Qué pronto pasa el tiempo y en casa de Gilda todo está preparado para la mudanza! Ella aprovecha el tiempo para salir un poco con el grupo de sus amigas. Los planes que tiene cada una son los más firmes, pero no olvidan lo que ocurrió aquella vez en casa de la pecosa, aunque prefieren guardar silencio. ¿Será que fue algo realmente malvado?
—Angie y Fanny, mis mejores amigas, las amo —lo dice mientras saca de su maleta unas pulseras de amistad y luego las muestra con una sonrisa. Después, escupen cada una en sus manos y se estrechan la mano una con la otra.
—Nunca rompamos este pacto —balbucea Angie, frunciendo el ceño.
Ellas caminan por la calle, corriendo detrás de unos autos, mientras estos les pitan y otros les gritan. Fanny, emocionada, grita:
—¡Muchachas, estamos locas! —Ellas solo viven el momento.
La pecosa llama al número de Gilda. Fanny responde de manera despectiva:
—¡Ugh! ¿Y ahora qué quiere esa vieja? —dice Fanny, con gesto de disgusto.
—No lo sé, pero lo pondré en altavoz para que todas escuchen. ¡Hola!
—¡Gilda! ¿Cómo estás? Escuché que se irán pronto.
—Sí.
—Pero amiga, no se te olvide que tienes una deuda conmigo.
—Lo sé.
Angie le dice a Fanny: —Qué grosera esa mujer. Mira cómo la está amenazando, chinita.
Gilda le hace una señal a Angie para que se calle.
—Gilda, si faltas, sabes las consecuencias.
—Lo sé, no tienes por qué recordármelo. No soy tonta.
—Pero como somos amigas, no hay problema.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Ah? Otra cosa, Gilda, ¿sabías que sé quién le hizo daño a mi hermanito? —dice la pecosa, con una expresión seria en su rostro.
Gilda guarda silencio y luego responde: —¡Qué bueno!
—¡Quien fue, lo lamentará! —agrega la pecosa, con determinación en su voz.
—¡Qué atrevida es esa mujer! —balbucea Fanny, frunciendo el ceño.
—Amiga, que tengas un feliz viaje… Querida Gilda.
—Gracias, amiga —y cuelgan.
Segundos después…
—¡Uy! Gilda, esa mujer sabe que fuimos nosotras —dice Angie, con los ojos muy abiertos.
Gilda se muerde un poco las uñas, mostrando nerviosismo. Sabe que no se puede jugar con esa mujer, pero no le teme a nada.
—Tranquilas, si ella supiera, nos habría echado un mal de ojo.
—Pero Gilda, ella es mala.
—Ustedes son unas gallinas. Miren, tengo una cruz y la foto de mi madre, además de una botella de agua que robé de la iglesia.
—¿Cómo en las películas de vampiros? —exclama Fanny, sorprendida.
—¡Qué miedosas! —dice Gilda, burlándose, y agrega—: ¿Ustedes llevan las patas de conejo que les regalé?
—Sí, las tenemos. Pero, ¿esas patas de conejo nos ayudarán? —añade Angie.
—¡Claro! Son eficaces —y continúan hablando un poco más.
Es un buen día y la familia está en el garaje…
—Rosa, ¿metiste todas tus pertenencias en el carro de mudanza? —pregunta Antonia.
—Sí, todo.
La señora Carmen observa el jardín que tanto cuidó, mientras Antonia nota su nostalgia por los muchos recuerdos que quedan allí. Toma la mano de Jairito y mira a Gilda, quien muestra una expresión sombría, sosteniendo el lazo de Max que salta de un lado a otro.
—Sabes, aquí estuvo mi madre y me duele dejarla —dice Gilda a su amigo Máx, mientras acaricia al canino. Parece que él comprende la tristeza de Gilda, ya que lame su mano.
Don Alfonso se toma su tiempo y los recuerdos llegan cuando compraron este lugar con su primera esposa, llenos de sueños. Ahora, tendrían que dejarlo por razones de salud. Antonia se acerca y toma su mano.
—Querido, todo estará bien —dice Antonia.
—Lo sé.
Las horas pasan en el coche, todo es silencio y solo contemplan el paisaje. Máx ladra mientras Jairito juega con él. Gilda está muy pensativa, recordando todo lo que tuvo que dejar atrás, pero sabe que le esperan nuevas experiencias. Este pensamiento la reconforta. Luego le pregunta a su padre:
—¿Falta mucho para llegar?
—Un poco, hija.
—Tengo mucha hambre y además Max tiene que hacer sus necesidades.
—Papá, quiero un helado —dice Jairito.
—Claro, hijito. Lo que mi familia desee.
Estacionan y todos bajan en un restaurante-heladería. Don Antonio observa el lugar y busca una mesa donde sentarse. Una mujer no muy joven los saluda:
—¡Bienvenidos! ¿Qué desean? —Mientras les entrega la carta, los mira atentamente y agrega—: Ustedes no son de aquí, ¿verdad?
Doña Antonia responde amablemente: —No, señora.
Gilda mira a través de los cristales del restaurante, como si estuviera buscando algo. Una camioneta estaciona y bajan de ella la señora Carmen y la tía de Gilda.
—¡Por fin! —exclama el niño y corre hacia su tía para abrazarla. Ella lo levanta y se dirigen a la mesa.
—¡Qué lugar más bonito!
—Sí, claro, para ella todo es bonito…
—¿Qué dices, Gilda? ¿Y ahora qué te pasa? —exclama Antonia.
—Esta tiene orejas de elefante —se ríe Gilda y añade—: ¡Qué deliciosa comida!
La mujer los observa desde el mostrador. Cuando se disponen a salir, les dice: —Tengan cuidado en el camino.
Gilda se queda mirándola y responde: —¿Por qué? ¿Hay vampiros o fantasmas?
La mujer la observa y nota que la joven se burla de ella.
A medida que se acercan al lugar, vislumbran una hermosa casa.
—¡Hemos llegado, familia! —dice Alfonso.
Todos bajan de los coches.
—Hijos, no se alejen. No conocemos bien el lugar —grita Antonia.
El camión de mudanzas llega minutos después. Un hombre mayor los saluda:
—¡Bienvenido, señor! Señoras, les mostraré el lugar.
—Gracias, don Julio —responde Rosa.
Al entrar, comienzan a bajar las cosas que serán de la casa. Alguien los observa desde lejos. Gilda y su hermanito recorren el lugar, jugando con Max.
—Gilda, ayúdanos —le dice su padre.
—¡Uf! Qué fastidio, no pueden ver a nadie feliz —y ella se acerca.
Todo está en desorden, pero Antonia está feliz. La señora Carmen prepara café: —Señores, si necesitan algo, solo llámenme. Mi casa no está lejos de aquí.
—Gracias, don Julio —despide Alfonso.
Gilda está en su nueva habitación, organizando los afiches de su grupo musical favorito, mientras escucha un poco de música.
La noche cae y todos sienten el cansancio. Rosa mira y sale un poco al jardín; se percibe un aroma incomparable a campo, el sonido de los árboles y el viento acariciando su rostro.
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