La pregunta

"¿Dónde está Gilda?" es la pregunta que no tiene respuesta. Es lo que la policía investiga, y todo parece tan borroso porque la joven no tiene amigos o alguna persona que la conociera en el lugar.

En el cuarto de la chica, se encuentra su padre un poco mal de salud. La desaparición de su hija le trajo aún más quebranto de salud. Se ve que tiene que ser fuerte hasta que sepa qué pasó con su amada hija. Unos miembros de su familia se hacen presentes en el lugar para acompañarlos. Son semanas que se tornan meses y la nostalgia o quizás la impotencia son más notables en la familia de Gilda.

Son muchas las noches en vela, una y otra vez, el recorrido por el lugar parece común. La policía ha indagado a todos buscando a la mujer. En la vieja casa abandonada solo encontraron unos cuantos francos y ropa vieja, pero nada que les dé una pista. Las evidencias que tienen son pocas. Miran los libros que la joven tenía en el bosque donde la vieron por primera vez. Don Alfonso encontró a su hija y no hay nada que les pueda dar una pista.

Sumido en sus pensamientos, es cuando Antonia llena un vaso de jugo y toca el hombro de su esposo. Él la mira y ella nota más pronunciadas las ojeras y teme por su salud.

—Querido, tenemos que tener fe. Encontraremos a nuestra amada Gilda. ¿Sabes que tu hermana Rosa quiere contratar a un investigador? Es un buen amigo de ella.

Es cuando Rosa entra al lugar:

—¿Hermano, cómo te sientes? —preguntó.

—Como siempre, preocupado por mi hija —respondió él.

—Tengo seguridad de que mi sobrina está viva —dijo Rosa mientras abría las puertas de las ventanas.

Él la mira, queriendo saber lo que ella afirma con tal seguridad.

—¿Qué dices, querida? —preguntó.

—Sí, hermano, contrataré a un investigador. Es un buen amigo mío. Lo conocí cuando estuve en Londres el verano pasado. Con tu permiso, lo llamé hace tres días y me dijo que estaría mañana en las horas de la tarde. Tendremos que recogerlo y podremos contarle todo. ¿Te parece bien?

—Pero, ¿qué dirá la policía? —preguntó él.

—Eso lo dejo a ti, no creo que tengan problemas —respondió Rosa.

—¿Me acompañarás? —preguntó él.

—Claro, entonces no se hable más —respondió Rosa.

—Le daré indicaciones a la señora Carmen para que ordene los cuartos de huéspedes, porque vendrá con dos acompañantes: una mujer que es experta en lo paranormal y un experto forense —dijo Don Alfonso.

—¿Cómo se llama tu amigo? —preguntó Antonia.

Más Don Alfonso bromea, mira por los ventanales y dice:

—Está haciendo un día maravilloso, Antonia. Quiero tomar un poco de aire fresco.

Caminaron un poco, rodeados de árboles tan grandes como Gilda se refería y Max corre, llamándolo Alfonso, a lo cual el canino se devuelve, trayendo un pedazo de palo, como si quisiera escuchar algo que le diera un indicio de su hija.

—Tío, ¡espérenme! ¡Quiero acompañarlos! —gritó Pedro, que era un año mayor que Gilda.

Se dieron vuelta y esperaron un momento mientras el joven se acercaba.

El dialogar con el chico lo hacía olvidarse de su tristeza y hablaban de todo un poco. Era un joven muy inteligente que se llevaba muy bien con Gilda.

—Tío, me quedaré un tiempo más con ustedes. Lo hablé con mamá y ella estuvo de acuerdo.

—¿Estás seguro, hijo? —preguntó Don Alfonso.

—Sí, me daré un tiempo antes de entrar a la universidad —respondió Pedro, mientras Don Alfonso le echaba la mano por el hombro.

—¡Gracias, hijo!

—Tío, hagamos una carrera. El último será un gallina. ¿Qué dices? Vamos Max, le ganaremos al viejito —dijo Pedro emocionado.

Antonia se quedó un poco atrás cuando miró que algo pasaba. Se detuvo y miró con atención y emprendió nuevamente cuando una voz dijo:

—Mira lo que les haré.

Ella apresuró el paso y Don Alfonso, un poco agitado, dijo: —La salud no es lo mejor para mí.

—Tía, parece que hubieras visto un fantasma —dijo Pedro, preocupado.

—No, no me lo creerán —respondió Antonia.

—¿Qué pasó? —preguntó Alfonso.

—Querido, escuché una voz. Hace unos momentos me estoy volviendo loca —dijo Antonia.

Se miraron entre sí, ya que sabían que algo estaba ocurriendo en ese lugar.

Llaman en silbido a Max.

Ya en casa, piden un vaso de agua para Antonia. Entre tanto, Rosa les pregunta qué ocurrió. Mientras Antonia toma el agua, cuenta su experiencia. Pedro pregunta con insistencia a Antonia, pero ella solo les dice que oyó una voz que dijo: “Querida, mira lo que les haré”.

—No sé qué está pasando, avisaré a las autoridades —agrega Rosa.

—¿No te preocupes, Antonia, esto se aclarará? —dice Alfonso abrazándola.

—Tío, salgamos a mirar.

—No, ¡esperen!, está oscureciendo. Salgamos en la mañana. Por el momento, aseguremos bien las puertas —les dice Don Alfonso.

Reúne a su familia y les da instrucciones de que todos permanezcan dentro de la casa.

—Hermano, tengo mi arma —dice Agustín.

—Pedro, hijo, esto está mal, ya pasó mucho tiempo, o sea, que el psicópata está nuevamente. Quienquiera que sea —y se retiran a sus habitaciones.

Es en la comandancia donde les dicen que en la mañana, una patrulla se presentará en el lugar y todo está tranquilo. Pero Antonia se pregunta: “¿De quién era esa voz? ¿Quién es? ¿Quién tiene a Gilda?”

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