Eran las 3 de la madrugada y según todos dormían, y eso es porque Esmeralda y Dragos estaban teniendo una muy buena noche. No querían hacer ruido, según ellos, pero con ese hombre por esposo, se escuchaba muy bien. Y la persona en la habitación contigua era nada más y nada menos que Erea. Ya estaba desesperada, no porque le molestara, sino por el hecho de que ella quería sentir a Velkan de igual manera. Tenía más de un año que no le daba uso a su pelvis, por lo tanto, decidió levantarse para buscar algo que comer en la cocina, pero tenía que pasar por el pasillo que conducía al cuarto de Kan. Así que tomó valor, se quitó la bata que cubría su pequeña y diminuta pijama. Era un cachetero color blanco y una blusa delgada de tirantes del mismo tono que no dejaba nada a la imaginación. Ni siquiera tocó la puerta, pues intuía que Kan estaría con sus audífonos, y no se equivocó. Velkan estaba sentado en su cama, recargado en la cabecera con sus audífonos puestos, el torso desnudo escribiendo en su laptop y solo llevaba una trusa en color vino. Erea se fue acercando lentamente hasta quedar a lado de él. Velkan levantó su cabeza, dándose cuenta de quién era, dejó caer la laptop y se paró de golpe.
— ¿Qué demonios haces aquí, Erea? —dijo buscando con qué cubrirse.
— Eres —se acercó más a él y dijo en un susurro—, guarda silencio, nos escucharán.
— Te pregunté qué haces aquí, ya molesto.
— No seas enojón, Kan. Tus papás no me dejan dormir. Son tremendos y según no quieren hacer ruido —lo miró a los ojos y puso su mano sobre su pecho—, dime, ¿tú eres igual que tu padre? —Erea reaccionó para reformular su pregunta, pero Velkan no la dejó, porque él respondió—.
— Con un rostro que Erea jamás había visto en Velkan —quiero que salgas de mi habitación, Erea. No lo repetiré.
— No te enojes, solo quería algo de comer y vi tu luz encendida —con un rostro de preocupación—, ¿eres lo que quería distraer? Dime, ¿acaso tú no duermes?
— Te dije que te fueras.
— Vamos, Kan, ¿por qué eres así? Te gusta que te ruegue.
— Por Dios, ¿por qué siempre me llevas la contraria, Erea? —con un suspiro de frustración y tocándose el puente de su nariz.
— Ella se acercó lentamente a él, poniendo las palmas de sus manos sobre su pecho nuevamente y dijo— No sabes cuántas veces he soñado con verte así y sentirte. Eres más guapo de lo que me imaginaba.
— Por favor, no hagas eso —dijo Velkan con su voz entrecortada y cerrando sus ojos.
— ¿Por qué no? —hizo una pausa tocando los abdominales de él y preguntó— ¿No te gustó?
— Ya te dije que sí.
— Para no ponerlo más nervioso, le formuló otra pregunta: ¿Qué haces a estas horas en la laptop?
— Es trabajo que adelanto para el lunes. Recuerda que nos reunimos con Víctor.
— Por Dios, ¿y no puedes hacerlo el mismo lunes? Son tus días de descanso. Envejecerás antes de tiempo y eres muy joven aún.
— Puede que tengas razón —moviendo sus hombros.
— Te mereces un premio.
— ¿Un premio? ¿Por qué? —preguntó dudoso.
— Porque me has dicho que tengo razón y no me has refutado nada.
— Ja, ja, ja. La que siempre me refuta de las cosas y me lleva la contraria eres tú.
— Porque eres muy cerrado, Kan. Era más joven que yo y pareces un señor de 30 años, pero yo sé cómo relajarte.
— Ja, ja, ja. No creo que haya nada que me relaje y mucho menos tú.
— ¿Quieres hacer una apuesta? —dijo ella levantando las cejas pícaramente.
— Correspondiendo a la misma mirada de ella, él respondió— ¿Por qué no? Me gustan las apuestas.
