Y cuéntame, ¿por qué está internada tu abuela? -le pregunté interesado.
-Pues... le subió la presión y le dio mucho mareo... Mamá la cuidó toda la noche y ahora la reemplazo, mientras ella descansa -respondió con un tono suave y acongojado.
-Y ¿quién atiende el negocio? -insistió Papito tratando de saber más de ella.
-Mi padre atiende, aunque a él le gusta más su huerta -se le dibujó una sonrisa al recordar que su padre le había dicho que se cobraría comiéndose todos los caramelos, al sentirse empujado a estar encerrado en un lugar, en vez de poder disfrutar del aire libre.
Papito sonrió y la miró.- Tienes una bella sonrisa -le dijo, al parar el vehículo, ni bien divisó un puesto donde vendían frutas.- Espere un momento. Y bajó a comprar.
Gringa lo observó, mientras compraba las manzanas, lo elegante que se veía con el uniforme.
Papito se subió nuevamente, pasándole las manzanas y retomando la marcha.
-¿Desde cuándo eres oficial? -no pudo aguantar la curiosidad quería saber de él.
-Me incorporé cuando tenía 19 años, al principio como chófer y mecánico del comisario, en Corrientes. Él me ayudó a que terminara mis estudios y después viajé a Buenos Aires para rendir y ser oficial.
Al llegar al hospital, se apresuró a bajar y abrió la puerta del pasajero, para que Gringa bajara.
La acompañó hasta la sala donde estaba la abuela, se aseguró de saludar cordialmente y se despidió enseguida, recordando que estaba aún de servicio.
-Mi hija, ese hombre es un buen candidato para que te cases con él -le dijo la abuela al ver al elegante oficial retirarse de la habitación.
-De nuevo, la abuela queriendo hacerme casar, deja de hablar tanto y descansa -le dijo Gringa, siendo que por dentro le revoloteaba el corazón a mil por hora, tratando de asimilar todo lo que le pasó en ese corto momento y anhelando que pase nuevamente.
-Pero mi hija, ya te digo, él se portó muy cordial, compró manzanas, te acompañó y aseguró de que llegaras. Ya te digo, él se interesa por ti.
Pablo Fernández estaba sentado en su escritorio en la central, con la mirada fija en unos archivos, aunque en realidad estaba pensando en una hermosa muchacha. Tenía la piel blanca, los ojos de color violeta-azulado, la cabellera rubia, los labios carnosos, una sonrisa encantadora y un contoneo que lo tenía hechizado. En ese momento, su amigo y compañero lo interrumpió.
- ¿Qué planes tienes para este fin de semana? -le preguntó-. Tienes libre el sábado, como yo. Podríamos ir a bailar y conocer chicas -dijo, moviendo los brazos como si bailara un chamamé.
- No tengo planes, me vendría bien despejarme un poco -respondió Fernández. En ese momento, los llamó el comisario.
- ¡Gutiérrez, Fernández, preséntense en mi despacho! -ordenó el comisario.
- Sí, señor -respondieron al unísono.
- Quiero que vayan encubiertos el sábado en la pista de baile Rincón Florido. ¿Conocen ese lugar? -preguntó el comisario.
- Sí, señor -respondió Gutiérrez.
- ¿Y a qué se debe? -preguntó Fernández.
- Nos solicitaron que estemos allí para asegurar el bienestar de un grupo de músicos que se presentan. No se preocupen, habrá otros oficiales de guardia. Pero quiero que estén adentro como si fueran del público, vigilando. Si ven cualquier inconveniente, avisen para que actuemos enseguida -explicó el comisario.
- Sí, señor -respondieron los dos policías, retirándose.
- Bueno, Fernández, parece que será para la próxima -dijo su amigo con gesto de baile.
En el lugar del baile, Papito estaba vestido con una camisa celeste, un saco gris y unos pantalones haciendo juego. Se prendió bien el saco para cubrir su arma, que llevaba en la cintura, y observó la gran pista de baile, que era un enorme patio de tierra al aire libre, con un escenario al costado y unas mesas hacia los rincones.
- ¿Qué te parece? -le preguntó su amigo, con ganas de unirse a la pista de baile.
- Recuerda que estamos de servicio -le recordó Papito, mientras fumaba un cigarrillo para calmar el fresco que sentía.
