La Reunión de los 4.

—El tiempo pasa —es lo que dice la señora Carmen mientras habla con las otras mujeres.

—Jairito, ¿qué haces despierto? —pregunta Antonia con una expresión de preocupación en su rostro.

—Mami, no puedo dormir, extraño a mi hermana… ¿por qué no vuelve? —dice Jairito con una mirada triste y confundida.

Antonia lo alza y se dirige al cuarto del niño con una expresión de ternura en su rostro.

—Tía, ¿cómo estás? —pregunta Pedro con un tono de voz suave y preocupado.

—Hijo, tengo fe en que Gilda aparecerá —responde Antonia con una mirada esperanzada.

—Yo sé que mi prima volverá —dice Pedro con convicción en su voz.

Los días son tan largos y, al mismo tiempo, tan cortos para Alfonso, pero él se ha propuesto no rendirse. Con la ayuda de los investigadores, no escatimarán gastos para encontrar a su hija. El noticiero “La Hora de la Verdad” sigue minuciosamente cada paso de la desaparición de Gilda. En la nota periodística, se destaca el desarrollo de la primera noche: “La joven que residía en Medellín y que, debido a la salud de su padre, se han trasladado a La Dorada, sigue desaparecida". Como resultado, las llamadas de la comunidad son constantes. La familia decidió crear una cuenta electrónica exclusiva para Gilda, ya que la joven de 16 años se ha vuelto viral en Internet. Reciben numerosos mensajes de todas partes del mundo, pero los investigadores han aconsejado a su familia que sean prudentes, ya que eso ayudará a resolver el caso de manera más eficiente.

—Don Alfonso y doña Antonia, ¿podríamos hablar sobre una posible extorsión o secuestro? —dice el investigador a cargo, Esteban.

—Pero ella es solo una niña… —dice Antonia con la voz entrecortada, mostrando su preocupación y angustia en su expresión facial.

—Señora Antonia, debemos considerar todas las posibilidades. Lo que intentan hacer es desesperar a la familia. Estamos tratando con delincuentes que tienen todo bien planeado. Ustedes deben comprender que estos individuos carecen de sentimientos —termina de hablar Esteban, mientras los mira fijamente con ceño fruncido.

Los análisis realizados en la pulsera que encontraron no arrojan ninguna huella, es como si la chica nunca la hubiera usado. Timothy sugiere que existe la posibilidad de que sea solo una réplica de la original. El padre la toma con su mano derecha y la examina detenidamente; la marca que tenía son las iniciales del nombre de la madre, a quien busca en este momento.

—Estoy seguro de que esta es la pulsera de mi hija —dice el padre con determinación.

—Investigaremos a la mujer conocida como “la pecosa” —agrega Timothy con una expresión seria.

—El sargento Marcos nos está ayudando con el historial de Teresa Jaramillo, alias “la pecosa” —afirma Esteban, mientras toma una carpeta entre sus manos y la sostiene frente a ellos.

Sin la presencia de la familia, en la pantalla aparece la imagen de la mujer que estuvo encarcelada durante dos años por estafa y tráfico de menores, pero al final, el fiscal no pudo demostrar esos delitos. La persona que se hacía llamar “la pecosa” había asumido la custodia de su sobrino, quien quedó huérfano en España, y decía que era su hermano, llamado Armando Pizarro Jaramillo.

—Lo que sabemos es que el resto del tiempo el adolescente ha vivido con ella, así que debemos vigilarla, además de observar a las amigas de Gilda y las personas con las que se relacionó en los últimos seis meses. Necesitaremos sus correos, números de teléfono y también información sobre las tiendas y lugares que solía frecuentar —traza una lista en el aire con el dedo Esteban.

—Entonces nos encargaremos de la zona, señor —responde Timothy con una mirada decidida.

—Se requiere mucha discreción con las últimas personas que estuvieron en esta casa y con los vecinos. ¿Leila, han llegado los resultados de las huellas en los pendientes de la desaparecida?

—Aún no, señor, pero tenemos el número de serie del teléfono de Gilda.

—Y los informes de quién la llamó en las últimas dos semanas?

—Sí, también tenemos información de que su última llamada fue a una agencia de viajes con destino a México.

—¿Qué? Pero ella es menor de edad…?

—No para Latinoamérica, señor. Los boletos estaban a su nombre, pero la compra se realizó con una tarjeta de crédito a nombre de Omar Santiago Pérez.

Arman un esquema:

—Señor Alfonso, por favor, siéntese cómodo —dice Michael, invitándolo a tomar asiento.

—¿Su hija tenía algún viaje planeado? —pregunta Michael.

—No, ¿por qué? —responde Alfonso con desconcierto en su rostro.

—Mire esto… —dice Michael mientras muestra algo en su dispositivo.

La sorpresa del padre de Gilda es abrumadora y llena de temor, y finalmente dice: —Pero… ¿qué es esto? Mi hija no haría un viaje sin nosotros.

