cargo de la puerta de los demonios!- exclama la abuela, luego hace un rezo. -¡Es mejor que no te acerques mucho a ellos o te van a maldecir!- advierte por último la abuela, antes de que empiece a preguntar sobre si los tomates de la huerta fueron debidamente regados.
Nos alejamos un poco más de ellos y le pregunto a Gael por el par de hermanos que desaparecieron en algún momento.
-Escucharon algo arriba, en la montaña y fueron a ver- responde Gael.
-¿Ellos estarán bien?- pregunto, mirando en la dirección de la que vinimos.
-Fueron a observar solamente, si se trata de problemas, volverán a buscarnos- responde.
-¿Qué tanto tienen que subir a revisar por visitas?- pregunto.
-Al principio era una vez cada dos o tres días, ahora es cada vez más frecuente. Hemos ahuyentado hasta tres grupos por día.
-¿Y sólo tienen hachas y guadañas para defenderse?- pregunto, incrédulo por el hecho de que hayan podido salir airosos hasta ahora.
-Tenemos una escopeta, pero se nos acabaron los cartuchos y no hemos podido ir a la ciudad por más- admite Gael.
-Y eso es lo mejor que pudieron hacer. La ciudad es un lugar demasiado peligroso ahora, ni se les ocurra ir allí- miro hacia el cielo y calculo la hora.
Es mejor ir a vigilar el lugar donde está la puerta del infierno, pero si los dejo así como están, pronto alguien los asesinará. Hay demasiados enfermos allí fuera, como para que ellos sobrevivan sin armas de verdad.
-Trataré de conseguirte algunas armas- le digo.
-¿Enserio?, eso sería genial- dice y mira hacia el resto de su familia con una mirada sería, una que probablemente ha tenido desde hace mucho tiempo. La reconozco, porque es lo mismo que siento últimamente. La responsabilidad de salvar a tu familia, de que no les falte nada. Seguramente tuvo que cargar con su familia desde el momento en que sus padres se separaron y ahora es cada vez más difícil.
Por mi parte, desde que tengo diez años que Marie ha sido mi responsabilidad, pero más que eso, es una amiga y cuando llegó Lucas y nos integró a Cielo Azul, nunca más estuvimos solos, nunca tuve la responsabilidad de cargar con los problemas, porque allí estaba Lucas. Pero ahora… ahora que Lucas está tan desesperado como el resto y sin una solución, siento la responsabilidad, una demasiado grande, casi tanto que a veces siento que me aplastará como un peso real, para hacer algo, para encontrar una solución, para salvar al planeta y a la gente que aún está viva.
Pareciera que cada momento que pasa, cada segundo en que tengo que dormir, es tiempo en que estoy dejando morir a muchas personas.
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