capítulo 6

— Se ve que sus padres se aman mucho, señor — giró su cabeza para mirarlo a los ojos y esperar que él respondiera.

— Así es, Erea, y no has visto más muestras de amor. Es desagradable — él lo miró con esos ojos azules y con cara de asco como recordando alguna escena desagradable para el calor está.

— Desagradable — lo miró a Velkan con las cejas levantadas hacia arriba y respondió — para mí es hermoso ver que dos seres tan distintos se muestren su amor de esa manera.

— ¡Seres distintos! — en tono molesto le dijo — ¿qué quieres decir con eso?

— No me malinterprete, señor Kovacs, es que su mamá tiene un acento peculiar que no es italiano, y aparte tiene un tono de pelo muy negro. Aquellas palabras las dijo tocando levemente la mano de Kan y sintiendo esas corrientes eléctricas cada vez que lo tocaba.

— Ahh, ella es mexicana y su pelo es porque ella alguna vez me comentó que las mujeres indígenas tienen pelo negro y tupido y ella tiene descendencia directa indígena por parte de su padre, al parecer era de Oaxaca o algo así.

— Pues me encanta, su cabello es hermoso y su sonrisa es tan... tan... contagiosa.

— Sí, mi madre tiende a sacarle sonrisas a cualquiera, pero te recomiendo no verla enojada.

— Bueno, lo tomaré en cuenta.

Los dos guardaron silencio con una sonrisa en su rostro. Después se miraron fijamente uno al otro. Ella bajó la vista a la boca de él. Como estaban sentados al final del avión cerca de la cocineta, él pudo ver mejor lo hermosa que era. Le molestaba todo de ella, desde cómo se vestía, hasta su música que siempre ponía o cuando la vio tomando cerveza con los trabajadores de su empresa, pero ahí estaba mirándola como un tonto enamorado. Miró también esos labios color rojo que lo incitaban a pecar. Ella con su mano le quitó una pelusa de su cabello. Aquella acción hizo que ella se acercara más y sucedió lo que ambos querían. Ella besó su boca y él se quedó estático. Jamás en su vida había besado, así que aquello lo tomó por sorpresa. Ella, al tener más experiencia en los coqueteos, se dio cuenta de su inexperiencia porque él no siguió el ritmo de aquel beso.

"No sabe besar, señor", dijo la señorita Erea. "Eso es algo que no le importa, señorita Erea", respondió él, levantándose molesto y metiéndose en la habitación. Desafortunadamente, por estar hablando con ella, no se dio cuenta de que sus padres se habían escapado para dar rienda suelta al amor y la pasión. Su hijo dio un grito de sorpresa y cerró rápidamente la puerta. A los señores Kovacs no les importó y continuaron con lo suyo, pero su hijo salió despavorido al ver semejante escena. Nunca había visto algo así en su vida, solo lo había escuchado por sus propios padres. Él ni siquiera había visto alguna vez porno o revistas para adultos. Su hermano siempre se burlaba de él, pero él estaba decidido a ser el mejor estudiante e hijo, enfocándose solo en sus estudios.

"Pero ¿no viste que se levantaron para irse al cuarto, bobo?", le dijo Elda abrazándolo por detrás. "No me di cuenta, pequeña. ¿Estás bien?", preguntó él. "Sí, bueno, sabes que te amo, ¿verdad?", respondió Elda. "Sí lo sé, y yo también te amo, pero dime qué es lo que quieres, porque solo te acercas así de acaramelada cuando quieres algo", dijo él. "Algo muy sencillo, que no te cierres al amor", dijo Elda. "¿De qué hablas, pequeña traviesa?", preguntó él. "Por favor, sé que te gusta tu asistente. Es muy hermosa y tiene un cuerpo envidiable", dijo Elda.

Estaba mirando a Erea con preocupación, recordando cuando su hermana, por ser gordita, sufría en la escuela las burlas de sus compañeros. "No, no estoy hablando de mí ahora, sino de ti. Si te gusta ella, no pierdas el tiempo. Quiero sobrinos y tú eres el elegido de los dioses para ser el que me dé sobrinos", dijo Elda, alzando sus cejas de arriba hacia abajo para que mirara a Erea.

— De verdad que estás loca, mira que si no fueras mi hermana ya te hubiera mandado a volar.

— Bueno, pero así me quieres. Ya en serio, yo creo que aquí entre nosotros, el primero en darnos noticias de que será papá es Emiliano.

— Ja, ja, ja, de eso no tengo la menor duda, pequeña. Vente, vamos a dormir.

— Ah no, vete con tu novia - burlándose de él, le dio un leve empujón.

— No es mi novia.

— Pero ya quisieras. Mejor ve con ella y límpiate tu boca que tienes labial rojo - cosa que no fue cierta, pero lo dijo porque sabía que su hermano iría a revisarse al baño.

— Y apenas me dices, salió despavorido al baño para limpiarse y a lo lejos escuchó:

— Ja, ja, ja, sí, sorry.

Velkan se sentó nuevamente con aquella mujer que le movía el tapete, pero llegó igual de serio como siempre.

— Lamento mi atrevimiento de hace rato, señor.

— No se preocupe, en realidad yo tuve la culpa por no dejar en claro que yo soy el jefe y usted una trabajadora más.

— Eso me ha quedado claro. «Señor» - aquellas palabras salieron con una voz en tono sarcástico y amargo.

Los dos se quedaron dormidos, pero conforme pasaron las horas, los dos se acurrucaron juntos, recargando ella su cabeza en su hombro y él con una mano sobre su pierna y su cabeza recargada en la cabeza de ella. Sus hermanos, como siempre de cartillas, le tomaron una foto a ambos. Así siguieron hasta que Esmeralda, muy cariñosa, se acercó a los dos y les dijo que despertaran y abrocharan sus cinturones.

— Lo siento por recargarme en su hombro, señor.

— Está disculpada, señorita Erea, pero yo también me recargué en usted.

— De verdad siempre es así - dijo ella enfadada.

— ¿Cómo así?

— Así tan cuadrado y sin mostrar un poco de alegría. Es una pena que siendo usted tan guapo y joven tenga cara de señor amargado y sin ser cogí... olvídelo.

— No sea usted vulgar. No tengo por qué agradarle a nadie, señorita Erea, y mucho menos a usted. Evite sus comentarios sin educación.

— El que no tiene educación eres tú, hipócrita.

— Pero ¿quién te crees que eres?

— Ya basta los dos -dijo Esmeralda, viendo a su hijo y después a Erea-. Los dos parecen niños chiquitos. Tú que eres el jefe, muestra más madurez, Velkan.

— Pero mamá, yo…

— Nada, estén en paz por Dios, hasta parecen un matrimonio.

Los dos se miraron molestos y se ignoraron hasta bajar del avión.

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