Entra una llamada, Pedro les indica a los detectives y contesta Don Alfonso:
—Buenas noches, papá de Gilda. Hoy celebramos que nuestra Gilda esté bien.
—Por favor, ¿cómo está mi hija? Déjenme oírla.
—¡Ya! ¡Ya! pronto será…
—¿Quién es usted? —pregunta con dificultad el papá de Gilda, Don Alonso, mientras la policía le hace señas para que lo retenga un poco más y puedan rastrear la llamada. —Por favor, dígame, ¿cómo está mi niña?, déjenme escucharla para saber si está viva.
El teléfono deja de sonar, el padre de Gilda cae sin fuerzas en el sillón, mientras deja caer a un lado el teléfono; inmediatamente le traen agua.
—Señor, encontraremos el paradero de su hija en unos segundos —comenta uno de los policías que está en el caso.
Minutos pasan e informan que fue desde un número privado, sin rastro. Michael golpea la mesa de impotencia, sin que la familia de la chica esté presente.
—¡Quien tiene a Gilda sabe lo que hace! Quien sea, está utilizando números que luego descarta —declara él.
Los investigadores llaman nuevamente, sin obtener respuesta alguna. Por ahora sospechan de alguien más; la pecosa.
—Saben, hay algo que no concuerda, es que la pecosa nos ha dado en las últimas veces, distintas versiones. Ella no solo practicaba el ocultismo, sino que está implicada en la desaparición de Gilda, de eso estoy seguro —dice Michael.
Leila lo mira y agrega: —Y ahora, Juvenal es cliente de la pecosa.
¿Quién era el hombre que acompañaba a la joven que dicen que era Gilda? Nuevamente, los investigadores revisan cada lugar.
En la casa donde encontraron los cuerpos y un saco de Gilda, parecía estar la situación más oscura y compleja, al menos eso pensaba el grupo de investigación; más para la familia de Gilda, sabían que encontrarían una luz.
El capitán llama a interrogar a la señora Adelaida y ella efectivamente les dice que tiene un hijo y lo que ellos saben es verdad. Le preguntan ¿por qué no les habló de la existencia de este? A lo cual ella dice que no lo consideró relevante y los problemas que él tenía, lo cual afirma que esto le ocurrió pero que él estaba en perfecta salud y además, el sujeto era un buen médico.
—Señora Adelaida —dice Michael—, ¿se comunica usted con su hijo? Y si es así, ¿con qué frecuencia?
—No sé de él hace mucho tiempo.
—¿Podemos saber por qué? —le pregunta Leila.
—Mire oficial, él ha sido y es muy distante de mí —responde con un poco de aflicción.
—¿Tiene algún problema con su hijo? —recalca Leila.
La pregunta no le cae nada bien a la mujer, por lo que esta le responde: —¿Señorita, es madre?
Leila y Michael intercambian miradas, y Leila responde: —No, señora.
—Entonces no puede comprender los sacrificios que hacemos las madres por nuestros hijos, aunque sean ingratos —responde con firmeza Adelaida.
—Lo entendemos señora, pero responda a mi pregunta, ¿tiene o no usted alguna comunicación con su hijo?
—Les acabo de decir que casi ninguna.
—¿Y su hija?
—Que yo sepa, ninguna.
—Señora, ¿sabe dónde vive actualmente su hijo?
—Sí, lo sé.
Leila le da a Adelaida una hoja de un cuaderno y un lápiz, y le dice: —Coloque aquí la dirección y teléfono de su hijo.
—¿Por qué? ¿Es sospechoso?
—Solo queremos hablar con él —responde Michael.
—Pero lo que no entiendo es qué tiene que ver él con todo esto. Si les comenté de él, es porque hace mucho tiempo que no sé de ese muchacho.
—Solo por rutina, señora —responde Leila.
Con un gesto de desagrado, Adelaida saca su teléfono y anota en el papel la información.
Ya en las afueras de la sala de interrogatorio, Michael está hablando con Leila:
—¿Por qué presiento que esta mujer nos está mintiendo?
—Lo mismo percibí, Michael —responde Leila—. Puede ser revelador que el tono de su voz cambiaba cada vez que nos referíamos a la salud de su hijo.
—¡Eso es! ¡Señorita Leila, es usted la mejor! Esa mujer nos esconde algo muy grave de su hijo. Investigaremos acerca del doctor.
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