- Vamos, Gringa, ahí hay una mesa -dijo la tía María, ni bien llegaron a la bailanta.
"Sí, tía", respondió ella, prendida de su brazo. "¿Dónde está el tío?", preguntó.
"Fue a comprar unas bebidas, ya viene", contestó la tía.
El lugar estaba lleno y todos estaban a un costado de la pista, tomando, comiendo y esperando que comenzara el baile, mientras en el escenario se acomodaban los músicos.
"¿Qué te parece, sobrina?", le dijo el tío al tiempo que le pasaba una gaseosa.
"Muy lindo, gracias por traerme", respondió ella, mirando con gusto todo.
"Pedí unas empanadas, así cenamos antes de bailar", le dijo el tío a su esposa, al tiempo que se sentaba.
La música comenzó a sonar y ya estaba tocando un grupo, por lo que la tía de ella tuvo ganas de bailar.
"Mi hija, nosotros vamos a bailar mientras", avisó la tía, al tiempo que le pasaba su abrigo.
"Bueno, tía", dijo Gringa con ansias de que a ella también la invitaran a bailar.
Papito caminaba como estirando sus piernas, mirando alrededor, y en eso la vio a ella, y en su mente gritó: "¡Es GRINGA! Qué hermosa se ve con ese vestido". Aunque en su rostro no se reflejaba ninguna expresión, se mantenía serio.
"Buenas noches", la saludó colocándose a su lado.
Gringa levantó la mirada y lo vio. "Buenas noches", respondió, poniéndose coloradas sus mejillas.
"¿Bailas?", la invitó, extendiendo su mano hacia ella.
"Sí, gracias", respondió, dando un brinco de su asiento.
En el ambiente sonaba un chamamé romántico como para bailar muy juntos. Ella se sentía volar en sus brazos. Era muy buen bailarín y sentía su perfume teniendo su rostro hundido en su cuello.
"Qué casualidad que nos encontremos", le susurró en el oído, inhalando el aroma a flores que sentía de ella.
En eso, sus tíos volvieron a su mesa y, al no verla, miraron alrededor y la vieron bailando. La tía la observó y vio al caballero de su sobrina tan guapo y elegante que sintió un cosquilleo de orgullo por ella.
"Tranquilo, querido", le habló a su esposo, señalando en la dirección de la pareja bailarina.
"A bueno, está bien", respondió, sentándose.
Luego de bailar, la llevó a su lugar y saludó con un gesto cordial a los que acompañaban a Gringa.
Son mis tíos, los presento, mientras se sentaba.
Fue un placer, con su permiso. Se despidió y se dirigió hacia su compañero.
¡Te me perdiste, Fernández! - le habló su amigo. - Ya van a llegar nuestros reemplazos.
Buenísimo, ya quiero retirarme a descansar - respondió, pensando en su oportunidad de pasar más tiempo con la muchacha que tanto le gusta.
Ahí están - le avisó su amigo cuando vio que se acercaban sus compañeros.
Papito se acercó a la mesa donde estaban Gringa y sus tíos. Justo en ese momento, los tíos se levantaron para bailar una pieza de chamamé movida y alegre.
Sentía como si un imán lo llevara hacia ella. Su forma de ser alegre lo hacía olvidar el cansancio y todo lo que lo aquejaba.
Buenas, nuevamente, ¿me permiten bailar con su sobrina? - les dijo en un tono simpático, sabiendo que anteriormente lo hizo sin pedir permiso.
Por supuesto - respondieron, y todos se encaminaron a la pista de baile.
Papito y Gringa se miraban embelesados. Sus miradas brillaban. El ritmo era alegre, pero para ellos era como si fuera lento. De repente, la música cambió a un chamamé romántico para estar más juntos al bailar.
Gringa sintió que le recorría un cosquilleo al sentir su mano en la espalda y su rostro cerca de su oreja. Papito aspiró su aroma y se movió al ritmo de la música, sintiendo el latido de su corazón.
