Capitulo 17

-¡Última parada! – grito el conductor del bus cuando se detuvo en “Pueblo Camejo”.

Johnny miraba a través de la ventana aquel lugar que no visitaba hace poco más de tres años. Tomó su bolso que había postrado en el sillón de al lado y se bajó del bus. Se quedó sorprendido de lo tanto que había cambiado el pueblo: algunas casas se habían transformado en tiendas, otras las habían remodelado, y habían unas cuantas nuevas. Diría que era otro pueblo, a no ser por esa esquina donde había un mural que decía “bienvenidos” y donde solía reunirse con sus amigos a pasar la tarde. Aquellos amigos que también habían emigrado del pueblo para rehacer sus vidas. Johnny se sintió nostálgico pero a la vez alegre de esos buenos tiempos.

 Mientras caminaba por aquella alfombra de cemento, Johnny se sintió como una celebridad. Muchas personas que estaban en las calles lo saludaban con emoción. Una chica que andaba bicicleta se detuvo para darle un abrazo. Si no hubiera sido por esa voz chillona que la caracterizaba, no hubiera reconocido a la hija de la familia Álvarez, a quien solía explicarle matemáticas cuando estaba en la escuela.

Entre más se acercaba al hogar de su madre, el corazón se le iba encogiendo, pero se le arrugo aún más cuando diviso aquellos lazos y tablas que formaban un columpio que había construido su papá en el árbol del patio de la casa. Johnny pasa su mano por la cicatriz que tenía en su codo derecho, y la cual se había hecho el día que se meció tan duro que las cuerdas se rompieron. Este alto relieve en su piel le produjo una sonrisa en su rostro.

Al atravesar el jardín, un puñado de aromas que expedían las flores de aquel lugar se debatían en la nariz de Johnny por predominar. Cada paso que daba hacia la entrada de la casa, lo hacía lentamente como si disfrutara el momento, pero en realidad estaba atrasando el reencuentro con su madre. Cuando por fin estaba frente a la puerta de madera blanca, por una extraña razón el corazón se le aceleró. ¿Acaso era la emoción de volver a su hogar? ¿Tal vez se debía a la razón que lo había traído hasta aquí? Sabía que no podía perder su objetivo de saber a qué se refería su padre con lo que dijo en el sueño.

Golpeo la puerta con tres toques rápidos que parecían seguir el ritmo de su corazón, pero después no se oyó nada. Se concentra para distinguir un suave ruido que provenía de adentro y logro escuchar el sonido de la radio de pila que su madre siempre mantenía encendido durante el día. Johnny saco su celular para mirar la hora, ya eran las tres de la tarde. «Debe estar en el patio de atrás con los animales», se dijo. Aunque siempre tenía una copia de las llaves de la casa, no quiso ser un intruso y prefirió rodear la casa. Efectivamente ahí estaba su mamá, agachada lanzando una manotada de maíz a un grupo de gallinas que la rodeaban como periodistas a un político en campaña. De solo mirarla Johnny se sintió igual que un bebé que lo arrulla en los brazos.

- ¡Hola mamá! – logra decir. Su madre se incorporó con una cara entre asustada y asombrada.

- ¡John!, ¿Qué haces aquí? – Dijo la señora mientras salía del corral de las gallinas – ¿pensé que habías dicho que vendrías el fin de semana? – y se acerca para darle un abrazo y un beso no antes sin haber dejado el costal del maíz en el suelo.

¿Cómo explicarle todo lo que le estaba sucediendo sin preocuparla? No podía decirle que había enterrado a uno de sus amigos en la mañana, y que su muerte era culpa de un sujeto que aparece en sus sueños.

- Tuve un descanso en la universidad antes de los exámenes y decidí venir – se limitó a decir Johnny, aunque era una mentira.

- Pero mírate como esta de flaco – le reprende su madre mientras le levanta los brazos para verlo mejor – ¿seguro que no has almorzado?

En realidad había tenido el tiempo justo, después de salir del cementerio, de llegar a su apartamento, tomar el bolso y salir huyendo de San Félix como si fuera un fugitivo.

Su mente no tuvo la habilidad para volver a mentir. Cuando lo quiso hacer, su madre ya lo había deducido.

- Con ese silencio me dijiste todo – su madre le soltó las manos y se dirigió a la entrada trasera de la casa – vamos para que comas algo.

Pero Johnny se quedó por un momento detenido mirando aquel camino de la arboleda. Aquella entrada rodeada de árboles. Aquella boca de lobo que una vez se había tragado a su padre con vida y lo había escupido muerto. De pronto, una oleada de aire amenazo en tumbar al joven. Las ramas de los árboles se agitaban como látigos que quisieran alcanzarlo. « ¡John! », escucho un eco muy leve. Detrás de un árbol distinguía una sombra negra, que se arrastraba en la madera como un gusano. ¿Esa cosa en realidad estaba ahí? Una mancha blanca en el cielo que arropo al sol por un momento, hizo que la sombra desapareciera.

- ¡John!, ¿vas a entrar? – le estaba gritando su madre desde la entrada.

- Si, ya voy – contesto.

Al entrar a la casa, aquello era como si adentro se hubiera detenido el tiempo. Todo estaba como Johnny lo recordaba. Todo estaba en el mismo lugar de siempre. Incluso se conservaban igual a cuando Johnny se había ido de la casa. Igual a cuando su padre había salido por última vez por esa puerta donde él había acabado de pasar.