— Si llego a relajarte, harás lo que yo te diga. Pero si no logro relajarte, tú me podrás castigar. ¿Te parece?
— Eso me gusta. Acepto tu propuesta.
Erea comenzó a buscar toallas y encontró una colchoneta para hacer ejercicio. Después, le colocó unas toallas para hacerla más cómoda. Luego, con dos toallas más, las enrolló para hacerle una especie de almohada. Le dijo que se recostara y ella buscó entre sus cosas en el baño, encontrando un aceite de almendras. Rascándose la cabeza, se preguntó qué hacía un hombre como Velkan con aceite de almendras.
— Es en serio, Kan, ¿tienes aceite de almendras? —preguntó ella con una ligera risa.
— Sí, me gusta mantener mi piel hidratada —respondió él.
— Ja, ja, ja, por eso me encantas. Cada vez me gustas más.
Nuevamente, ella le pidió que se acomodara en la colchoneta y le indicó que se quitara lo que él llamaba calzoncillo.
— Pero, ¿qué estás diciendo? No me voy a quitar mi trusa —dijo él con voz preocupada, agarrando su ropa interior.
— Ja, ja, ja, así se le llama a eso —comentó ella haciendo una mueca rara.
— Oye, no te burles de mi ropa interior. Sabes lo cómoda que es.
— Bueno, la mayoría de los hombres con los que he estado usan bóxer y dicen que son muy cómodos.
Velkan ignoró aquel comentario fuera de lugar y contestó: "Este tipo de trusa sujeta perfectamente los testículos, mientras que el bóxer los mantiene sueltos".
— Increíble, hasta para eso eres meticuloso. Ves lo que te digo, eres único, Velkan. Por eso me gustas. Así que ahora haz lo que te pedí: quítate esa 'trusa sujeta testículos'.
— Ja, ja, ja, no me la voy a quitar.
— Por favor, no podré relajarte. Anda, pon música en tu celular y quítate eso.
Y ahí estaba Velkan, buscando música clásica para después acostarse sobre la colchoneta desnudo, cubriéndose rápidamente con la toalla. Erea acomodó la toalla mejor, cubriendo únicamente sus glúteos, y comenzó un rico y relajante masaje. Comenzando por los pies, vertió un poco de aceite en la palma de sus manos y masajeó primero un pie y luego el otro, haciendo caricias y movimientos semicirculares en la planta del pie y alrededor de los huesos redondeados del tobillo. Así duró 10 minutos por cada pie. Después subió por las piernas, primero la derecha y más tarde la izquierda, durando 10 minutos en cada una, masajeando hasta la zona interior de los muslos. Continuó por la espalda, desde la base hasta el cuello, y siguió masajeando cada brazo, desde los hombros hasta las manos, incluidas. Terminó con la cabeza, masajeando el cuero cabelludo y pasando al rostro, usando las yemas de los dedos para acariciar la frente y los labios. Terminó el masaje besando los labios.
— Dime, ¿he ganado mi apuesta, cierto?
— A decir verdad, sí. Eso fue increíble. Gracias, contestó él con una voz sincera y relajada.
— De nada, corazón. Lo que sí noté es que estabas bastante estresado. Tu espalda estaba muy tensa. Pero me da gusto que estés mejor. Ahora que gané, haré contigo lo que yo quiera. Y créeme que no olvidarás nunca. E incluso estoy segura de que me pedirás que repitamos. Y yo estaré feliz de complacerte, le dijo ella con su boca pegada a su oreja, susurrándoselo.
— ¿De qué rayos estás hablando?, contestó volteándose repentinamente, quedando su boca cerca de la de ella.
— Que de qué hablo, muy fácil. ¿Recuerdas que gané? No quiero que te muevas de donde estás. ¿Quedó claro?
¿Qué creen que pase? No se les olvide, manitas arriba 👍👍👍👍 para más capítulos. Por favor, les mando un saludo a tod@s.
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