Llueve y hace un poco de frío, pero las labores en el lugar no se hacen esperar. Se escucha la voz de Antonia: "¡Gilda, el desayuno está servido!" Gilda da unas cuantas vueltas en la cama, se incorpora y se tapa más. "No tengo ganas de nada", piensa en lo ocurrido la noche anterior. Recoge un poco su cabello, toma su teléfono y se da cuenta de que los mensajes de Armando son muchos. Ella los elimina. "¡Qué imbécil, pero la venganza es dulce y más con esa tonta!", piensa ella. "El desayuno se enfría, baja Gilda", grita nuevamente Antonia. "¡Qué fastidio tener que escucharla! ¿Por qué no me dejan en paz? Debería desaparecer...", piensa Gilda mientras se levanta y baja al comedor. Se sienta en la mesa y sus padres la miran. Ella hace como si no existieran. "Hija, ¿cómo la pasaste anoche en la fiesta?", pregunta Alfonso. Ella toma un poco de jugo, mientras tanto, Antonia la mira. El niño juega un poco con su mascota y ella grita: "No te puedes quedar quieto ni por un instante". "¿Qué te pasa, hija?", dice el padre con gran extrañeza. "Nada". "Gilda... ¿Hija, te sientes bien?", pregunta su madrastra. "No quiero que me pregunten nada y menos usted, Antonia", dice enfurecida Gilda, y piensa: "Se cree mi madre". Se levanta bruscamente y se dirige a su cuarto. "¡Qué día! Quiero dormir", piensa. El padre sube a su habitación y le llama la atención: "Qué grosera eres, Gilda. No era la forma en que debías contestarle a Antonia. Ella solo quiere lo mejor para nosotros". "¿Por qué lo dices, papá? No pedí que te casaras. Sabes que lo único bueno que tengo es a mi hermanito". "¿Qué te sucedió anoche?" "Nada", dice Gilda, tirándose en su cama. "Sabes, hablaré con la tía de Armando". "¿Armando? Ay, no..." Antonia pregunta qué le sucede a Gilda. El padre no se explica el cambio de temperamento de la chica. Minutos después, en su habitación, Gilda solo sabe que tiene que evitar que su padre hable con la madrastra. Se dirige a donde se encuentran sus padres.
—Puedo hablar con ustedes…
—¿Qué tienes que decir, hija? —pregunta el padre.
—Papá, no debí contestar como lo hice. Lo siento.
—Antonia, perdóname hija. Sabes que cuentas con nosotros y aunque no soy tu madre, quiero lo mejor para ti.
—Lo sé, solo que las pruebas de este año me tienen un poco preocupada. Quiero tener un alto puntaje para la universidad. —Gilda abraza a su madrastra— Eres muy inteligente.
Ella solo quiere evitar que sus padres sepan en realidad lo que le preocupa, es por ello que Gilda juega un poco con ellos; sabe manipular.
—No se hable más, descansa hija que tenemos que mirar la casa donde viviremos, ¡te encantará!—dice Alfonso.
Ella con una sonrisa sarcástica sale del lugar y se dirige al balcón. Llama a su amiga Angie:
—China si te llama papá, dile que la fiesta estuvo buena y que me porte súper… ¡Como todo un ángel! —soltando la risa, lo dice Gilda.
—¡Bueno! Amiga, ¿cómo estás?
—Triste y enojada con ese estúpido de Armando, él me la pagará; el desquite es mucho mejor.
—Pero amiga, ¿no crees que tus padres no merecen que te portes así?
—¡Ay! Pero qué te pasa? Ya estás hablando como mi tía. Sabes, le devolveré todo lo que el idiota me regaló pero vuelto pedazos.
—No se te olvide que es hermano de la pecosa.
—Eso no me importa, ella me quiere y confío en ella, no como mis padres que me dieron un sermón.
—Pero ellos te quieren.
—Sí, pero no me importa. Hablemos de otra cosa…
Antonia insiste en que tienen que hablar con la tía de Armando: “Por la actitud de Gilda lo haremos, querida. La llamaré”.
