Un día más en que Gilda se esconde en un baño de agua fría. Sabe que lo que busca le podría causar dolor, pero eso se dice a sí misma. ¿Qué le preguntaría a su madre? Cerrando sus ojos, deja que el agua le caiga sin moverse. Solo quería escucharla. No desea que los recuerdos de ella se borren. Las lágrimas se confunden con el agua que cae. «Y si solo la pecosa juega con sus sentimientos...» Cerrando la llave de la ducha, vuelve a pensar: «Pues más le valdría que no lo haga». Sacudiendo su cabeza, se pone una toalla para secarse el cabello mientras se viste. «La pecosa no me haría eso. Menos mal que Angie me acompañará». ¿Qué dices, mi querida anciana? ¿Tú estarás, ¿verdad?
Tocan a la puerta:
—Gilda querida, date prisa. Tu padre quiere hablar contigo antes de que salgas para el colegio.
—Sí, ya salgo. Dame un momento. —Echa unos cuantos libros y corre.
El padre lee el periódico mientras su hermanito desayuna.
—Hermanita, date prisa. Hoy tenemos prácticas del campeonato.
—Mocoso, eres el mejor niño. Esos tontos no son como tú.
—Gilda, ¿qué son estos modales?
—Papá, es la verdad.
—Hija, sabes que pronto te graduarás y queremos hacer una cena especial. Puedes invitar a tus amigos.
—¡Uy! Papá, estás regalado.
—Espero que te despidas pronto, nos mudaremos de casa. Toma un poco de jugo.
—Papi, esta tarde iremos a la biblioteca. Llegaré tarde.
—¿Con quién irás?
—Con Angie, Fanny y otros del grupo.
—Ten cuidado, necesitas dinero.
—Sí, papi. —Saca una suma de dinero y se lo da. Ella sale corriendo, tocando la cabeza de su hermanito.
—Chao, pequé. Hasta pronto, Antonia.
—Cuídate. —Seguro.
—Por lo que vemos hoy, Gilda está de un buen humor —dice Antonia, con una sonrisa.
—Querida, saldremos a hacer unas compras. Tengo el día libre y luego pasaremos por Gilda a la biblioteca.
—Hijo, apúrate.
—Sí, mamá.
Carmen habla con Antonia:
—Antonia, ¿has notado que Gilda ha estado actuando extraño últimamente? Parece que está escondiendo algo.
—No estoy segura, Carmen. Pero sí he notado que ha estado muy callada y distante.
—Temo que algo malo le haya pasado. ¿Crees que deberíamos hablar con ella?
—Tal vez deberíamos darle un poco de espacio y tiempo. Si algo la está molestando, lo más probable es que lo confíe con nosotras en cuanto esté lista.
—Tienes razón, Antonia. Esperemos a ver si ella se siente cómoda compartiendo con nosotras. Solo espero que no sea nada grave.
—No te preocupes, Carmen. Siempre estaremos aquí para ella.
—Escuché a la señorita Gilda hablando sola y le decía que hoy sería un día especial mientras limpiaba la habitación. El otro día encontré unos cigarrillos y unas flores negras.
—¿Dices que ya está fumando? ¡Ay no! ¿En qué está metida esa muchacha? A mí no me gusta su amistad con esa mujer que le dicen “la pecosa”. Hablaré con mi esposo.
—Señora, sabes que he estado con ella desde que tenía dos años y esto me preocupa.
—No debes hacerlo, y gracias por estar pendiente de ella.
Ya en el coche…
—Querida, ¿qué opinas?
—¿Qué? ¡Disculpa! No te escuché, ¿qué te sucede? —Mientras maneja, hablan—. Es que la señora Carmen me comentó que encontró cigarrillos y flores negras en la habitación de Gilda, y que no es la primera vez. Esto me preocupa.
—Hablaré con ella.
—Pero, querido, tenemos que ser muy prudentes con ella. Sabes cómo se puso la última vez cuando se quedó en casa de su tío y los problemas que causó. Además, sigue hablando sola.
—Querida, el psicólogo dijo que esto pararía, y además toma su medicación.
—Sí, pero me preocupa que ella tome la medicación y que esté fumando. Puede volverse adicta.
—Tendré una charla con ella. Querida, no te preocupes. Sabes cómo está tu salud. —Él toma la mano de ella y la mira con ternura—. Mi hija no podría tener una mejor madre.
En la puerta del colegio, Angie espera a Gilda. Cuando la ve, le grita:
—Hormiguita, ven. ¿Por qué no estabas en clase?
—Sí, estuve en clase, pero no quiero que de repente nos estén vigilando. Sabes que mis padres son muy protectores —responde Gilda mientras descarga su maleta en el suelo. Luego dice—: ¿Sabes quién nos acompañará? La miedosa de Fanny… ¡sí, la misma! Ustedes grabarán todo.
—Pero a mí esas cosas me dan miedo, amiga.
—¿Qué dices? —responde Angie con sorpresa.
—Ustedes serán testigos y además mi madre te conocía, tendrá confianza.
—Pero, Gilda, han pasado muchos años desde que tu madre murió, y ha cambiado, es posible que no se acuerde de mí y me trate mal.
