El Charcal

Analizan todo el diario de Gilda. Como también su teléfono, pero es normal; su contenido es apropiado para una joven de su edad. Lo que buscan es el otro dispositivo telefónico que Angie mencionó que tenía Gilda. Solo contenía lo básico de sus redes sociales. Han explorado alternativas, como los apodos que podría haber usado.

—Estoy seguro de que Angie y Fanny nos ocultan información. La pregunta del millón es: ¿por qué? — expresa Esteban. — El hecho de que Gilda amenazara a la señora Adelaida y a su hija…

 

Observan el pizarrón y el seguimiento minucioso de las pruebas.

 

En casa, todos continúan con sus vidas, lo cual según la recomendación de la psicóloga, es lo mejor. Sin embargo, no es sencillo; la incertidumbre se apodera de Alfonso cada vez que observa la habitación de su hija, y los recuerdos afloran, ya que debe ser fuerte por su familia.

Rosa y el detective Michael disfrutan de salidas juntos y son muy discretos al respecto. Conversan sobre arte, música y comparten una afición por el vino. Michael le relata su experiencia en Londres, incluyendo la visita a la torre del reloj y los museos, así como sus viajes en lancha por las mismas calles que Jack “el destripador” recorrió. Esto provoca cierto escalofrío en Rosa, pero Michael la guía a través de la belleza de la ciudad, sus paisajes y su gente. Habla también de las cenas en familia y de su compañero de trabajo, Esteban. Comparten anécdotas de su tiempo viviendo en España, donde aprendieron a hablar español. Michael aprecia especialmente la gastronomía, la arquitectura, las frutas y, por supuesto, la bandeja paisa. No se pierden la oportunidad de dar largos paseos y de disfrutar del café colombiano, conocido por su sabor distintivo. A Rosa le agrada la amabilidad de Michael y el aprecio que siente el inspector y sus colegas por él.

El análisis que Leyla está llevando a cabo de los libros y documentos de Gilda es exhaustivo. Recibe una llamada diaria, con el interlocutor afirmando que sabe dónde se encuentra la joven, a menudo haciéndose pasar por Gilda. Don Alfonso responde de inmediato, con el corazón latiendo intensamente. Un día, algo cambió:

—Sé que están grabando esta llamada, lo cual la hace más intrigante. — Alfonso mira al grupo presente en la sala y pregunta: — ¿Cómo sé que tienen a mi hija?

—Ella es una chica atractiva, lleva una cadena con un colgante y tiene varias pecas en el rostro. Sus ojos son claros, ¡y su cabello me encanta! — describe el interlocutor.

—¡¿Déjeme escuchar a mi hija?!

—¡Cállese! Solo quería que supieran que la tenemos y que no volverá a ustedes. — dice la voz masculina, ni tan joven ni tan madura.

—¡Por favor, devuélvame a mi hija!

Cuelgan la llamada.

¿Dónde está mi hija?

—Señor, colgaron.

Alfonso se toca la cabeza, Antonia lo abraza y Rosa no comprende el desconsuelo que sienten.

—Necesitamos calmarnos; lo importante es que se comunicaron después de todo. — dice Rosa.

—Pero era la voz de un niño; la distorsionaron esta vez. — dice Esteban y agrega: — Saben lo que están haciendo, y nosotros sabemos que ella está con vida.

 

—Se rastreó la llamada y la hicieron desde un viejo matadero que está a quince minutos — dice Leyla.

 

Sin pensarlo, las patrullas están en camino y parten.

 

—Estaremos en cinco — dice Michael.

Es un lugar que ha estado abandonado durante mucho tiempo; solo los habitantes de la calle pueden residir allí. La policía y los investigadores se encuentran en el lugar. En una pared corroída por la humedad, se encuentra escrito el mensaje “tengo a Gilda”. Usaron aerosol, y el envase quedó en el sitio. Los secuestradores sabían que los investigadores estarían allí. Recogen todas las pruebas para su análisis, mientras que los medios de comunicación hacen acto de presencia y cubren la noticia.

 

Días después, los análisis del envase de aerosol no revelan huellas ni evidencias. Es decir, cualquiera pudo haberlo comprado y utilizarlo para molestar a la familia o buscar fama.

 

Pasados unos días, regresan al lugar, pero esta vez de incógnito.

10:06 pm.

Los investigadores encubiertos cargan bolsas de basura y se mezclan entre los habitantes de la calle, que han encendido un fuego con basura para combatir el frío. Sin apresurarse, se les acerca alguien conocido como “el chacal”, como sus amigos le apodan. Los observa por un momento y les pregunta:

—¡Oigan, ñeros! Ustedes no son de aquí.

(Ñero o ñerito significa amigo, al igual que socio en el dialecto vulgar).

Pedro los estaba acompañando, había pedido que lo dejaran ir.

—¿De dónde son?

—De todas partes, la policía nos sacó de nuestra casa bajo el puente.

—¿Y qué traen de la muñeca? — dice el chacal, inclinando la cabeza para mirar. Ellos intercambian miradas.

Pedro les dice: — No, pero si ustedes me la venden.

 

El jíbaro los observa nuevamente y los rodea: — Estos canes no ladran, pero sí que soy el líder de toda esta jauría. Y ustedes son unos andrajos — y se aleja.

 

Pasados unos segundos, se acerca de nuevo para decirles: — No hablamos con desconocidos, pero ustedes me caen bien, mis ñeros. — El Chacal se sienta sobre un cartón y continúa —. Saben, pensé que usted — haciendo referencia a Michael — era el tipo que vino la otra noche. Ese man sí que tenía fajos de dinero y me pidió que comprara un aerosol.

—¿Qué tipo tan raro, y para qué? — pregunta Pedro.

—Yo le dije a la gata que lo comprara porque a mí me tienen miedo — y se ríe por unos segundos —. Saben, locos, ese sujeto sí que era extraño.

 

Ellos le preguntan a qué se refiere, pero el chacal continúa: — Es que dígame, mi ñerito, ¿quién en su sano juicio viene con tanta plata a un lugar como este? Y escribiendo no sé qué #%!& y dijo que nadie entrara en este lugar o nos empalaría, y le dije que quien jugaba con la muerte, seguro estaba en la onda perdida… La muerte viene esta noche.

 

Esteban pregunta: — ¿Y ese hombre viene con frecuencia?

—No, socio, ¿qué le pasa? Esa fue la primera vez, y estaba solo. Aquí con ellos no nos metemos, esos tipos de una te liquidan como a un perro.

—Entonces, ¿son varios? — pregunta Pedro.

—Pues, ¿qué le digo, socio? Solo hablé con aquel que escribió en la pared y luego realizó una llamada. Pero, ¿por qué hacen tantas preguntas ustedes?

—¿Qué? ¿Ahora piensa que somos delatores? — responde Pedro, actuando un poco.

—En fin, cara vemos y corazón no sabemos. Aquí todos se conocen, pero a ustedes no los conozco… — y el chacal se aleja, tambaleándose por los efectos de la droga.

El chacal es un personaje peculiar con ropa maloliente y sucia. Lleva un gorro cuyo color no se puede distinguir y un saco holgado, lo que contrasta con unos zapatos que aparentemente le quedan grandes y parecen pertenecer a otra persona.

 

Los infiltrados esperan que pase el tiempo y observan el lugar. En el nivel inferior, todo está oscuro, y se preguntan qué puede ocultarse en esa habitación, pero no se atreven a bajar para no levantar sospechas.

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