Más pronto de lo que canta un gallo, los oficiales ya estaban en la escena del crimen. De repente, un hombre llamó su atención. Se trataba del detective Joshua Kendo. Era sin duda de peculiar belleza. Era alto, esbelto, de unos 35 años de edad, su mirada recia parecía analizarlo todo, buscando minuciosamente detalles que revelaran la verdad. Sus ojos azules se posaron en Sara, quien aún tenía la ropa mojada y el rostro cubierto de lodo. Pues al final de cuentas había sido ella quien había encontrado el cadáver.
Sara lo miró detenidamente, curiosa, y antes de darse cuenta, lo había leído como a un libro. Aparentaba ser duro, sumamente cruel, pero su aura era tan hermosa que al instante la conmovió, era de preciosos destellos dorados e irradiante de luz. Y fue entonces que decidió que el hombre ante ella sería, sin duda, su mejor aliado.
El detective, tras tomar la declaración a la hermosa joven de cabellos castaños, la miró con cautela, luego, sin decir nada, la dejó marchar. Ella miente, pensó.
Ahora Sara comentó que, al no ser precavida, resbaló y descubrió los restos. Pero, ¿qué se suponía que dijera? Soy la hija del dios de la muerte, por lo tanto, el alma del difunto me condujo a su cadáver. Sin duda alguna, el detective hubiera puesto su cordura en tela de juicio.
En medio de la multitud, una mujer se acercó de manera apresurada, se trataba de la madre del pequeño. Tenía profundas ojeras, ropa gastada y piel demacrada. En brazos llevaba a un bebé mientras lloraba a grito abierto. De repente, Sara notó algo extraño, el aura de la madre era tan obscura y turbulenta, llena de calamidad. Un aura que solo un ser perverso podría tener. Sara la miró horrorizada, no había duda, la madre del pequeño era sin duda la asesina. Sara la miró fijamente, sus miradas se cruzaron, la mujer desdeñada le sonrió de manera siniestra mientras arrullaba al bebé que lloraba en sus brazos.
Sara se sintió impotente, ¿pero quién le creería? Sabía que el bebé estaba en peligro. La mujer se dio la vuelta, Sara quiso gritar, quiso detenerla. Pero guardó silencio al verla partir.
Al llegar a casa, ceno algo ligero y se fue a su cuarto, con la excusa de que se encontraba exhausta. Adriel estaba a su lado, pues para no levantar sospechas, optó por tomar la forma de un peculiar gatito. Ella dibujó una runa en el piso con tinta negra y su sangre. De él salió un imponente lobo negro con filosos colmillos y garras afiladas. En sus ojos había fuego.
- Hermosa pesadilla, te he creado con un fin. Tu tarea será seguir a la mujer de aura maldita y mantener al bebé a salvo, exclamó la bella joven mientras miraba a la bestia salir por la ventana.
-¿Crees que estará bien?, exclamó Adriel mientras tomaba forma humana.
- Debe estarlo. La mujer es astuta. Debe saber que si se deshace del bebé ahora, levantaría sospechas. Por ahora, nuestra mejor opción es colaborar con el detective Kendo para poner al bebé a salvo.
Al caer la madrugada, Sara se levantó sigilosamente y caminó hacia la laguna. Adriel iba con ella, pues al final de cuentas, velar por su seguridad era su trabajo. Al llegar, el alma del pequeño la estaba esperando. La bella joven le tomó su mano y quiso separarlo del agua, pero su alma estaba anclada. No podía partir. Sara sintió angustia y quiso solicitar ayuda a Bernal. Pero la cosa con los muertos es que no pueden ascender hasta que sus penas queden resueltas. El niño lloraba, pues temía por su hermano. En sus manos había profundas cicatrices de colillas de cigarro. Su pequeño cuerpo estaba tan delgado que parecía de cristal. Al verlo, Sara sintió pesar, pues le recordaba un poco a sus hermanos.
El niño se limpió sus lágrimas y susurró un pequeño canto, una nana, exclamó: "Mi mamá me la cantaba, decía: 'Mi mamá no es mala. Solo está cansada. Es por eso que le gusta el silencio. Por eso me grita, por eso me pega, porque soy malo. Porque no soy capaz de cuidar de mi hermano. Pero mi mamita, al no tenerme, se sentirá molesta. Al no tenerme, no habrá quien la calme. Es por eso que debes ir por Elián, porque al no tenerme, mi mamita lo lastimará a él'".
"Dime, alma en pena, ¿puedes mostrarme?" exclamó Sara con expresión seria.
Al pronunciar esas palabras, la vista ante sus ojos cambió. Se encontraba en una pequeña casita rústica de madera. En ella había una familia, una que era feliz. Pero lamentablemente, las cosas buenas nunca duran, y fue entonces cuando el marido, al ser apuesto, se dejó seducir por besos ajenos. Su esposa, astuta, lo sabía, pero decidió guardar el secreto por amor. Decidió hacer vista ciega a los mensajes nocturnos, al olor de otro perfume, a la soledad en su cama vacía por las madrugadas, mientras la angustia la consumía de saber que, a lo mejor, en cada momento o incluso al estar con ella, pensaba en alguien más. Ella no sabía en qué había fallado, si a simple vista todo era perfecto. Pero al soportarlo por tanto tiempo, su alma se fue desgastando. Su sonrisa, antes espléndida y feliz, fue suplantada por una mueca fingida. Con el tiempo, los amantes se fugaron, dejando a una madre vulnerable que nunca había trabajado.
Al día siguiente, la madre desesperada decidió volver a casa de sus padres, pero no fue aceptada, pues para ese entonces, ser abandonada era una vergüenza. Se sentía desesperada, pues en casa tenía dos bocas que alimentar, las cuentas se acumulaban, ella no tenía dinero, mientras el dolor por la pérdida la consumía.
Después de mucho batallar, encontró un trabajo como costurera. Las jornadas eran largas y pesadas. Ella se sentía afligida, pues al no tener quién cuidara a sus pequeños, los tenía que dejar solos en casa. El pequeño, que era mayor, con tan solo 4 años de edad, debía cuidar al bebé de tan solo 7 meses. Cuando llegaba, tan solo quería recostarse en la cama y cerrar sus ojos, pero los niños lloraban hambrientos, por lo que se levantó trastornada y los comenzó a golpear.
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Comments
Blanca Montero Angulo
que pecado. pobresita y pobre bebé. el no tenía la culpa. que triste 😥 😞 😢 😔 😪 😕
2023-06-14
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