—¿Conoce a este hombre? —Michael le muestra una fotografía.

—No, ¿pero qué significa esto? —responde Alfonso con voz temblorosa.

—Señor, manténgase tranquilo, solo estamos investigando —dice Michael mientras guarda la fotografía en la carpeta.

Con una expresión seria, Esteban le pregunta: —¿Tuvo algún problema en su trabajo? Tal vez, ¿algún conflicto con algún cliente en los últimos años?

—No que yo sepa —responde Alfonso.

—¿Y qué hay de sus empleados? —continúa Esteban.

—No, confío plenamente en ellos —responde Alfonso con seguridad.

—¿Cuánto saben ellos acerca de su familia? —pregunta Esteban.

Alfonso se rasca la cabeza con las uñas de la mano derecha y responde: —Bueno, solo lo necesario, como le dije, son de confianza. ¿Por qué lo pregunta?

—Solo son preguntas de rutina —responde Michael, manteniendo una expresión neutral.

—Sí, comprendo —asiente Alfonso, mostrando su comprensión en su rostro.

—Le pedimos que reflexione sobre quién podría haber quedado insatisfecho en el último año —interviene Michael, inclinando ligeramente la cabeza hacia Alfonso.

—Lo único fue que estábamos defendiendo a la señora Erlinda Gómez en una disputa por los títulos de unas tierras que su hijo reclamaba como propios. Finalmente, se comprobó que la señora era la legítima beneficiaria. La única amenaza provino de su hijo, quien nos advirtió que nos arrepentiríamos. Ustedes saben cómo es esta profesión y los riesgos que conlleva.

—¿Lleva usted un registro de empleados? —pregunta Esteban con seriedad.

—Sí, lo tengo.

—¿Podría facilitarnos el expediente? —continúa Esteban.

—Claro, llamaré a mi secretaria —responde Alfonso, mientras realiza la llamada. Mientras tanto, la señora Carmen les ofrece una merienda a los investigadores.

Rosa y Jairito salen a caminar por el campo, mientras el niño juega con Max, su perro. Rosa solo espera descubrir dónde está su sobrina.

Todo es tan difícil de asimilar y ella teme por la salud de su hermano. Es entonces cuando toma la decisión de llamar a “la pecosa”.

—Jairito, ven, regresemos a casa —llama Rosa.

—Tía, quiero quedarme un poco más.

—Está bien, mi chinito —responde Rosa con una mezcla de resignación y cariño en su rostro—. Y el niño se sienta debajo de un árbol y pela una naranja. Rosa no puede evitar preguntarse: “¿Cómo estará Gilda? ¿Quién la tiene?” Max ladra insistentemente, y esa es la forma en que ella reacciona, mostrando preocupación y determinación.

—¡Jairito! ¿Dónde estás? —exclama Rosa, corriendo desesperadamente. Lo que encuentra no lo esperaba; es el vestido de Gilda. Rosa se lleva las manos a su rostro y no puede contener las lágrimas. El niño aparece y le pregunta:

—Tía, ¿qué le pasó a mi hermana?

—Ven, hijo —lo toma de la mano y se aleja un poco.

Los pensamientos no dejan de revolotear en su mente.

—Hijo, ven —y lo aleja.

Llaman a la policía. En minutos, aparecen los detectives en el lugar y dan la orden de que nadie mueva las evidencias. Sacan fotos mientras observan el vestido sucio y rasgado. Los policías llegan, mientras Adrián realiza el levantamiento de la prueba, la cual es enviada a los laboratorios. El padre de Gilda está pálido, imaginando un sinfín de cosas que le pudo haber sucedido a su hija. Ellos intentan tranquilizarlo.

—¿¡Señores!? —pregunta el padre de Gilda—. ¿Qué le pudo haber pasado a Gilda?

—Señor, sería muy prematuro concluir algún resultado. Tenemos que esperar los análisis de la evidencia —responde Michael.

Una hora después, se reúnen con el inspector:

—¿Qué opinan ustedes, señores? La seguridad es que no hubo violencia, pero esta prenda estaba puesta hasta hace poco, por el color —señala la foto.

—Lo que pude evidenciar es el lenguaje de lo que quieren que entendamos. Es de forma profesional; la posición de la prenda es como si la hubieran colocado meticulosamente —responde Leila.

—¿Qué quiere decir, señorita?

—Que es una persona que sabe de arte.

—Investigaremos a los artistas que han visitado esta ciudad —responde Michael.

—Entonces tenemos que esperar los estudios de análisis —dice el inspector.

—Pero ¿están rasgados? Esto demuestra que no hubo violencia cuando se lo quitaron. Al parecer, lo rasgaron a propósito —les dice Esteban y luego señala—. Miren la posición de la evidencia.

—Pero ¿qué hay del viento y el tiempo? —agrega el inspector.

—Señor, según el lugar donde se encontró la evidencia, la corriente de aire y lo estrecho del espacio, la prenda no pudo haber tenido mucho movimiento —agrega Esteban

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