- Siéntate, ya te sirvo – dijo su madre desde la cocina.

Johnny descargo el bolso en un mesón junto a la cocina y se sentó en el mismo asiento que había ocupado siempre en el comedor. Su madre encendió la cocina. Siempre que cocinaba hacia comida de más por si llegaba visita, así que solo necesitaba calentarla un poco.

- ¡Te siento muy cayado desde que llegaste! – Exclama su madre – no me digas que te convertiste en esos adultos amargados de la ciudad que solo se preocupan por trabajar.

 El joven también lo había notado. Sentía que su personalidad había cambiado desde que el encapuchado había estado en su cuarto. Todo le molestaba. Todo le preocupaba. Ya no se reconocía. Era como si fuera otra persona.

- Es solo los exámenes que me tiene pensativo – ¿cuanto más podía mentirle a su madre sin que ella se diera cuenta?

- ¿Por qué? ¿Vas mal?

- No. Me pasa siempre a finales de semestre – solo una mínima verdad en todo lo que había dicho hasta ahora.

- ¿Y sigues trabajando en la discoteca? – pregunta su madre mientras toma un plato para servir la comida.

- No es una discoteca mamá, es un club.

- Para mí es lo mismo – dice la señora Márquez colocando un plato de pasta con albóndigas frente a Johnny - ¿sigues trabajando ahí?

- Si, bueno en estos momentos no porque mi jefe esta fuera de la ciudad – dice Johnny tomando una porción de la comida, que para él, olía de maravilla – incluso tengo que volver pronto porque tal vez llegue este fin de semana - «espero que el tiempo me alcance para saber que quiere mi padre», pensó -. ¿Y tú? ¿Cómo te va con la costura?

- Nada mal, me llegan entre dos o tres piezas de ropa para arreglar por semana – de repente, la mujer se para y toma una bolsa negra que estaba encima de la mesa -. Por cierto tengo que llevar estos pantalanes a Marta. ¿Te quedaras hoy, verdad?

- Si claro.

- Ya vuelvo entonces – dijo su madre y salió por la puerta principal.

Johnny se quedó terminando de almorzar. Hasta que estuvo solo, fue que volvió a notar el ruido ronco de la radio que sintonizaba una ranchera de «Vicente Fernández». Se levantó de la mesa y se dirigió a lavar el plato, una costumbre que no hacía en su apartamento. Luego tomo el bolso del mesón y se dirigió a donde antes había sido su cuarto.

La vieja cama. El viejo televisor. La vieja lámpara. Todo estaba ahí. Era como si hubieran armado un rompecabezas y lo hubieran encuadrado para que no se perdieran las piezas. Soltó su bolso en la pequeña mesa de escritorio junto a su cama. Por un corto tiempo se sintió tentado por lanzarse a la cama. Estaba cansado del largo viaje. Ya había olvidado lo agotador que era. Pero perder el tiempo no era un lujo que se podía dar.

Salió de la habitación y comenzó a recorrer la casa como si fuera un detective. Buscaba una señal, algo extraño. ¿Qué estaba buscando en realidad? Ni el mismo lo sabía, ¿sabría lo que era cuando lo encontrara? Tampoco lo sabía.

Su madre no volvía aun cuando termino de revisar la casa, ahora se encontraba en la sala. Todo estaba normal. No lucho más con el cansancio y decidió sentarse en un mueble. «Solo un poco» se dijo. La cabeza le pesaba por si sola. Su cuello no podía mantenerla derecha, así que se reclino hacia atrás y la apoyó en el sofá. De pronto, su visión ya era toda negra. ¿Cómo pudo suceder? Pero no estaba dormido, aun escuchaba la radio y estaba consiente. Sintió que alguien entro a la sala ¿era su madre? Quiso abrir los ojos pero no pudo. Aquella presencia empezó a caminar a su alrededor. Podía percibir la vibración de sus pisadas, «¡oh Dios, que no sea esa cosa!». Sintió la respiración en su rostro. De repente se despertó cuando percibió un rose en su pierna de algo gélido. Nadie estaba en la sala a exacción de él.

Desde que pudo abrir los ojos, su vista se había posicionado en un portarretrato que contenía una foto de su padre, la cual estaba sobre el multi-mueble de la sala. El joven se levantó y agarró aquel pequeño cuadro. En la foto su padre sonreía alegre. «¿Eras tú quien estaba aquí? ¿Qué quieres decirme papá?» le decía al portarretrato. Pensó que si alguien hubiera entrado en ese momento lo tildaría de loco. Cuando pretendió devolver la foto a su lugar, aquel objeto vomito un papel doblado de su parte trasera. Johnny frunció el entrecejo y se agacho para tomarlo del suelo donde había caído. Cuando lo abrió, leyó en letra de su padre «Lo siento, pero esto lo hago por ustedes».

En ese momento su madre iba entrando a la casa y se quedó paralizada al ver lo que estaba sucediendo. Johnny la miro extrañado. Necesitaba respuestas. Pero su madre solo dijo:

- Sabía que algún día te enterarías.

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Comments

Mildred Álvarez

Mildred Álvarez

ah entonces la madre sabe de que murió el esposo o porqué murió,o por quién murió,es decir quien o que cosa lo obligó a matarse,y como puede vivir ella con eso?

2024-11-29

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