—¿Qué dices? Eres como una hermana para mí, y también conoces a Fanny.
—¡Hola chicas! ¿Listas para hablar con los difuntos? —Habla Fanny, quien no se quita lo vanidosa.
—Mi madre no es un difunto, y si hablas mal de ella te enfrentaré.
—Amiga, sabes que lo digo para molestar.
—¡Cállate de una vez!
—Angie, ¿tienes miedo? —le pregunta Gilda a Angie para disimular el regaño que le ha dado.
—¿Quién crees que soy? ¡La mejor! Ni una araña me asusta.
—Pero en el laboratorio no pudiste acercarte ni a uno de los ratones.
—Es que son tiernos, y eso se llama maltrato animal.
—Díselo al profesor.
—Ya dejen de tonterías y vamos, chicas. Nos esperan en casa de "la pecosa" —responde Gilda.
—Será más bien a la casa del terror —agrega Fanny.
Gilda la mira y piensa casi en voz alta: «Veremos qué harás cuando te eche la anciana por burlarte».
—¿Cuál anciana? —pregunta Fanny, acercándose a ella.
Angie le responde: —Es la amiga secreta de Gilda.
—¿Cuál amiga?
—Ya lo sabrás…
En casa…
«Qué bueno encontrarme con mi familia» —hermano, ¿cómo has estado? —Sentándose, comparten un buen café mientras hablan de todo.
—Y ¿dónde está mi sobrina?
—Sabes que ella está en las pruebas finales del colegio. Está con el grupo de amigos en la biblioteca.
—Espero verla. Le traje unas cosas que sé que le gustarán.
—Tía, ¿a mí me trajiste algo?
—Hum… déjame ver.
Ella se acerca al niño, que la mira con la ternura de su edad.
—Para mi niño, una sorpresa.
Y toma un paquete, rompiendo el papel. El niño grita: —¡Wow, tía! Es lo que quería. (Un saco con la figura de su superhéroe favorito). Mira, mamá, papá.
—Hermana, los consientes mucho —dice Alfonso.
—Y para ustedes también hay.
—Pero ¡qué hermosa pluma! ¡Gracias, hermana!
—Mira, cariño, son unos pendientes hermosos. Gracias, cuñada —dice Antonia.
—Y para ti también, Carmencita.
—Gracias, señora. Es la tela más bonita. Mandaré hacer un buen vestido.
—Ven, Rosa, tu habitación está lista. Descansa, que en unas horas cenaremos. —Antonia invita a Rosa con gesto acogedor y la dirige hacia su habitación. Rosa descarga sus maletas y mira por los cristales. Es una tarde apacible.
—Hola, Gilda, ¿cómo estás? —saluda una de las jóvenes.
—Bien, amiga —responde Gilda.
La pecosa saluda a las otras jóvenes de manera similar.
—Quiero que antes de invocar a tu madre hagas una promesa.
—¿Qué tipo de promesa? —pregunta Gilda.
—Cuando se te requiera, estarás dispuesta a devolver el favor.
—Claro —responden mirándose entre ellas.
—Lo que pase aquí, se queda aquí —dice la pecosa con tono amenazante.
—Entendido.
—Si contestan, entonces Gilda, ponte esto —le alcanza una túnica blanca.
Luego, les hace tomar un líquido rojo. Por el gesto que hacen las chicas, se evidencia su amargura. Esperan un momento. Fanny ha dejado su teléfono grabando.
—Síganme.
Descienden por las escaleras hacia un cuarto que se encuentra en la parte inferior.
—No hablen hasta que se les indique —precauciona la pecosa con sus órdenes.
Las jóvenes se sienten un tanto mareadas mientras la puerta se abre y unas personas las saludan.
—Sigan, todo en el lugar está oscuro.
Ellas avanzan y la pecosa les dice: —Denme la mano.
Gilda da un paso adelante, aunque tiembla, pero sigue todas las indicaciones. Una voz interior del cuarto llama a la pecosa.
—¿Esta es la chica?
—Sí, señora.
Las otras chicas caen al piso, perdiendo la conciencia. Se pronuncian palabras en latín y unas voces suenan.
—¡Gilda! ¿Me has llamado? —la chica está estática, sin poder reconocer bien de quién es esa voz—. ¿Hija, me has llamado?
—¡¿Madre, eres tú?!
—¿Cómo no puedes verme? Gilda, sabes cuánto te amo.
—Madre, déjame tocarte.
—No puedes…
—Mamá, ¿por qué me dejaste?
—Era necesario. Hija, tendrás que cumplir una labor.
—¿Qué dices? ¿Qué labor?
—Lo sabrás a su tiempo.
—¿Por qué dejaste que Antonia ocupara tu lugar? Me haces falta.
—No hables como una niña pequeña, solo obedece.
La pecosa jala a Gilda: —Ven, no preguntes más.
—Pero, ¿cómo sé que era mi madre si no la vi?
—Tienes que confiar en mí, Gilda —dice la mujer que da instrucciones a la pecosa. Esta última debe sacar a la chica de allí, y Gilda cae inconsciente al suelo.
......
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