El descenso del Mirador de San Felix había sido más rápido que el ascenso. Tal vez era el hecho de que ya eran las seis de la tarde y pronto el sol se ocultaría, o el dicho de que «en bajada hasta las piedras ruedan». Fuera lo que fuera, en treinta minutos ya estaban de vuelta en la ciudad.
Pasar la tarde con Mery era la mejor decisión que había tomado Johnny. Además de haber pasado un momento agradable en su compañía bajo la sombra de aquel árbol, se había olvidado por completo de la desilusión que tuvo en la mañana al no encontrar a Lesly.
Pero en cuanto se encontró frente a su apartamento, a punto de introducir la llave en la cerradura, su cerebro empezó a trabajar en su contra. Johnny empezó a imaginar que el sujeto encapuchado estaba en algún rincón de su residencia esperándolo. Que al abrir la puerta estaría mirándolo desde la cocina con sus ojos amarillos y se lanzaría hacia él. Por su cuerpo paso un temblor. El mismo temblor que sentía a los siete años, cuando su madre lo mandaba solo a buscar algo en el sótano de la casa.
«Ya no eres un niño» se dijo para armarse de valor.
Sin embargo, al girar el pomo y encender la luz, miro para todos lados para hacerse con la idea de que «adentro no había nadie».
La sensación de que alguien lo estaba observando no se fue mientras preparaba la cena y mientras se daba un baño de agua caliente.
Ya una vez en el cuarto acostado en su cama, se sintió más relajado. Tanto así, que tomo un libro de contabilidad para estudiar un poco antes de dormir. Pero la bombilla de su habitación que había estado molestando toda la semana tenía otros planes, y después de siete minutos se apagó, como si soplaran una vela, dejando a Johnny en la penumbra.
Él se sentía muy cansado para levantarse a darle los golpes mágicos. En cambio, se quedó boca arriba en la cama esperando que por sí solo volviera a prender. Lo que no esperaba era que el cansancio lo venciera primero y en un instante se quedara dormido.
Sus fosas nasales empezaron a percibir un olor a madera húmeda y fango, sentía que su cuerpo se mecía como si estuviera dentro de una cuna. Cuando Johnny abrió los ojos, estaba sentado en un bote, flotando en el rio donde se bañaba de pequeño.
Junto a sus pies había otros zapatos de una persona sentado frente a él. Empezó a levantar la vista hasta encontrarse con el rostro de su acompáñate. Era su padre, con su peculiar sombrero marrón que solo se quitaba para bañarse y dormir. Lo estaba mirando con aquella sonrisa alegre, como si nunca hubiera pasado nada.
- ¡PAPÁ! – Exclama Johnny mientras se lanza sobre él dándole un abrazo – no sabes cuánto te he extrañado.
Pero aquel hombre no dijo nada, ni siquiera levanto sus manos para abrazarlo. Cuando Johnny se alejó para verlo otra vez, su rostro había cambiado. La cara de su padre estaba seria, triste. Su mirada estaba perdida mirando un punto fijo.
- ¿Qué pasa papá? – dijo Johnny
El hombre se pone de pie en el bote, como si fuera un holograma al que le han programado sus movimientos, sin prestarle atención a Johnny. Hasta ese momento el joven se da cuenta que su padre sostenía entre sus manos una piedra, la cual estaba amarrada a su pie derecho.
- ¡Johnny, ve con tu madre! - fueron las únicas palabras del señor Marquez, antes de lanzar la piedra al rio.
-¡NOOO! – grito Johnny tratando de agarrarlo, pero ya era tarde
El peso de la piedra hizo volcar el bote arrojándolos al agua. Johnny empieza a nadar rápidamente hacia su padre para sacarlo, mientras este se hunde precipitadamente al fondo del agua. Por más que el chico hiciera su mejor esfuerzo no podía alcanzarlo y cuando el aire le empezó a faltar se vio obligado a subir a la superficie.
Lo que no se esperaba es que al intentar salir, una capa de hielo cubría el rio. La superficie se había congelado. Desesperado golpea con fuerza aquella roca transparente tratando de romperla, pero era demasiado resistente. De repente, se queda quieto al observar que sobre aquel vidrio caminaba una sombra negra, que se deslizo hasta estar casi sobra él y luego se sumergió en el rio atravesando el manto de hielo.
En un instante el espectro de la capucha estaba a su lado dentro del agua. El corazón empezó a latir rápidamente. Y cuando el monstruo levanto una mano huesuda en su dirección, Johnny intento escapar nadando hacia atrás, pero aquella cosa se movió como tiburón en el mar y lo tomo del brazo derecho.
Repentinamente Johnny se despertó, profiriendo con su boca cerrada un quejido, que en su mente sonó como un grito. Su corazón mantenía el mismo ritmo que tenía en el sueño y no se pudo calmar debido a que no podía mover su cuerpo. Se sentía como metido en una tina cubierto de cemento.
Solo podía respirar y mirar hasta donde la periferia de su vista lo permitiera, tratando de adaptarse a la oscuridad del lugar.
Notó que estaba en su cuarto. Sus ojos se abrieron tanto que su frente se frunció, al ver que la chaqueta negra que estaba colgada en el perchero, se estaba moviendo por si sola.
«Esto no es real» pensó Johnny mientras la chaqueta continuaba deslizándose hasta caer al suelo, perdiéndose de vista por la parte inferior de su cama.
Pero la tranquilidad duro poco, debido a que la mano huesuda que lo tomo en el rio, se empezaba a asomar tras sus pies, luego otra mano. Finalmente se eleva aquel hombre de la capucha.
Johnny empieza a respirar con dificultad, mientras aquella cosa se va posicionando sobre él. Sentía como su cuerpo se comprimía contra el colchón a pesar de que no lo estaba tocando.
«Despierta, despierta, DESPIERTA», decía hacia sus adentros pensando que aún estaba dormido.
Solo podía hacer sonidos de quejidos a través de sus labios inmóviles al igual que su cuerpo.
Cuando los ojos amarillos del monstruo estaban a nivel de su rostro, aquello lanzo un chillido espeluznante que hizo estremecer a Johnny. De pronto, la bombilla del cuarto se encendió, disipando la oscuridad y con ella a la cosa de la capucha.
Johnny se fue calmando poco a poco, a pesar de que los ojos le ardían con la luz que le daba en la cara. Cuando fue recobrando el movimiento del cuerpo, se sentó en la cama por un rato, ya que todavía requería de gran esfuerzo mental para mover sus músculos.
«No era un sueño», «Estaba aquí, en mi cuarto» todo esto invadía su cabeza mientras que con la mano se aliviaba una puntada que sentía en su pecho.
Su cuerpo le sudaba.
Cuando por fin recobro el movimiento del cuerpo a un cien por ciento, se dirigió hacia el baño para lavarse la cara. Se hecho dos manotadas de agua y se miró al espejo mientras dejaba que las gotas le escurriera por su rostro y cuello. Le dio un vistazo a la ventana que tenía detrás de él y se reflejaba en el vidrio, como si aquel espanto fuera a aparecer al igual que un cliché de película de terror. Pero no sucedió nada.
Al bajar su mirada al lavamanos, llamo su atención unas manchas enrojecidas en su brazo derecho. Aquello era como la marca de los cuatro dedos, por donde el encapuchado lo había agarrado.
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Comments
Mildred Álvarez
Huy ya no me gusta seguir leyendo 😞.
2024-11-29
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