Esa noche, Ellyan estaba con fiebre muy alta, temblando, con sudores y delirantes palabras que Belinda no comprendía. Desesperada, llamó a su amigo de ojos verdes. Él se acercó a ella.
- Ojos verdes, ¿qué le puedo dar para calmarle? Tiene fiebre y no sé qué hacer para que le baje- lo miraba con los ojos lagrimosos. - Perdí a mi esposo y no quiero perder a mi amigo.
El ratón se fue, ella se sentó y puso a Ellyan entre sus piernas. Lo abrazaba con delicadeza y amor. Lloró amargamente y sus pensamientos fueron al día en que conoció a su marido Thomas.
(Historia de Belinda parte 2)
Otra fiesta más en la que me siento humillada por no mostrarme tal como soy. Mis modales se han refinado, es cierto que me esforcé por agradar más a mis padres. Aunque no me lo han valorado, sí he visto a la gente que me rodeaba mirarme con ojos de aprobación. Eso se agradece cuando te esfuerzas al límite.
Nada más entrar en la fiesta, me desmarqué un poco de mis padres, aprovechando que se detuvieron a saludar a unos conocidos. Miré a las personas que había en la sala. Casi todos eran viejos conocidos. Sin meterme en sus poses, ya me indicaban el tema de conversación que mantenían en ese momento. En el caso de los hombres, cuando se trataba de negocios, tenían las manos en los bolsillos con una satisfecha sonrisa y el pecho inflado de orgullo. Si hablaban de un escándalo, gesticulaban con una mano mientras con la otra mantenían el vaso firme con el licor removiéndose dentro.
Las mujeres, en cambio, para cuchichear de terceras personas, hacían el círculo más pequeño y ocultaban su rostro cuando hablaban para que no les leyeran los labios, pero te miraban como auténticas depredadoras a sus presas.
Tras observar a varias personas, vi a un hombre joven hablar muy entusiasta con el Conde de Vilherman, un hombre que me caía muy bien, pues era de los pocos hombres con los que podías mantener una conversación enriquecedora que no fuera chismorreo. Iba a acercarme a modo de querer saludarle, pero ahí estaban otra vez mis padres al acecho. Poniéndose uno a cada lado, les sonreí falsamente para disimular mi agravio por no poder moverme en libertad.
Mi madre se percató entonces de que un joven conversaba con el Conde de Vilherman, se acercó a mi padre con disimulo para hacérselo saber. En ese momento, quise observar de nuevo al joven y me di cuenta de que él también me miraba.
El Conde, al ver a mi padre, se acercó para hacer las presentaciones. Me sentí tan avergonzada que bajé la mirada, algo sonrojada. Mi madre saludó cortésmente al Conde, pero haciendo cumplir el protocolo, se fue a hablar con otras mujeres. Me iba a ir con mi madre por orden suya que hizo en gestos disimulados.
- No se vaya, señorita - me dijo con amabilidad el Conde. Con el permiso de su padre, le pido que se quede para que conozca al señor Thomas Answar.
- Sí no es mucho pedir, señor. Quisiera hablar un rato con su hija - añadió Thomas.
- Señor Blowser, este joven es un comerciante que ha venido exclusivamente por petición del Rey, porque vende unas telas y unas vasijas singulares y que están en boca de todos - explicó el Conde.
Ante esas palabras, mi padre quedó encantado y aceptó que por un rato pudiera conversar con el joven de ojos color miel. Le sonreí tímida y algo que le encantó mientras nos apartamos un poco de mi padre y el Conde.
- Mi nombre es Thomas, ¿cuál es el suyo?- preguntó el joven.
- Me llamo Belinda Blowser, por las palabras del Conde que le tiene gran estima - respondí.
- Es de agradecer, desde que llegué aquí hemos hecho gran amistad - dijo Thomas.
- Me encantaría ver sus telas, pero no está bien visto que una dama se involucre en los negocios de un hombre - comenté.
- Discúlpeme si me equivoco y espero no ser importuno, pero deduzco que ha sido educada bajo estrictas normas - dijo Thomas.
- Oh, no. Mis padres siempre se han preocupado por mi bienestar y que tuviera una mejor educación - respondí.
- Discúlpeme por mi atrevimiento, pero me ha causado impacto como una dama como usted se recuerda con amargura las normas que se le han impuesto - dijo Thomas.
- ¿A usted no le educaron con normas? Aunque siendo hombre, imagino que serían otras muy distintas - pregunté.
- Señorita, de donde provengo, las normas son valores que aprendemos desde la niñez - respondió Thomas.
- ¿Y qué diferencia hay?
Las normas son una imposición, los valores una aplicación. No quiero decir con esto que estén mal las normas, solo que si previamente no has aprendido a aplicar en tu vida los valores, difícilmente puedes aplicar las normas correctamente.
- Interesante, ponme un ejemplo.
- Si previamente no has aprendido el valor de hacer las cosas bien con algo que te llene de satisfacción, al igual que aprender el valor de no hacerlas tan bien como un modo de esforzarte para hacerlas mejor. Si, por el contrario, para aprender a hacer las cosas bien lo haces por medio del castigo, solo causas daño y lo aprendes haciendo daño.
- Interesante reflexión - quise hablar más sobre ese aspecto, pero en ese instante sonó la primera melodía inaugurando así los bailes. Se me quedó mirando e hizo la reverencia de pedirme un baile, a lo que contesté agradecida que sí. Durante el baile, me di cuenta de que muchas mujeres cuchicheaban y, por sus miradas asesinas, se trataba de mí. También mi madre me miraba con desaprobación, con lo que rápidamente miré a mi padre, pues me sentía aterrada pensando que esa noche podría pasar perfectamente encerrada en el cuarto.
- ¿Le ocurre algo, señorita? - me preguntó con dulzura.
- No, ¿por qué dices eso? - contesté avergonzada al pensar que había hecho un mal gesto.
- Lo he visto mirar aterrada a su padre. Si le incomoda que bailemos... - pero lo interrumpí.
- Por favor, señor Answar, sigamos bailando. Me siento liberada con usted.
Fin del Capítulo 15.
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