-Lo siento mucho, por favor no te enojes - exclamó Sara-. Lo que pasa es que te vi dormir tan plácidamente que no quise despertarte.
-Muy bien, señorita. Acepto sus disculpas, pero me tendrás que compensar - rió traviesamente Lucas.
-¿Qué tienes en mente? - preguntó Sara.
-Un beso, estaría bien - exclamó juguetonamente Lucas.
-¡Ni loca!
-¡Qué cruel! ¿Tanto asco te doy? - exclamó el hermoso pelinegro con un poco de decepción.
-No es eso, sino que nunca he besado a nadie, y he escuchado decir por ahí que tu primer beso, tu primera noche y tu primer amor son cosas que debes elegir cuidadosamente, ya que se quedarán grabadas por siempre en tu memoria.
-Vaya, esto sí que me sorprende. Nunca imaginé que fueras tan romántica.
-No lo soy, es solo que temo toparme con aquel que me acelere el corazón.
-Y si lo encuentras, ¿qué harás? - preguntó Lucas intrigado.
-Mantendré la cabeza fría y los pies ligeros para salir huyendo lo más pronto de él. El amor es un arma de doble filo, es precioso pero letal. Puede llevarte a tocar el cielo o arrastrarte al mismo infierno. He visto a muchos adultos sufrir por amor, incluso condenar sus vidas. Una vez que lo entregas todo sin condición y eres aceptado, conocerás la felicidad. Pero si no es el caso, te condenarás a amar a una persona hasta el final de tus días, sufriendo por la ausencia, siendo incapaz de olvidar.
Lucas guardó silencio y lamentó un poco darse cuenta del pensamiento de Sara mientras intentaba calmar el palpitar de su corazón.
-Como el beso está descartado, ¿qué te parece si te doy tutoría en las materias que tienes más bajas?, puesto que empiezan a dar pena - exclamó Sara.
-Realmente no lo necesito, puesto que no entraré a la universidad. Por si aún no lo has notado, el joven ante ti es hijo de un empresario dueño de una red de restaurantes en todo el país. Una vez que me gradúe, mi padre me dará uno de sus restaurantes, por lo que en realidad no tengo necesidad de estudiar.
Siento pena por tu padre, pues estará dejando su legado en manos de un inútil. Y dime, señor, vida perfecta, ¿al menos te has dado el tiempo de aprender sobre el negocio familiar? Apuesto que ni siquiera sabes tomar un sartén. Si no adquieres los conocimientos necesarios, fracasarás y con el tiempo arruinarás el legado que tu padre se ha esforzado tanto en construir.
Los ojos de Lucas se abrieron de par en par, pues era la primera vez que le respondían con tan poca delicadeza. Mientras sentía que el rostro le hervía por la vergüenza, puesto que, a la chica que buscaba impresionar, deliberadamente lo había tomado por mimado e inútil. ¿Cómo algo tan sencillo había acabado tan mal? Era algo que aún no comprendía. Sin duda, la bella joven ante sus ojos era alguien complicada de tratar.
Al llegar a casa, miró a su padre y le pidió que le permitiera ayudar en el restaurante cerca del pueblo, pues las palabras de Sara retumbaban en su cabeza. Su padre aceptó feliz, pues desde que su madre se marchó de casa, Lucas rara vez hablaba con él, y esta idea era perfecta para acercarse a su hijo.
Mientras tanto, Sara había acompañado a su abuelo al campo, pues la temporada de lluvia pronto llegaría y tenían que surcar el campo. Sus abuelos eran los únicos en el pueblo que hacían los surcos para las semillas manualmente, cosa que era realmente agotadora. Pues el viejo solía decir que si los surcos estaban a buena profundidad, cuando las gotas de lluvia cayeran del cielo, se quedarían más tiempo en la tierra, dándole así más humedad a la planta. Pero la verdad era que no había dinero para pagar un tractor que labrara la tierra. Pero a pesar de todo, cada año, las cañas de maíz del abuelo eran las más verdes, las más bellas, las que daban el mejor maíz.
Esa tarde, estaba extrañamente en silencio, cuando de repente, Sara vio una pequeña lágrima caer por sus mejillas. Ella no se acercó, solo trabajó en silencio. El viejo estaba triste, pues al marcharse, descubrió que una de sus preciadas hijas era maltratada. Sentía pena y rabia a la vez, puesto que todas sus hijas habían sido comprometidas por él, por lo que el peso de sus tragedias sentía que recaían en su espalda. Sufría por haber criado hijas sumisas, obedientes. Pero con Sara sería diferente, a ella la volvería fuerte para que nunca tuviera que soportar el maltrato de ningún otro ser. ¡Por eso la llevaba al campo! ¡Por eso era tan duro! Pues buscaba, a su manera, crear un cambio, hacer algo diferente, para salvarla del trágico destino por el que habían caído sus hijas. Él no comprendía por qué, si sufrían, no buscaban ayuda, ¡por qué no escapaban! Porque soportaban con sus labios morados y marcas en sus manos que el imponente tirano les torturara sin piedad!
Si cuando era joven sutilmente escuchó el rumor de una joven que vendía sus besos, salió de las calles, se casó de blanco en el pie de un altar. Si ella pudo salir de su miseria, ¡por qué sus hijas no volvían a casa! La respuesta era fácil: quemaba, dolía, era porque él las enseñó a soportar, las enseñó a no opinar, las enseñó a no huir, las enseñó a no llorar.
De repente, en la lejanía, Sara observó una pequeña silueta, sin duda, de un niño. Sus ojos marrones cambiaron a un color tan rojo y vibrante como un rubí. Sus pies avanzaron lentamente, como si algo la atrajera. Salió de la parcela, se dirigió a la orilla de la laguna y cuando el agua estuvo en sus pies, sintió un suave roce en su mano, pues una manita fría y esquelética la había tomado. Sara se adentró un poco más, hasta que el agua llegó hasta su cuello. Su abuelo gritaba, pero ella no escuchó. Se sumergió y en el fondo vislumbró, a lo lejos, el pequeño y frágil cadáver de lo que alguna vez fue un niño. Un niño al que, de la manera más ruin, la vida le había arrebatado.
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