Las etapas por las que estaba pasando Gilda no eran fáciles. Se sentía incomprendida desde que había fallecido su madre y había ganado unos kilos. Su padre se preocupó por ella y la llevó al médico, quien le recetó vitaminas y una dieta equilibrada. Además, Gilda se había hecho unos piercings en la nariz y no toleraba las críticas. A pesar de tener varios problemas, era una buena estudiante.
Durante una conversación con su primo, resaltaron su experiencia en el cementerio en la noche del 31 de octubre y contaron el miedo que sintieron. Todo era nuevo para Gilda, quien lo anotaba en su diario, el cual ocultaba detrás de un cuadro. Su expresión facial reflejaba desconfianza, creando la imagen de una chica fría y calculadora.
Angie advierte a Gilda que debe tener cuidado, ya que ha escuchado que la pecosa tiene mala reputación:
—Esa molesta Antonia y mi tía son irritantes…
—Pero amiga, ellas solo buscan lo mejor.
—¿Qué dices? ¿Que soy el tipo de niñita que se queda en casa y hace lo que dicen los adultos?
—No te enojes, amiga. Cuéntame mejor, ¿qué pasó con tu ex?
—¡Um! Ese tonto se la pasa mandando mensajes. Mira, te mostraré… —en su teléfono hay muchos mensajes con motivos cariñosos.
—Déjamelo ver…
—Sí, es un bruto.
—Entonces, ¿por qué lo invitaste a tus cumpleaños?
—Mi amiguita, te dije que él me los pagaría. Él me debe tener miedo y todo aquel que se quiera burlar de mí.
—O sea, Gilda, ¿fuiste tú quien le cortó el cabello a Maira Alejandra?
—Sí… La esperamos y en el callejón le pusimos una bolsa y le corté el cabello. Al día siguiente le envié las mechas que le quité a su casa.
—Por eso no volvió al colegio, sus padres la inscribieron en otro… ¡qué mala eres! —y se ríen sin parar, lanzándose unos cojines entre ellas.
Don Alfonso cierra el trato de compra de la nueva casa con la esperanza de que este cambio sea bueno para su familia. Tiene fe y compromiso hacia sus hijos y su amada esposa. Ha organizado todo minuciosamente en caso de que ocurra algo, pues es un hombre muy precavido. Su única preocupación es que su princesa, Gilda, sea feliz, aunque no ignora los problemas que ella representa. En varias ocasiones, la ha observado sin que ella se dé cuenta, y en sus pensamientos habla con ellos. Nota cuánto se parece a su madre, con sus ojos claros y su risa. Aunque sabe que la ha consentido un poco, cree que todo cambiará a medida que ella crezca. Toma sus pastillas, las acompaña con un poco de agua, extiende sus manos y mira los documentos de varios clientes. Ser un buen abogado le ha llevado al éxito, pero las amenazas que le hizo don Pedro, dueño de unos hoteles, le han hecho perder unos cuantos miles de su dinero. Este hombre de constitución gruesa, con una sonrisa sarcástica y un vestuario que no pasaba desapercibido, luciendo cadenas de oro y conduciendo una ostentosa camioneta de cuatro puertas negra, no escatimaba en mostrar su riqueza. Algunas veces, cuando los niños de la calle se acercaban a él, sacaba unos billetes arrugados de baja denominación de su bolsillo y se los daba para que cuidaran su carro. La derrota en el pleito había ocasionado que el hombre perdiera unos cuantos miles de su mal habido dinero debido a la acusación de aquella mujer de que su esposo murió en uno de sus negocios. Esto desató la ira del hombre y así fue como la amenazó. Han pasado varios años desde aquel incidente, y aunque son los riesgos que él sabe que tiene, ha pensado en comprar un carro para Gilda como sorpresa.
Don Alfonso toma los documentos y llama a su compañero de negocios. Un rato después, su hermana Rosa lo llama.
—Rosita, ¿cómo está mi hermanita? Gracias por el tiempo que pasarás con nosotros y por ayudar a Antonia con los arreglos del cumpleaños de Gilda. El pequeño está bien, te extraña, sabe que eres la tía consentidora. Además, nadie puede resistirse a esos deliciosos postres que preparas. Hermanita, también te queremos y te esperamos.
En otra parte…
—Amiga, ¿sabes que La Pecosa me dijo que me espera en su casa esta tarde? No sé, creo que es para una sesión… para invocar a mamá.
—Gilda, ¿no tienes miedo?
—No es cualquier espíritu, es mi mamá. Angie, acompáñame.
—¿Qué dices?
—No seas tonta, si quieres te quedas afuera. Solo quiero que ese idiota de Armando no me vea sola.
—Está bien, lo haré. Pero ¿qué les dirás a tus padres?
—A ver, hormiguita, tú me acompañarás. Les diremos que tenemos un trabajo en la biblioteca y ya está. Sabes lo importante que es hablar con mamá.
—Sí, lo sé, amiga. ¿Y tu primo irá con nosotras?
—¿Te gusta mi primo? ¡Uy!
—¿No sabías que estoy enamorada del profesor de artes? Es todo un galán.
—¿Quién diría que a la amiguita le gustan los hombres mayores, eh?
—Solo tiene 26 años, boba.
Angie mira a su amiga de la infancia y la empuja para salir corriendo por las escaleras.
—¡Chicas, tengan cuidado! —exclama Antonia preocupada.
—Disculpe, señora Antonia. ¿Cómo está usted? —pregunta Gilda.
—Estoy bien, Angie. ¿Cómo están sus padres?
—Están bien, señora. (Hmmm) Gilda, no se te olvide que tenemos que ir a trabajar a la biblioteca.
—Claro. —responde Gilda.
En ese momento, suena la puerta. Gilda se dirige a la cocina y busca un vaso de jugo. Antonia la sigue.
—Señora Carmen, hoy tengo mucho apetito. Podría comerme un elefante. —dice Gilda.
La mujer la mira con curiosidad, preguntándose qué le pasa.
—Señora Antonia, la habitación de la señorita Rosa está lista. —informa la chica de servicio mientras saca unas galletas y se retira.
—Señora, la joven parece muy contenta…
—¿Será porque llegó su tía? —pregunta Antonia.
—No lo creo, ella no se lleva bien con la señora. —responde la mujer de servicio.
—¿Qué dices? ¿Sabes algo?
—No lo sé. Solo deseo que la señorita esté de buen humor. Eso sería como ganarse la lotería.
—Ya sabes cómo son a esta edad. Un día están felices, otro día están tristes y amargados. No era así en nuestros tiempos. —comenta Antonia mientras se marcha de allí con una taza de café en la mano.
¿Qué le esperaba a Gilda dentro de su mundo de juego de ajedrez? Los ritmos que le dan tonalidades a la vida de una adolescente, en los paralelos que marcan su día a día, son complicados. Caminando, no se enfrentan a desafíos más grandes de los que envuelven, como las cuerdas de una telaraña. Buscan una solución que se pueda reflejar con toda la información que se les ofrece en un laberinto de demandas del cual no encuentran salida.
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