La pecosa está sentada, fuma un poco mientras piensa: “Esta es una mujer astuta y sabe que Gilda tiene todo lo que ella quiere para sus planes. Esa chica es como yo en esa edad, y como mis padres tuvieron que pagar, pobrecitos, tenían que morir quemados en ese fatal incendio, pero qué bien que se lo merecían" y se toca una cicatriz en su brazo. “Solo pude salvar a mi hermanito Armando, gracias a mi abuela que nos mantuvo en su casa y nos dejó todo lo que tenía, pero la vieja murió…” y estira un poco sus pies, refregando un poco de cansancio. A su vez, piensa en lo que le dijo a Gilda: “Que era posible que hablara con su madre. Pero antes de esto, ella tiene que pertenecer a nuestra orden y demostrar que es merecedora”.
La pecosa se levanta y camina, bajando a un sótano. Al abrir la puerta, siente el frío y la humedad del lugar. Se pone una túnica púrpura y se arrodilla para pronunciar algunas palabras. En ese momento, la señora María la llama:
—Señora, tiene una llamada.
Ella siente mucho terror y espera a que salga la pecosa, entregando el teléfono:
—Señora, habla con el padre de Gilda.
—Señor, qué placer escucharlo.
—Señora, ¿cómo está usted?
—Bien —ella sabía que el padre de la chica la llamaría, y antes de que dijera otra palabra, ella dice—: Señor, qué hija tan hermosa tiene usted.
—Gracias, señora.
—En cuanto a Gilda, ella se la pasó con el grupo de sus amigas. Ya sabe, los jóvenes quieren que no se metan en sus mundos. Quieren su espacio, pero se portaron muy bien.
—Era lo que quería saber…
—¿Tiene algún problema, don Antonio?
—No, en nada. Solo quería saber cómo se portó mi hija. Ella es todo un sol.
La mujer camina hacia el espejo y se arregla las cejas mientras se da cuenta de que su labial se ha corrido. No le importa lo que el padre de Gilda pueda decir.
—Buen día, señora. —saluda el padre de Gilda.
—De igual manera. —responde ella antes de colgar.
En casa, el padre de Gilda comenta:
—Sabes querida, esta mujer me dejó extrañado. Parece que sabía lo que le preguntaría. Solo dijo que Gilda es un ángel.
—No sé por qué te preocupa tanto, querido. —responde Antonia.
—No es eso, es la forma en que lo dijo. No permitiré que Gilda visite la casa de esa mujer. No me da confianza.
—Como buen abogado, siempre estás analizando los casos. Voy a traerte un buen café. ¡Ah! Tu hermana llega mañana y nos acompañará.
Mientras tanto, la pecosa busca unos documentos en el escritorio y llama a Gilda:
—¿Cómo estás, mi niña?
—Bien, arreglando algunas cosas que llevaremos a nuestro nuevo hogar.
—Tu padre me llamó y hablé con ellos, pero no te preocupes, quedó tranquilo.
—Sabía que Antonia no dejaría las cosas así, siempre metiéndose.
—Pero tranquila, mi niña, tu padre sabe que eres un angelito con cachos y se ríe.
—¿Y qué hay de mi hermano? ¿Le darás otra oportunidad?
—No, es tu hermano, pero nada conmigo. —responde Gilda frenéticamente.
—Pero él te quiere.
—No quiero volver con él.
—Respeto tu decisión, no quiero que esto afecte nuestra amistad.
—En nada, eres la mejor.
—¿Recuerdas que te prometí que hablaría con tu madre?
—Sí, es lo que más deseo en el mundo.
—¿Estás dispuesta a pagar el precio?
—No me importa lo que tenga que hacer.
—Te llamaré de nuevo el martes, es el día más seguro para que tu madre nos visite.
—¡Ah! Es la mejor noticia —grita Gilda.
—Pero no le dirás a nadie, es un secreto y debes tener paciencia con tus padres. En este momento, no me importa nada más.
Cambiar de rostro para ella es como ver salir el sol nuevamente. Gilda es el tipo de adolescente que no le teme a nada. Escuchando música, organiza su cuarto y llama a Angie. Quiere salir al centro comercial para mirar el vestido que usará en sus dulces 16 y para saber qué carrera estudiará en la universidad.
Antonia la hace saber que su tía Rosa llegará y que tendrán que recibirla. Gilda piensa: “Qué mal, otra que tendré que aguantármela, pero estoy feliz y no importa quién llegue”. En ese momento, su teléfono suena y es su primo Pedro. Mientras Antonia prepara todo, la pecosa idea todo lo que habló con Gilda y va donde está Armando.