En un momento, giró su rostro para mirarla a los ojos y sus labios se rozaron. Él se retiró un poco para no asfixiarla o incomodarla, pero antes de que pudiera hacerlo, se vio besándola y ella le respondió de igual manera. Sus besos se tornaron apasionados, saborearon sus labios. Pablo sintió un cosquilleo de placer al sentir sus labios carnosos unidos a los suyos, saboreó el dulce néctar de ellos, la abrazó apretándola contra su cuerpo, y al terminar la música, finalizó su beso con suavidad. Le ofreció su brazo para encaminarla a su mesa. Gringa sentía su corazón latir con fuerza, se sintió en las nubes. Él la besó de una manera que la elevó a lo alto del firmamento. Al llegar a la mesa, sus tíos se estaban alistando para irse.
-Querida, nosotros nos queremos ir a descansar -le dijo su tía, poniéndose su abrigo.
-¿En qué vinieron? ¿Puedo llevarlos si no tienen ningún problema? -se ofreció Papito.
-Oh, no te preocupes, tenemos nuestro auto. ¿Gringa, vienes con nosotros?
-Yo la llevo, no se preocupen -insistió Papito.
-No quisiera molestarlo -agregó la Gringa.
-No hay problema, mi turno terminó.
-Ya está decidido, ustedes nos siguen -dijo el tío.
Y se encaminaron a la salida. Cada uno subió en su vehículo. Su tío, sacudiendo la mano, les hizo señas de que lo siguieran. Y Papito siguió el vehículo hasta la casa de los tíos. Al descender, le invitaron a tomar café para calentarse un poco antes de despedirse y agradecerle la amabilidad.
-No quisiera molestar -respondió amablemente Papito.
-No es problema, además ya mañana es domingo -insistió el tío, que tenía curiosidad por conocer a ese hombre por el que tenía tanto interés su sobrina, se había dado cuenta al observar cómo se miraban.
-Ingresaron a la casa, cuyo interior era muy elegante. Tenía una sala grande de estar con un sofá en el centro, color marrón oscuro, y una mesita ratona de algarrobo en el frente. En un costado, hacia una enorme ventana, tenían un mueble que era una radio y tocadiscos de vinilo a la vez.
El tío se dirigió al mueble y colocó un disco de una samba, en volumen despacio, para que no esté tan silencioso como solía decir. Siempre ponía música o la estación de radio cuando estaba en la casa.
-Y dígame, señor Pablo, ¿lo puedo llamar así? -preguntó el tío, ni bien le extendía un vaso cargado de vino tinto.
-No, gracias -dijo Papito-. Si no hay problema, puede llamarme así, aunque le seré sincero, todos me dicen Papito, es el apodo que me pusieron mis compañeros.
El tío lo miró intrigado por ese sobrenombre, mientras se sentaba en el sofá y le hacía un gesto para que se siente. Mientras Gringa y su tía estaban en la cocina preparando café, y la tía la interrogaba por el elegante hombre con el que bailó toda la noche.
-Y dime, sobrina, ¿cómo lo conociste? Porque se ve que ya lo conoces, o sino no hubieras bailado con él toda la noche. La miro fijamente para evaluar cada gesto de su querida sobrina.
-Una vez pasó por el negocio a comprar. Es oficial de la Policía Federal. Otra vez me encontró caminando, cuando iba a visitar a la abuela, y me llevó hasta el hospital. Fue muy amable y educado. A la abuela le cayó muy bien. Su tono fue casi un susurro al responder.
No podía dejar de sentirse incómoda con las preguntas de la tía, pero como no hizo nada malo, no tenía por qué preocuparse.
-Sabes que debes cuidarte, mi hija. Antes que nada, preséntalo a tus padres. Ahí, si acepta, es porque tiene buenas intenciones. La tía la quería como a una hija y no podía dejar de preocuparse por ella.
-Sí, tía. Lo voy a invitar a mi cumple y ahí lo presento. Le respondió Gringa, sabiendo a dónde su tía quería llegar.
Al ingresar a la sala con la bandeja de tacitas de café, su tío se estaba descostillando de risas y Pablo también.
-¿Qué fue tan gracioso? Preguntó su tía María.
-No te das una idea, Papito tiene unas historias increíbles, que son reales y muy graciosas. Le dijo el tío al secarse una lágrima que le brotó por reír tanto.
***¡Descarga NovelToon para disfrutar de una mejor experiencia de lectura!***
Updated 38 Episodes
Comments
mariposa 🦋
se está metiendo al tío en el bolsillo 😉🤭
2023-11-01
0