El capitán, con una expedición de ocho piratas, remó en dos botes hasta la orilla. La neblina volvía a ser protagonista. Tras dejar las barcas en la arena. Se adentraron por la neblina, tierra adentro.
Andaban despacio, tratando de colocar el pie con mucho cuidado. Ya que, por causa de la neblina, no veían dónde ponían los pies y tampoco se escuchaban sonidos ni el canto de los pájaros u otros animales.
- Mi capitán, este lugar me da mala espina - dijo el Almirante al detenerse por no ver ni oír nada.
-Manteneros alerta, puede que el enemigo nos esté vigilando.
El ambiente estaba humedecido. Las gotas de agua caían de los tallos más altos, a través de sus ramas y hojas. Algunos marineros miraban hacia arriba cuando sentían la gota de agua caer en su cabeza o resbalar por su mejilla.
El camino que estaban siguiendo, no tenía fin. Los piratas dudaban de encontrar algo bueno en el lugar. Todo a su alrededor era misterioso. En más de una ocasión, quedaron parados alzando las armas al presentir una presencia cerca, y solo uno juró ver una sombra moverse en varias ocasiones.
Siguieron y, para su sorpresa, ante ellos se fue desvaneciendo la neblina, quedando ante ellos una cueva llena de oro, joyas y riquezas jamás vistas.
Los piratas, primeros se quedaron incrédulos ante los tesoros tan increíbles, pero poco a poco se fueron dando cuenta de que no había guardianes que los custodiaran. Por tanto, tenían libertad para hacerse con ellos y volverse inmensamente ricos.
- Chicos, recoged tanto como podáis para llevarlo al barco. Nos lo llevaremos todo - ordenó el capitán maravillado.
- ¡Sí, capitán! - reclamaron con júbilo los piratas.
- ¡Menuda suerte hemos tenido al venir aquí! - exclamó uno de los marineros entusiasmado.
- Seguro que somos los primeros en venir aquí... pero me pregunto de quién puede ser este tesoro tan increíble - dijo otro marinero con más cautela.
- Eso ya no importa porque ahora el tesoro es nuestro... muy nuestro - recalcó el Capitán. Todos se fueron separando para admirar de cerca los tesoros.
La cueva parecía no tener fin, así como los montones de oro y joyas. Los piratas estaban completamente anonadados al ver tal tesoro. No importaba el montón que fuera, había gran cantidad de diamantes, rubíes, zafiros, monedas de oro, plata y cobre, vasijas de metal, todo para poder cogerlo y meterlo en los cofres que allí había. El capitán se fue hipnotizando por tanto oro y joyas, y fue mirando aquellos que más le llamaron la atención.
En uno de los montones de oro, vio una vasija redonda sin tapadera y en cuyo interior vio algo que lo dejó sin respiración. La expresión de su rostro parecía haber hallado algo fuera de lo común, algo tan sumamente peculiar que, sin necesidad de llevarse todo el oro de la cueva, se volvería inmensamente rico. Lo tomó con una mano y lo acercó a sus ojos para admirarlo mejor.
-¡Jamás vi tanta maravilla reunida en una sola pieza! - se dijo para sí mismo. Los montones de oro se fueron derritiendo paulatinamente. Nadie se dio cuenta de ello.
Un marinero empezó a gritar de dolor, pues el oro que tenía entre sus manos al derretirse le quemaba la piel. De la oscuridad que había en las entrañas de la cueva salieron dos mantícoras y dos esfinges que se echaron rápidamente a los marineros aterrados y paralizados. El capitán, aterrorizado, salió corriendo como pudo, esquivando a las bestias entretenidas devorando y matando a sus presas. Ninguna bestia le tomó en cuenta, pero sí una sombra con garras se lanzó tras él.
Con el aliento entrecortado y recibiendo golpes de las ramas en su cara, el capitán tuvo que parar, mirando alrededor, pero otra vez la neblina se hizo espesa e impedía ver lo que había del horizonte o siguiendo sus pasos. Presentía que alguien le perseguía, y le aterraba no poder ver con claridad la distancia que le llevaba. La temperatura empezó a descender. El capitán volvió a correr porque sentía que sus pies se congelaban. Llevaba rato corriendo y no veía la playa, sentía pánico de pensar que pudiera haberse perdido.
Desorientado y con sus piernas perdiendo fuerza, se paró a recobrar el aliento de nuevo. Miró alrededor, la presencia fuera lo que fuese, estaba allí, tan cerca de él que podía escuchar su propio corazón latir con tanta violencia que podía salírsele perfectamente del pecho.
Descompuesto por no creer con claridad ni ver dónde estaba, le hacían temblar de miedo. Quiso volver a iniciar otra carrera, pero sus pies congelados estaban pegados al suelo. Entonces, de la espesura de la niebla, salió una imponente garra que lo hirió. El capitán asustado imploró por su vida.
-Por favor, no me mates. Devolveré lo que he robado, pero por favor, no me mates -suplicó entre sollozos el capitán, que dejó caer el objeto al suelo.
Entonces vio unos ojos anaranjados brillantes. Pudo apreciar también una mandíbula sobresaliente con unos colmillos afilados. La garra volvió a caer sobre el cuerpo del capitán, que gritó de terror y se perdió en la neblina. El cuerpo cayó en pedazos al suelo, que se tiñó de rojo. La neblina desapareció y solo se veían plantas, tallos, unas palmeras y, a pocos metros de allí, se podía ver y oler por medio de la brisa salada, el mar.
El cielo volvía a mostrarse estrellado. Únicamente se oía a las olas morir en la orilla. El silencio reinaba en el lugar. Todo volvía a la calma. Una sombra volvía a pasearse por la orilla del mar.
Las barcas de la playa fueron tragadas por la arena, lentamente, hasta quedar enterradas en el fondo de sus entrañas. También, el barco encallado fue tragado por el mar. Lo absorbió como si de una gelatina se tratase.
La sombra se fue alejando de la zona de playa, lo que aprovechó el intruso para meterse silenciosamente en el mar y nadar, mar adentro. Se alejó nadando rápido y silencioso.
Fin del capítulo 2.
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