Sara se tumbó en la cama, pensando en las preciosas gotas cristalinas que caían por las mejillas de su abuela, para después quedarse profundamente dormida.
Al cerrar sus ojos, un hermoso canto se escuchó en su mente, y polvo mágico de sueño se esparció por su frente llevado por un peculiar cardenal rojo, que se había escabullido secretamente hace solo algunas horas.
El alma de Sara se separó de su cuerpo viajando entre los planos astrales cuando de repente un melodioso canto la envolvió, Sara abrió sus ojos, estaba en el pasaje del sueño anterior, solo que esta vez no estaba su madre para escoltarla, sentía que la envolvente melodía la conducía hacia una frágil puerta de cristal, al abrirla, se encontró con una joven pelinegra de piel color canela, se trataba de Elena, su madre, y esa puerta conducía a fragmentos del pasado de sus padres, los cuales narraban una historia...
Una vez al año, Bernal, el hijo de la muerte, tenía permitido acceder en su cuerpo físico a la tierra y caminar entre mortales, él, al pisar la tierra por una sola noche, surcaba los vientos buscando a la joven de la cual desde que era un niño se había enamorado, pues cada año a la misma hora y en el mismo lugar, ellos se encontraban.
Esa noche ella salía de su habitación, escabulléndose sigilosamente como un felino, para adentrarse al campo bajo la mirada expectante de la luna llena, quien la bañaba con su hermosa luz plateada, ella se postraba bajo un imponente árbol, de corteza áspera y pintorescas hojas verdes, mientras esperaba impaciente la llegada de su amado.
De repente la hierba comenzó a moverse, para luego dejar ver, a un hermoso joven de cabellera castaña, piel tan blanca como el marfil, ojos almendrados de color vibrante, tan rojos como un rubí, labios delgados, complexión delgada, alto, gallardo y de figura esbelta, quien iba vestido con un hermoso atuendo negro.
El viento sopló suavemente y ella al verlo corrió apresurada para envolverlo en sus brazos, para momentos después fundir sus labios en un apasionado beso.
Él la tomo de la mano, llevándola a volar por el hermoso cielo nocturno, sintiendo la brisa en su rostro, después, solo por esa noche, le permitió a las criaturas marinas volver al mar, dejando ver una vista asombrosa, pues el basto mar estaba lleno de hermosas criaturas fosforescentes causado por su miasma fantasmal, había juguetones delfines, medusas eléctricas, peces de mil colores, y preciosos arrecifes, los cuales contemplaban desde las profundidades, desde una esfera de cristal.
La noche avanzaba rápidamente, y él se sentía cada vez más triste, pues sabía que a la llegada de la mañana se tendría que despedir de su amada, Elena noto su angustia y acaricio su rostro con ternura.
- sé bien que esto no durara para siempre, pero al menos por esta noche me gustaría que tuvieras esto - decía Elena suavemente, mientras lentamente desabrochaba los blancos botones de su blusa.
- Elena, no es necesario, yo puedo esperar el tiempo que tú quieras, estar contigo es mi mayor alegría- no necesito nada más - decía Bernal un poco avergonzado, mientras desviaba la mirada con las mejillas encendidas.
- pero yo sí, necesito sentirte mío, perdona si soy egoísta, aunque si no quieres podemos dejarlo para nuestra siguiente cita.
Bernal fijo la mirada en los ojos negros de su encantadora novia ya desnuda, pues desde hace mucho había soñado con ese momento, para luego dejar caer poco a poco sus prendas, dejándose llevar por el suave roce de sus labios, lo fragante y suave de su piel, para luego fundir sus cuerpos, y así dos almas se volvieron una, en una noche de amor, placer y locura.
Sara cerró los ojos y dio un pequeño salto en el tiempo, pues no deseaba ver a sus padres, en semejante situación, pues era algo vergonzoso.
Cuando volvió un poco más adelante en la historia, el cielo se tornaba de colores rojizos y tonos naranjas, pues anunciaban la llegada del sol, Elena se despedía de Bernal, mientras en su mano sostenía una hermosa piedra preciosa, pues cada año, su padre para conmemorar la fecha le regalaba una, Elena nuevamente se escabullo en su cama, sin saber que como fruto de ese amor, una bebe de cualidades sin igual se formaba en su cálido vientre.
Los meses pasaron y el cuerpo de Elena comenzó a embarnecer, y cuando sintió que en su interior había vida, su corazón se llenó de alegría.
Su padre al enterarse la golpeó brutalmente, esperando que milagrosamente que él bebe abandonara el cuerpo de su hija, pues tener un embarazo fuera del matrimonio era la mayor vergüenza, sería el hazmerreír del pueblo, la deshonra de su familia y esto él no lo iba a permitir.
A la mañana siguiente encerró a Elena, mientras salía al pueblo en busca de pretendientes decentes para casar a su hija, pues debía ocultar su pecado.
Y bien, a la semana siguiente, a pesar de las objeciones de Elena, fue desposada con un joven de prestigiosa familia de cabellos tan rubios como el sol.
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