Tras preparar un brebaje de plantas medicinales, Ellyan se acercó a Belinda, se sentó a su lado y con cuidado la acunó entre sus brazos. Ella se fue despertando con el aromático olor del brebaje y porque notó un olor dulzón proveniente de Ellyan.
-Thomas, Thomas...- fueron sus primeras palabras pronunciadas con dulzura y amor. Cuando abrió los ojos y vio a Ellyan se desencantó.
- Disculpa por no ser Thomas.
-Oh, lo siento. Es la costumbre y el anhelo por volverlo a ver. Todo esto me causa mucha angustia y desconcierto.
-Toma este brebaje, te calmará y podrás ver las cosas con claridad.
-¿Qué es este olor tan dulzón y agradable?
-Es Tomillo con miel. Te aliviará mucho.
-No, me refiero al olor que desprendes tú. Ya no es el hedor pestilente, ahora hueles muy dulzón.
-Me he dado un baño con flores de Azahar. Mi madre solía bañarse con las flores de azahar y a mí también. Discúlpame la incomodidad de oler mi hedor antes.
-Tranquilo, era llevadero.- Y tomó un sorbo del brebaje. -A veces pienso que estoy viviendo un castigo de cuando era niña.
-¿Por qué dices eso?- Se extrañó Ellyan.
- Porque volví a desobedecer a mi padre y por eso toda esta pesadilla que no tiene fin.- Sollozó Belinda hasta romper a llorar.
-Toma otro trago, estás nerviosa y con ansiedad.
- Gracias.-Tras beberse calmadamente el brebaje, miró a los ojos verde esmeralda de Ellyan. -Tus ojos me recuerdan a alguien, pero no puedo decirte a quién.
-¿A Thomas?
-Thomas los tenía color miel. Era un caballero como pocos conocí. Él fue mi salvación para salir de la casa de mis padres.
Hubo un gran silencio, ambos se miraban a los ojos. Ellyan le sonreía y con ello la tranquilizaba. Ella le devolvía la sonrisa apagada y con una gran carga emocional a punto de estallar, como una tormenta. Ellyan le acarició el rostro con dulzura, como queriendo acariciar ese dolor que guardaba y suavizarlo.
-Confía en mí. Siempre estaré cuidando tus sueños.- Le susurró Ellyan mientras ella entraba en un profundo sueño.
(La historia de Belinda - Primera parte)
Era muy niña cuando mi padre, por las noches antes de dormir, me contaba, como si de un cuento se tratara, la historia del Orco del Bosque. Aterrada, le suplicaba a mi padre que no le dejara venir a por nosotros. En ese momento, lo veía como un héroe protector.
Durante muchos años, estuvo contando diferentes historias en las que el Orco atacaba a aquellos pobres desgraciados que no respetaban ni cumplían las normas. El Orco era un auténtico castigador para los rebeldes. Así me lo decía mi padre.
Mi verdadero desencanto fue cuando descubrí que mi padre no era el héroe protector que veía en él. Había cumplido 10 años y asistí a una fiesta hecha por el Alcalde para presentar en sociedad a su hija de 16 años.
Mientras los adultos hablaban de negocios y de la vida escandalosa de otros, mi entretenimiento era jugar con niños de mi edad aproximadamente en el jardín de la casa. No recuerdo cómo ocurrió, pero persiguiendo a un gato por el jardín, una de las mesas llenas de comida, bebida, fruta y otros manjares expuestos para autoservirse se cayó al suelo, desperdiciando comida, derramando la bebida y el consiguiente desastre de tener que limpiar.
Los adultos nos dieron una buena reprimenda, pero jamás olvidaré el severo rostro de mi padre cogiéndome de mala manera del brazo para llevarme ante el Alcalde y pedir disculpas en mi nombre.
En el carruaje, asustadiza, veía a mi madre desentenderse, esquivando mirarme al tener la cara volteada hacia la ventana y ocultando parte de su perfil con su abanico de plumas de pavo real. En cambio, mi padre tenía el rostro rojo de ira, culpándome de la vergüenza que había pasado y la que iba a pasar durante una larga temporada.
Me reprochaba si no sentía vergüenza por lo sucedido, que a este paso el Orco iba a venir a nuestra casa a comernos vivos por mi irresponsabilidad, de jugar con niños teniendo ya 10 años para comportarme como una niña.
Que por mi culpa había sido el hazmerreír de la fiesta, que unos niños hicieran. Semejante tontería era normal, eran niños de 6 y 8 años, pero yo tenía 10 y además era una niña.
Iba a contestarle que también había otras niñas menores y niñas de 12 años, pero me di cuenta de inmediato de que el problema era yo, no los otros niños. No era la hija que esperaban debido a mi comportamiento.
Entonces empecé a tener claro que si no cambiaba mi comportamiento y empezaba a hacer las cosas a su gusto, no me iban a querer más. Quise disculparme, pero las palabras no me salían con tanta fluidez como mis lágrimas.
Se me hizo eterno el camino a casa, escuchando a mi padre repetidas veces que era una vergüenza de hija, hasta hacerme sentir que no merecía los padres que tenía por avergonzarlos de esa manera tan injusta.
La ira de mi padre cada vez estaba más fuera de control y seguía repitiendo que era una vergüenza de hija. Llegamos a la casa y volvió a cogerme del brazo de mala manera. Subimos los escalones hasta llegar a la planta de arriba.
Me encerró en un viejo cuarto, diciendo que si venía el Orco, que me comiera a mí, que ellos no tenían culpa de mi mal comportamiento.
Lloré con gran desesperación. Golpeaba con fuerza la puerta para que mis padres se percataran de mí y me abrieran la puerta. Pero nada, ni un solo movimiento de su parte.
A partir de ese momento, era observada constantemente. Mis enseñanzas de modales eran evaluadas constantemente en fiestas, comidas y un sinfín de eventos en los que al mínimo fallo era llevada cruelmente a la habitación oscura.
Allí pasaba largos, muy largos ratos llorando, golpeando la puerta, gritando que me sacaran. En una de las ocasiones, escuché ruidos que me llevaron a sufrir incontinencia y eso fue motivo de alargar más los castigos.
Los castigos me distanciaban de mis padres. Mi madre apenas me miraba cuando cometía un error y mi padre era quien dictaba el castigo. Pero no solo me sentía distanciada de ellos en los castigos.
Cuando las cosas marchaban supuestamente como ellos querían, ya no me miraban con los mismos ojos que cuando era niña. A veces me reprochaba haber crecido. Mis padres adoraban a su dulce niña. La adolescente que era, solamente les causaba disgustos y vergüenza.
Tenía 14 años cuando, en uno de mis desagradables castigos, encerrada en el cuarto, pude escuchar una voz que me transmitía paz y mucho amor. No sabría a quién pertenecía, pero al alzar los ojos, vi como dos puntos verdes. Traté de mirar mejor en la oscuridad y vi que eran unos ojos de niño, color verde esmeralda.
-No temas, siempre estaré contigo para protegerte- me dijo la voz.
(Fin de la historia de Belinda, 1ª parte)
Fin del capítulo 10.
***¡Descarga NovelToon para disfrutar de una mejor experiencia de lectura!***
Updated 56 Episodes
Comments
Elizza Diaz
Ándale!
2024-02-09
0
Elizza Diaz
se conocerán? de vidas pasada!
2024-02-09
0
Serenidad
Jaja, Ellyan está en todos lados
2023-04-24
1