¡Me he vengado de mi ex novio!

Horas más tarde:

—Querido, Gilda solicitó autorización para salir al cine mañana. —afirma Antonia, con una sonrisa amable en su rostro.

—¿Acompañará al grupo de amigos? Entonces no deberían negarle el permiso. —responde Alfonso, levantando una ceja con interés.

—Si tú me lo solicitas… —susurra Antonia, mientras desciende hacia la cocina en busca de un vaso de agua, manteniendo una expresión pensativa.

Más tarde, Antonia se dirige al cuarto de Gilda y la llama con suavidad:

—Hija, tu padre está de acuerdo. —Abre la puerta y agrega con un gesto de advertencia en su rostro: —Pero no llegues tarde, ¡ah! Y asegúrate de llamarlo.

—Sí, lo haré. Gracias, Antonia. —responde Gilda con gratitud, asintiendo con la cabeza.

Antonia se retira del cuarto, cerrando la puerta con cuidado. Gilda llama a Angie y Fanny, quienes están esperando afuera:

—Amigas, está todo listo. Tengo permiso, así que continuamos con el plan. Nos encontramos en el parque.

Rosa se siente feliz porque ha hablado con sus amigos de la universidad, incluido su eterno enamorado. Aunque todavía sufre por la pérdida de su esposo e hijo, ha logrado superarlo en cierta medida y las lágrimas afloran por su ausencia. Se ha propuesto acompañar a su familia, pues cree que es lo único que le queda. Sabe que aún es una mujer joven y ha dejado de lado su profesión por un tiempo. Si su hijo estuviera vivo, tendría la edad de Gilda. Cada mes visita la tumba de su amada familia, pero sabe que debe seguir adelante. La preocupación se apodera de ella después de escuchar lo que la señora Carmen le dijo. Está decidida a no permitir que nada malo le suceda a su familia.

Gilda busca cuidadosamente un atuendo apropiado, luego llama a sus amigas y se dirige hacia el parque para encontrarse con ellas. Una vez allí, les pregunta si han traído lo que les pidió. Angie y Fanny le muestran un tarro de pintura y juntas planean su estrategia.

La noche cae y Gilda y sus amigas se disponen a entrar al cine. Se saludan con otros chicos y chicas conocidos, entre risas y bromas. Compran varias bolsas de palomitas de maíz y otros aperitivos. Mientras están en el baño, introducen el tarro de pintura en una de las bolsas de palomitas, asegurándose de que quede bien oculto. En las sillas de adelante, Armando se encuentra con un grupo de amigos, incluyendo a otros chicos del colegio. Cuando la película alcanza su punto culminante, Gilda, Fanny y Angie, que están en asientos un poco más elevados, se levantan discretamente. Llevan puestos gorros y han intercambiado sus sacos. Sin que Armando sospeche nada, Gilda vierte el contenido del tarro sobre la cabeza del muchacho, dejándolo completamente cubierto de pintura. El cine se llena de caos y gritos. Después, ellas salen rápidamente y se cambian de ropa, asegurándose de tener una coartada Sólida.

Vuelven, se sientan y comienzan a exclamar: “¡¿Qué sucedió?!” Pasados unos minutos, un grupo de jóvenes sale corriendo. La película llega a su fin.

Gilda está con sus amigas en su casa. No puede dejar de sonreír y dice: —Mañana descubriremos qué sucedió…

—Nosotras somos “inocentes” —dice Angie.

—¡Ah! Me duele el estómago.

Antonia golpea la puerta y, sin abrirla, le pregunta a Gilda: ¿Cómo estuvo la película? ¿Cómo la pasaron? A lo que ellas responden al unísono: “Muy bien”.

Al día siguiente, en el salón de clases, se rumorea que algo le pasó a Armando. La tía del chico informa que no asistirá durante una semana debido a “una gripe”. Gilda sabe que no es así. El mejor amigo de Armando le dice al grupo que Armando tuvo que raparse y, además, le dio una alergia. Ellas se miran entre sí y cuando están solas se ríen. Gilda exclama en voz alta: —¡Se lo merecía! Eso le ocurre a quienes se meten conmigo.

—Amiga, eres peligrosa. Veremos cómo luce —añade Fanny.

La pecosa, en cambio, está llena de ira. Mira a su hermano y se pregunta: “¿Quién te hizo esto?” Luego le dice a Armando: —¡Lo descubriré y lo pagará!

—Hermanita, no te preocupes. Quien sea, se arrepentirá —y se mira en el espejo—. Sabes… me veo bien.

Los días de estudio llegan a su fin y Gilda se gradúa como una buena estudiante. Sus amigas la rodean para celebrar. Sus padres las llevarán a una cena especial. Armando la felicita y la mira con sospechas sobre lo que le sucedió en los días anteriores, pero lo toma con calma. Sin embargo, como siempre, Gilda no le presta atención. Sabe que se mudará a otro lugar y tomará un tiempo antes de ingresar a la universidad.

La fiesta de sus dulces dieciséis está próxima, lo cual la emociona. Cada vez que se mira en el espejo, se dice a sí misma: “Qué alta estoy y cuánto me parezco a mi madre”. Cuando suena su teléfono y en la pantalla aparece “La pecosa”, Gilda la saluda y entablan una conversación.

—Sabes que nos iremos y espero verte en la celebración de mis cumpleaños. Estoy segura de que estarás. —Y se despiden.

A Gilda le quedó claro lo que dijo la pecosa. Sabe que la pecosa conocerá lo que le ocurrió a su hermano. Respira profundamente: —Pero no me importa, tengo una aliada más poderosa que ella, mi amiga la anciana —lo dice con convicción, como si en verdad existiera.

Anécdota de la escritora:

Cuánto se cree en lo sobrenatural. El aferrarse a una pérdida, encontrándonos solos y enfrentando una realidad. La consulta a los psicólogos es cada vez más evidente, y cómo tratarla es la situación que muchos padecen y a la cual se aferran, buscando consuelo o compañía. En pleno milenio moderno, los porcentajes de personas con trastornos mentales debido a una pérdida son cada vez mayores, llegando incluso al suicidio. Brindar ayuda oportuna para este sufrimiento evitará tragedias en nuestra sociedad. Las prácticas del ocultismo ganan fuerza cada vez más, ya que comunicarse con un ser querido demuestra la soledad y la ausencia de alguien que era muy importante.

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