Al día siguiente, ella le pregunta a su padre ¿dónde las conoció? Y sin obtener respuesta, mira por la ventana, trayendo a memoria lo acontecido.
—¡Buenos días familia! —Dice la chica, mientras estira sus manos arriba.
Tomando un poco de jugo, Alfonso la ve, luego comenta sobre el clima, y de la visita que harán al pueblo.
—Tía… ¿Crees que haya brujas en este lugar? Es decir, ¿si hay espíritus malos que buscan la forma de comunicarse?
—Niña, solo es especulación que dicen por los corrillos. —Responde la señora.
Eran esos libros que Guilda habría consultado en muchas de las veces, hechos paranormales, lo místico, era para ella como la ciencia de las matemáticas, como la ley de la atracción, era eso interesante que no tenía objeción alguna por saber más.
—Tía, saldré a caminar.
—Ten cuidado, ¿escuchaste a cerca del mal tiempo?
—¡Seguro! —Y se aleja.
La curiosidad le inquieta por aquel lugar, la casa que está junto al puente llama su atención, y da pasos suaves para que nadie las pueda ver. Un chillido, y ella sobre salta, mira a todas partes con el corazón a mil. Se acerca a los ventanales, mirando a través de estos.
—¿¡GUILDA!? —Con un movimiento rápido hacia atrás y es Adelaida quien la ha asustado—, ¿Qué buscas muchacha?
—Solo quería saludarlas y hablar un poco con su hija. ¿Cómo está usted? —Pregunta con la voz entre cortada.
—Debes tener cuidado a quien llamas, —Responde la mujer con mucha seriedad.
Espantada, Guilda camina lo más rápido que puede, alejándose del lugar y sin darse cuenta que se internaba en la espesura de la vegetación, donde la respiración le era más intensa. En el lugar, aparece Mireya con aspecto muy estremecedor diciendo: —Tú me llamaste.
—¿Que dices? ¿Cuándo?
—Acuérdate… Eso fue hace mucho tiempo, y ahora no te dejaremos ir, ¡tú nos perteneces!
Corriendo sin parar para escapar, Guilda tropieza con alguien, siente que toman su brazo.
—¿Que pasa hija?
—¡Papá!, es horrible. —Temblando y con su rostro pálido, la llevan a casa.
—Hija, toma un poco de agua.
—¡Gracias señora Carmen! Padre ¿dónde conociste a la señora Adelaida?
—Un día, ella salió al encuentro y me indicó donde vivía, fue cuando quise conocer quiénes eran nuestras vecinas. Ahora, descansa un poco.
—¿No es extraño todo esto hermano? —pregunta Rosa, y agrega—: ellas son unas mujeres extrañas.
—Disculpe señor, pero en el tiempo que llevo en este lugar, nunca supe de la señora y su hija. Dicen que esa casa tiene muchas leyendas… Señor, yo de usted tendría mucho cuidado.
—Estos son puro cuentos para asustar niños, ¡buenas noches!
En su habitación, Guilda mira su cajón, saca unos libros y arranca unas hojas, las hecha en una bolsa que deja para botar, cerrando por último sus ventanas. Poco a poco conocían a sus vecinos, la opinión de la mayoría era la misma: no conocían a Adelaida, ni a su hija.
Pasaron los días y el catorce de enero está por llegar, junto con el gran vestido, su anillo y la gran celebración.
Tres de la mañana y todo está apacible.
—Guilda, venimos por ti. —“Esa voz otra vez”, y sobre salta la chica en su cama, cerrando sus ojos y escuchando los sonidos de su alrededor, todo está oscuro.
La puerta se abre, siendo Antonia quien calma a Guilda que está en shock. La mujer toma la manta y la acobija, quedando ella dormida. Ya afuera del cuarto, Antonia le comenta a su esposo:
—Después de sus cumpleaños, la mandaré para la ciudad.
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