—Olvídate de ella, la embarraste. —dice la pecosa.
—¿De parte de quién estás hablando? —pregunta Armando.
—Eso no se pregunta. Lo sabes que te quiero, pero esa chica te traerá problemas.
—Sabes que ustedes se parecen mucho, mi pecosa, en lo locas que son.
Tirándole un cojín, él sale corriendo.
Conversan Pedro y Gilda:
—Primita, ¿es verdad que tu noviecito te puso los cuernos?
—¿Qué dices de novio? No faltan los chismosos, pero por favor, no le digas nada a mi padre. Sabes que está mal del corazón.
—Tranquila, no saldrá nada de mi boca.
Gilda sabía que su padre le había prohibido frecuentar la casa de la pecosa. Lo tendría en secreto.
—Gilda, no te aproveches de mis tíos. Tarde o temprano lo sabrán.
—¿Qué se lo dirás?
—¿Qué piensas que soy un chismoso? Ten cuidado.
—Me hablas como mi padre. Qué aburrido. Más bien, veremos una película. Nos acompañará Angie y su hermana.
Antonia aparece y le dice a la chica:
—Gilda, ¿nos acompañarás a recoger a tu tía? —se acerca a la puerta.
—No, tengo que hacer unos trabajos y ya sabes que son muchas las tareas.
—Está bien, hija. Iremos con tu padre y tu hermanito. Ten cuidado no te tardes.
—Seguro, Antonia. Besos a mi tía.
«¿Qué ropa me pondré?», piensa Gilda. Sobre su cama tiene varias opciones y elige lo que se pondrá. Ella desea que llegue el martes, pero necesita una buena excusa y sabe que Angie le ayudará. Las mentiras eran como una fuente, cada vez se llenaba más. ¿Pero por qué esto no le importaba? La furia llenaba su corazón. Leía varias veces los libros que la pecosa le había regalado, y lo oculto la fascinaba, sin saber que esto sería su peor pesadilla. Que creyeran que estaba loca no le importaba y hablar con el psicólogo no era un problema. Era la típica chica que, cuando alguien no le caía bien, se la montaba. Le tenían miedo, terror era lo que la conocían decían de ella, pero con su hermanito era la más cariñosa y consentidora. No había nada mejor en la vida de Gilda antes de que su padre se volviera a casar. Él era su inspiración, su adoración. No le perdona a su tía que su mejor amiga se hubiera casado con su padre. Ella era profesora, pero cuando quedó embarazada de su hermanito, todo cambió. La enfermedad de su padre formó un caos en su vida. No podía entender todo lo que le acontecía. Miraba una y otra vez las fotos de su madre y lloraba. Era desconfiada, pero contaba con su amiga Angie. Pero era de su misma edad, por eso miraba como una ayuda a la pecosa, con quien se sentía comprendida. El grupo de amigas con las que compartió eran todas unas locas. Quería a su padre, pensaba que él había traicionado el amor que le tuvo a su madre. Sabía que Antonia era una mujer muy guapa, pero no quería compartir el cariño de su papá. Sabía cuánto le costó a su padre estar sin su madre y el amor que le tenía.
Mira la imagen de su hermanito muy pequeño cuando comenzó a caminar, cómo lo tomaba de sus manitas y lo paseaba por su habitación dejando que jugara con los peluches que tenía coleccionados, muchos de ellos que traían cuando viajaban. Pensaba que cuando se cambiaran de lugar, sería muy difícil de asimilar. Por ello, su amiga pediría permiso a sus padres para acompañarla un tiempo. Eran conocidos de su familia y buenos amigos de sus padres.
Las invitaciones a sus 16 años serían solo para los más cercanos, entre ellos estaría su exnovio Armando y la pecosa. Las voces que escuchaba en repetidas ocasiones la llenaban de temor, pero en particular con una; le decía “la anciana”. Sentía confianza con ella y le contaba todo lo que le pasaba, pero tenía que dejarle un regalo cada vez que aparecía, unas flores negras y agua. Para ella, no era impedimento. Le contaba a Angie del espíritu que le habla, pero ella se burlaba y la tomaba en broma, cosa que le sacaba el genio. Le comentó a Angie que invitó a su amigo, el espíritu la anciana, solo la escuchó decir que miedo con espíritu a bordo. Esto será todo un cumpleaños fuera de serie. Todo lo que ella pensaba: «soy una alma libre».
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