Al día siguiente Sara se encontraba dormida y al despertar noto que algo andaba mal, pues en la pequeña alcoba que se quedaba se encontraban todos sus tíos, hermanos de su madre y sus abuelos, todos la miraban fijamente con expresión sería, haciendo que reinara un silencio absoluto.
- ¿Que ha pasado?, ¿Por qué están tan serios? - pregunto Sara un poco nerviosa, pues sin duda pasaba algo, algo que ninguno se atrevía a decir.
- Sara verás, tu madre estaba muy enferma y anoche fue sometida a una operación de emergencia, la operación salió bien. Pero el cuerpo de tu madre al estar muy débil no soporto la recuperación y ha muerto en la madrugada - dijo su abuelo fríamente.
De repente, Sara sintió como si su cuerpo se desplomara. Todos se acercaron para buscar consolarla, pero ella no escuchaba palabras, sus sentidos estaban dormidos. Su abuela lentamente le coloco un par de calcetines en sus pies descalzos, mientras ella se encontraba inmóvil sin ser capaz de moverse, pues sentía que si se movía su ser se rompería en tantos fragmentos que sería imposible volver a reconstruirse. De sus ojos brotaban enormes gotas cristalinas que corrían por sus mejillas humedeciendo su rostro, de repente su tía Gema se acercó lentamente, la tomo gentilmente por su cabeza y la recostó en su pecho mientras la consolaba con palabras dulces.
Sara sintió el palpitar de su corazón, lo suave de su piel y lo sutil de su perfume, lo que le entristeció a un más, pues le recordaba a su madre y el hecho de que le había perdido para siempre, pero la calidez de su abrazo brindaba consuelo a su roto corazón.
Después de vestirse fue acompañada por su tía y su abuela a lo que ella llamaba hogar. Era una casa grande, espaciosa, con paredes blancas y habitaciones grises, los muebles eran color chocolate, negros, lo que hacía un contraste perfecto, dejando ver un gusto exquisito. En la mesa había un jarrón de aragonito, un mineral de hermosos colores naranjas y tonos rojizos, repleto de fragantes rosas blancas que en vida eran las preferidas de su madre.
Su abuela estaba sorprendida, pues era la primera vez que visitaba la casa de su hija, pronto entraron a la habitación de su madre y abrieron un amplio y sofisticado closet de madera, buscaban un vestido blanco, pues sería lo que llevaría antes de ser enterrada.
Una vez escogiendo el vestido volvieron a la casa de su abuela, quien lucía inquieta ante la llegada del cuerpo de su hija, en eso entraron dos pequeños, se trataba de los hermanos menores de Sara, Julián y Diego, Julián tenía 10 años de edad, era un niño pequeño y reservado de tez blanca con ojos negros y cabellera azabache, al igual que su madre. Diego por su parte era un poco más alto, tenía piel blanca, labios delgados y ojos color miel como su padre, su cabellera rubia era rebelde con preciosas ondas.
- ¡Hermana!, ¡Hermana!, ¡Estoy tan feliz!, ¡Mama vuelve! - exclamo sonriente Julián, que ya extrañaba bastante a su madre.
- Creo que es momento de comprar pastel, ¡Compraremos la tarta más grande!, ¡La más deliciosa!, para la llegada de mama -exclamaba Diego mientras gritaban emocionados.
Sara sintió una puñalada en su pecho, mordiéndose el labio para evitar llorar. No podía permitirse verse rota, no ante ellos, para esos dos pequeños, ella era su pilar, su fuerza. Sara, afligida, volteo la mirada hacia su tía, quien ahora comprendía que nadie se había tomado la molestia de comentarles a los niños del fallecimiento de su madre.
Su tía y abuela salieron dejándolos solos en la habitación, para después de unos minutos ver a los niños correr mientras sus llantos desgarradores inundaban la enorme casa.
Esa noche, al velar el cuerpo, había algo sumamente extraño, el aire se sentía pesado, las luces parpadeaban, y de repente las lámparas de la habitación explotaron sin más. Un corto circuito pensaron. El alojamiento se quedó completamente en la penumbra. Los ojos de Sara se volvieron tan rojos como un rubí, mientras miraba el bailar del creciente fuego, de la luz de las velas. En la habitación se presentó un hermoso ser, un caballero galante, quien levito hasta el féretro de su madre, para gentilmente tomar su mano, para posteriormente llevarse su alma.
La bella joven, de cabellera castaña, estaba sorprendida, pues era la primera vez en muchos años que vislumbraba a un ser de otro plano. Se acercó lentamente, al cuerpo de su madre, mientras una lágrima caía por sus mejillas. Contemplo el cadáver, y se sintió tranquila, pues tenía dibujada una sutil sonrisa.
-Ten un buen viaje mama - exclamo Sara, afligida.
Momentos después se anunció la llegada de cuatro hombres, todos altos, de piel blanca como su padre, de cabellera rubia y ojos de color. Se trataba de sus tíos, pero a pesar de compartir lazos sanguíneos era la primera vez que los veía.
Al día siguiente, su madre fue enterrada. Y esa misma tarde Sara se mudó a la casa de su abuela. La casa era mucho más sencilla que la suya, el piso tenía ladrillos de color rojizo pegados con cemento, las paredes tenían colores turquesa, de las cuales colgaban jaulas con hermosos canarios, también tenía gallinas, gallos, vacas y ovejas, pues la familia de su madre era de campo.
Por la noche Sara se recostó en una pequeña cama individual en el cuarto de sus abuelos, pues en esa pequeña casa no sobraban habitaciones.
Esa noche soñó con su madre, soñó que la tomaba en sus brazos mientras acariciaba su castaño cabello, soñó que la conducía por un callejón obscuro, tan negro como la noche, no había cielo, ni tierra, solo el callejón que parecía estar hecho de piedras preciosas, tan negras como el basalto. Al final se detuvo, y al fondo se apreciaba un caballero realmente apuesto, el mismo, que había presenciado una noche antes. Estaba envuelto por un aura negra, tenía la piel tan pálida como un cadáver, cabellera castaña como la suya, sus ojos eran grandes y almendrados de color tan rojo como un rubí, se trataba de uno de los cuatro jinetes de la calamidad, el jinete de la muerte, su padre.
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