El señor Answar se hizo muy rico durante su estancia en Vilherman, pues gracias al Conde vendió muchas telas y vasijas a la alta nobleza, con lo que empezó a relacionarse con ellos. Algo que no gustó al capitán Edwin Grikken, quien no soportaba que un desconocido tuviera una buena reputación entre la alta sociedad.
El carruaje ya estaba preparado para iniciar el viaje a Tasiana, ambos caballeros se acomodaron en el asiento. El chófer dio un ligero movimiento a las riendas para poner en marcha a los dos caballos.
Entre el equipaje llevaban dos baúles repletos: uno con las telas y el otro con las vasijas. Con ellos viajaba una escolta de 4 soldados, pues corrían tiempos en los que muchos carruajes sufrían asaltos por bandoleros y otros delincuentes.
El Palacio se encontraba a más de tres días de viaje. Pasaron por varios pueblos y aldeas, donde descansaron en posadas. El paisaje en tierras de Tasiana era muy distinto a las tierras de Vilherman.
Por fin llegaron al Palacio, donde fueron bien recibidos en audiencia por el Rey. Thomas Answar mostró con orgullo sus magníficas telas y vasijas. El Rey, maravillado, compró las más bellas y complacido por el buen precio al que se las vendió, hizo una fiesta por la noche en su honor.
La fiesta tuvo grandes asistentes de la aristocracia, nobleza y de todo el territorio. La velada fue muy acogedora. Los asistentes hablaban armoniosamente, soltando alegres carcajadas de vez en cuando.
El Conde le presentó varios aristócratas que conocía personalmente, entre ellos el señor Blowser, quien tenía una hija que cautivó el corazón de Thomas Answar. Sus ojos azul mar y su pelo rubio casi dorado le daban un encanto sin igual para él.
Se le acercó para iniciar una charla con ella amistosa, ella al principio se mostraba tímida y casi se sentía incómoda por momentos. Pero la voz de Thomas la fue tranquilizando y pronto se vieron solos hablando coquetamente.
Al poco empezaron con los bailes y se animaron a dar un par de vueltas. El tiempo que estuvieron juntos fue tan especial que Thomas decidió establecerse un tiempo en la ciudad.
Transcurrieron dos meses, la relación era estable y sólida. Thomas, sabiendo que era hora de regresar a su tierra tomó la decisión de pedir la mano de la doncella Belinda Blowser. Pues no concebía irse sin llevársela con él.
La vuelta de Thomas Answar a Vilherman fue diferente a su ida, pues regresaba acompañado por su recién esposa, Belinda Blowse. A su llegada a la ciudad, fueron a visitar a su amigo, el Conde de Vilherman, y días después zarparon con el barco de Thomas hacia las tierras meridionales.
El viaje estaba siendo tranquilo. Belinda solía acercarse al mascarón de proa y ver el mar tranquilo abriéndose a su paso. Solo tenía que esperar un poco para verse envuelta por los cariñosos brazos de su amado esposo.
- ¿Te gusta el mar? - le preguntó cariñoso.
- Es precioso. ¿Cuánto tiempo llevas viajando por mar? - le preguntó con curiosidad Belinda.
- Llevo desde muy joven. Empecé como un calafate y con el tiempo aprendí el oficio de marinero. Cuando logré tener la experiencia de ser capitán, mi padre, que era orfebre, mientras que mi madre venía de artesanos que trabajan con las telas de seda, fue quien ideó poner oro y plata a las telas para decorarlas. Con el dinero que lograron reunir, compraron este viejo barco. Y a partir de ese
momento, me dediqué a viajar por mar para ir a tierras lejanas y hacer llegar más lejos las telas y vasijas de mi familia.
- Algún día, cuando tengamos un hijo, también será un importante capitán de barco y un buen mercader como tú - ambos sonrieron, para dar paso a un beso apasionado, con el descenso del sol anaranjado frente a ellos.
Al atardecer, fueron atacados por sorpresa y asaltados sin tiempo a reaccionar. Entre los invasores piratas, vieron a Edwin Grikken, que se había convertido en su nuevo capitán. Mataron a todos los marineros, excepto a Belinda y a Thomas, que quiso luchar pero fue reducido por dos piratas.
El capitán Edwin Grikken dio órdenes de saquear el barco. Los piratas destrozaron el barco cogiendo lo más importante. Al término, taparon los ojos de Thomas Answar y lo empujaron para que subiera a la barandilla del mascarón de proa.
- Answar, despídete de tu mujer y de esta vida.
- Thomas - le llamó llorando Belinda - por favor, haz algo.
-Lamento decirte que lo único que puedes hacer es saltar - dijo malicioso Edwin Grikken. Acto seguido, dio órdenes de lanzarlo al agua.
-No sé qué pretendes con matarme y llevarte a mi esposa – le dijo resignado Thomas. Edwin Grikken soltó una risotada.
- Si eres un hombre normal como dices, simplemente morirás y yo me quedaré con tu esposa. Pero si vienes de la Isla de Mellyon, harás cualquier cosa para recuperar a tu esposa y entonces haré que me lleves ante esos magníficos tesoros de la isla.
- No sabes lo que dices, pagarás tu osadía.
Dos de los piratas lo empujaron al mar, tras la señal de Grikken. Thomas pronto se vio descendiendo al fondo del mar, con las manos atadas y un pañuelo tapándole los ojos. El barco pirata reanudó la marcha. El ocaso ya llegaba a su fin, dando paso al crepúsculo. El viento empezó a soplar moderadamente y las olas a tomar fuerza, zarandeando al barco.
La niebla fue tomando presencia y pronto fue tan espesa que no se veía nada en el horizonte. El barco se balanceaba cada vez con más fuerza conforme el viento se enfurecía. Los nubarrones aparecieron descargando relámpagos con furia.
Los piratas, ocupados en sus tareas para mantener el equilibrio del barco, y el capitán Edwin Grikken, tomando el timón para controlar el barco, descuidaron a Belinda, que sin pensarlo se lanzó al agua.
De las entrañas del mar surgieron unos enormes tentáculos que se abrazaron al barco para arrastrarlo al fondo del mar. El capitán Edwin Grikken, tan asustado como su tripulación, se fue hasta estribor para lanzarse al mar.
El oleaje lo arrastró varios metros de allí. En su arrastre se topó con Belinda, a la que se agarró. La marejada los arrastró haciendo que perdieran el conocimiento. Las olas chocaban violentamente contra ellos.
La tempestad fue bajando su furia, el mar calmándose hasta volverse tranquilo. Los cuerpos inertes fueron arrastrados hasta una playa, dejando en la arena húmeda los cuerpos.
La noche transcurrió tranquila, con las olas acariciando los cuerpos inmóviles en la orilla. Dos cangrejos se movían por la playa tratando de esquivar el cuerpo de Edwin.
La sombra apareció y se llevó a los dos cuerpos isla adentro. La niebla se volvió espesa, ocultando a la isla.
Fin del capítulo 4.
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