Temor y Miedo

Las manos de Pedro se levantan, pareciendo un poco temblorosas, mientras tanto la señora Carmen prepara un delicioso desayuno. El olor a café inunda la habitación y Alfonso está sentado en la mecedora leyendo un poco, mientras la música suena suavemente. Los cantos de los pájaros se mezclan con la fresca brisa que viene de lejos. En los corrales cercanos están las vacas y otros animales del lugar. Rosa baja apresurada y saluda:

—¡Hermano! ¡Partiré a recoger a mis invitados! ¿Quién me acompañará?

La mejor amiga de Gilda se ofrece: —Bueno, comeremos algo.

Todos están compartiendo los alimentos cuando Carmen le informa a Antonia que la policía ha llegado.

Ellos se dirigen a saludarlos:

—Señor Alfonso, ¿cómo está usted?, —pregunta el sargento Marcos.

—Bien, gracias, —responde Alfonso.

—Sargento Marcos, ¿quiere tomar un poco de café? —, ofrece Carmen mientras les brinda unas tazas.

—¡Gracias! —, dice el sargento, y se sientan en la sala. —Hemos sabido que la señora Antonia fue intimidada por unas voces que la amenazaron. ¿Es cierto?

—Sí, señor, —responde Carmen.

—Fue cuando estuvo por un instante sola.

—¿Qué es lo que ha escuchado?

—«Mire lo que les haré», —dice Antonia.

—¿Y cada cuánto que la escuchó, señora?

—Fueron dos veces. Tengo temor de que sean las mismas voces que escuchaba Gilda.

—¿Por qué cree que pueden ser las mismas?

—Porque en los últimos días de su desaparición, nos decía que escuchaba las mismas voces, —responde Antonia.

El sargento agradece por el café y les pregunta si pueden indicarles el sitio mencionado, y salen al lugar.

El temor de Antonia es evidente, Alfonso la coge de la mano para darle más seguridad. Caminan un trayecto, y es cuando ella les indica:

—Fue en este sitio.

Los policías miran y buscan pistas para saber si fue una broma que le hicieron a la señora, pero lo que hallan es la manilla de Gilda; ellos la recogen.

—¡Don Alfonso!, reconozco esa manilla. —dice Carmen.

—¡Es de mi hija! La regaló su madre… Era lo más preciado para ella, —grita.

Los policías siguen buscando, y se dirigen a la familia:

—Están dejando pistas como si quisieran jugar.

—¿Qué dice, sargento? —pregunta Alfonso.

—Lo mejor es que cambien de residencia —responde el sargento.

—No, no lo haremos hasta que no hallemos a mi hija.

—Su familia está expuesta.

—Lo sabemos, pero no dejaremos este sitio —responde el señor, y parten nuevamente hacia la casa.

Los días traen más incertidumbre sobre lo que le pudo pasar a Gilda. Los noticieros no dejan de reportar la noticia de la desaparición de la joven.

Los invitados de Rosa están en casa, hablan un poco con la familia en especial con Alfonso y Antonia, pero el miedo es inminente en cada hora que pasa y temen lo peor.

No obstante, las cosas parecen que se podrán poner más difíciles para la familia.

Los investigadores suben al cuarto de la chica y todo está como ella lo dejó. Miran minuciosamente y toman su computadora y iPhone. Las redes de la joven son normales, esto es de una joven de 16 años. La última llamada fue con un antiguo novio, todo un misterio.

—¿Qué piensan ustedes? —preguntó Marcos a los otros dos investigadores mientras miraban las pocas evidencias.

Lo que más le intriga a Marcos es que Gilda dejó rastros, como si quisiera que la encontraran.

—Pero ¿por qué causar tanto problema a su familia? ¿Qué clase de travesura era esta y quiénes la estaban secundando? —se preguntó en voz alta.

Angie, la mejor amiga de Gilda, interviene y les cuenta que ella hablaba mucho con una mujer que la llaman “la pecosa”:

—La vi en dos oportunidades cuando íbamos al parque a llevar a Max —dijo Angie, describiendo a la mujer de unos treinta años—. Gilda tenía una imaginación que daba miedo —agregó.

Le sugirieron a Angie que contara a los padres de Gilda lo que sabía, pero ella decía que no. Cuando le preguntaron acerca de los libros, respondió: —Estos son de ocultismo, señor.

El padre de Gilda dio permiso a los investigadores para buscar entre las cosas personales de la chica.

Laura, otra de las investigadoras, notó que los movimientos que la joven hacía y su escritura eran de otra persona que la suya.

—Es aún más extraño para los investigadores y la policía —comentó.

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