El rugido sonó tan próximo que, cuando se dio la vuelta lentamente, vio ante él a un imponente tigre con una cicatriz en forma de cruz en su ojo derecho.
Edwin Grikken palideció de terror. No podía ser. Otra vez la misma bestia que años atrás le acorraló y faltó poco para que no lo contara.
En aquella ocasión, Edwin, antes de formalizar una tripulación de piratas marinos, era un temido bandolero que vivía de robar en aldeas, bancos y lugares donde sabía que podía encontrar oro o joyas.
En cierta ocasión, llegaron a tierras tropicales donde muy cerca había una cueva famosa por guardar un tesoro pirata real, pero era custodiada por un fiero tigre de bengala enorme. A sus oídos llegó esa leyenda y tan pronto la escuchó, fue de expedición al lugar.
Atravesaron una selva y cuando estaban llegando a la cueva, apareció el tigre que les atacó devorando en cada ataque a un bandolero hasta quedar solo Edwin Grikken, quien logró entrar en la cueva. Pero allí lo acorraló el tigre. Él logró escapar al disparar al tigre y hacer que huyera, pero yendo a la aldea lo volvió a presentir acechando.
Pasó el tiempo, se hizo pirata porque no quería toparse más con esa bestia. Pero sucedió que en un viaje en un navío pirata, haciendo guardia, se topó con él. Fue tal el miedo que se precipitó al agua y fue rescatado por un compatriota que lo vio lanzarse al agua.
Cuando despertó, ninguno de sus amigos había visto al tigre. Él sabía que no había sido un sueño y vivía atemorizado por el tigre.
Al tercer rugido, arrancó a correr por entre las ramas de las plantas que le golpeaban en la cara a su paso. Le daba pánico, mucho pánico, mirar hacia atrás.
El tigre corría mientras rugía atemorizado a su presa. De pronto, dejó de escuchar el rugido. Paró y se dio la vuelta. El tigre había desaparecido. Miró a todos lados y no veía nada ni se oía nada.
Otra vez escuchó el rugido y lo sorprendente era que, mirara donde mirara, veía al tigre. Asustado y atemorizado, se dejó caer de cuclillas.
Cerró los ojos llorando y esperando su muerte. Transcurrió un rato, pero no sucedió nada. Abrió los ojos y lo vio ante él, silencioso, mirándolo con curiosidad. Se tumbó sin apartar sus ojos de él.
-¿Qué es lo que quieres de mí? Me tienes a tu merced y no me matas, pero tampoco me dejas estar tranquilo ni huyendo de ti.
El tigre lo miraba como si lo escuchara, pero no se inmutaba. Edwin trató de levantarse rápido para salir corriendo, pero el tigre estuvo más rápido y lo detuvo.
-Maldita sea, ¿qué es lo que quieres? -se exasperó Edwin Grikken.
-Tienes algo que nos pertenece -se escuchó un vozarrón. Edwin miró a los lados y no veía nada.
Levantó la vista y ante él descendía un minotauro que, tras tocar el suelo, lo cogió con su mano derecha del cuello.
-No sé a qué te refieres.
-No me hagas a enfadar, ¿dónde está?
-Te equivocas de persona, yo no tengo nada tuyo.
-Tú fuiste a la cueva prohibida de las tierras tropicales. Antes de que Salown te acorralara, cogiste algo muy valioso.
-Está bien, si lo reconozco, cogí el cuerno del legendario Unicornio del Dios Onion.
-¿Dónde lo tienes?
-Estaba guardado en un cofre en el barco en que viajaba.
-Salown vigila que no se mueva. Iré al barco y, como me mientas, te arrancaré la cabeza de cuajo.
El minotauro alzó de nuevo el vuelo para ir al mar y, una vez allí, se zambulló donde los barcos se hundieron. Bajó casi rozando las profundidades más bajas del mar cuando lo vio.
Edwin, disimuladamente, mientras sostenía su mirada desafiante y aterrada con la del tigre, sacó una pistola y disparó al tigre, al que hirió. Él, sin pensarlo, salió corriendo y se fue selva adentro.
En el fondo del mar, el minotauro se posó en cubierta para dirigirse dando saltos hacia una puerta que llevaba a las bodegas y zona de descanso. Hizo fuerza para abrirla y arrancó la puerta que salió ligera llevada por el agua.
Bajó los escalones. Todo estaba oscuro, pero sus ojos se adaptaron rápidamente a la oscuridad. Miraba el lugar con precisión buscando un baúl o
lugar discreto en el que pudiera estar escondido el cuerno del Unicornio del Dios Onion.
Al fondo, en un rincón muy oscuro, entre unos bidones de vino amargo, estaba colocado de forma discreta un cofre. Se acercó dando grandes impulsos a sus saltos. Llegó al lugar y sacó con su mano derecha el cofre de tamaño medio.
El minotauro de un zarpazo rompió el candado que lo tenía cerrado. La puerta del cofre se abrió lentamente, allí dentro del cofre vio monedas de oro, algunos collares robados a damas de alta sociedad y hasta copas de oro puro con diamantes y rubíes incrustados de ornamento.
Metió la mano en busca del Cuerno, pero no notaba su figura debajo de las monedas, lo que le empezaba a endurecer. Edwin Grikken le había mentido en su cara y eso no lo toleraba.
Su furia fue en aumento y lanzó el cofre esparciendo por el agua las monedas, copas de oro y joyas flotando en el agua. Comenzó a golpear con sus puños los bidones que se rompían en explosión mezclándose el vino con el agua a la que tenía un rojo oscuro.
Se movió por toda la bodega, destrozando cofres y bidones. La furia del minotauro se encolerizaba como un termómetro subiendo la temperatura y con ello dar un grito que se escuchó por todos los rincones del fondo del mar y también en la isla.
Edwin, que estaba corriendo, se detuvo, palideciendo con sudores en el cuerpo. El minotauro ya se había percatado de su engaño. Metió la mano debajo de su chaqueta y detrás del pantalón sacando un pañuelo que envolvía un objeto.
Lo desdobló y vio el Unicornio de oro y plata, que relucía poderosamente llegando a hipnotizar al observador. Un segundo grito más cercano lo hizo regresar al momento presente, envolviendo rápidamente el cuerno y escondiéndolo en su espalda.
Otra vez inició una carrera desesperada en busca de un escondrijo, su peor pesadilla empezó a tomar forma cuando escuchó el rugido que le heló la sangre por la gran cercanía.
Fin del capítulo 7.
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Updated 56 Episodes
Comments
Elizza Diaz
Te lo mereces por avaricioso /Determined/
2024-02-08
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