Gritando como nunca en mi vida, mi jefe se adentra al mar y ahogo una exclamación cuando las frías aguas hacen contacto con mi piel.
—¡Esta helada! —gimo queriendo escalar la inmensidad de su cuerpo para tratar de estar lo más que pueda fuera del agua.
—¡Esta perfecta! —grita él y ríe porque estoy prendida a él como garrapata.
Una ola nos mueve y nos arrastra, más que nunca me agarro de el para no ser arrastrada por el mar. Al pasar la ola escucho como se ríe. Ni me sostiene, parezco un coala enganchado en el enorme tronco de un árbol. Su cara esta tan cerca de la mía que puedo detallar cada milímetro de piel.
Como saliendo de un sueño me suelto de su grandeza para caer de espalda al agua, su risa se escucha más estruendosa todavía. Como puedo me levanto y le sigo la risa, le tiro agua y comenzamos una guerra haciéndonos ver como adolescentes.
Corro lejos de él y mis pies se enredan para caer de cara en la arena y literal besarla. Mas risa a mi espalda y cuando me despego de la arena no puedo dejar de escupir. Mis pestañas están llenas de arena, mi boca también y ni hablar de mi cabello que con la caída quedo extendido a lo largo y ahora parece una red que, en vez de traer pesca, trajo arena.
En el intento de incorporarme vuelvo a caer, nunca me sentí tan torpe en mi vida, creo que deben ser las burbujas de la cerveza que estallan en mi cabeza. La risa de mi jefe se escucha a mi lado más el agarre de su enorme brazo me levanta como si fuera una tapa.
—Está llena de arena —dice riéndose en mi cara y me ayuda a sacar un poco, pero creo que lo mejor sera que nuevamente me meta al agua.
Me volteo y camino en dirección al agua, pero nuevamente la fuerte mole me arrastra con él, tomándome de la cintura, cargándome como niña. Me prendo de su cuello para no caer mientras el corre mar adentro y se sumerge sin soltarme. Al salir a la superficie, alejada un poco de el trato de secar mi cara con mis manos y escupo nuevamente, pero esta vez agua.
—¡Bruto! —grito y lo salpico, él se ríe y se tiende en el agua con una sonrisa dibujada en su cara.
Al rato volvemos a caminar hasta la playa, ya el frio está calando mis huesos.
—Gracias por esto, me divertí un montón —dice cuando llegamos donde estábamos antes. No dejo de tiritar, pero sonrió porque de verdad se lo ve feliz.
—De nada, es divertido cuando no se porta como un idiota —digo sincera y tomo una toalla, saco mi solera que esta empapada he intento secarme.
Levanto la mirada y ahí está de nuevo el depredador que es mi jefe, sus ojos son más negros aun y su mandíbula esta tensa. Mi risa se esfuma al ver su expresión. Parece mirarme como si fuera una presa apetecible.
—Buenas noches señorita Diaz —dice y voltea para alejarse de mi dejándome confundida y con el saludo en la boca.
Vuelvo al hotel pensando en lo que paso sin comprender que pude hacer mal para que la encantadora velada que estaba pasando cambiara abruptamente.
Debo admitir que esta versión de mi jefe me gusta más, es más humana. La de la oficina parece una máquina que solo folla de manera desquiciada.
Llego a mi habitación arrastrando los pies, el cansancio hace estragos en mi cuerpo. Me adentro y me dirijo al baño. Luego de una ducha en la que el baño quedo lleno de arena, me fui derecho a la cama, arrastrándome como oso hormiguero me subí en ella y ni bien mi rostro rozo la almohada me quede plácidamente dormida.
A la mañana, temprano, me despierta la alarma programada de mi celular, me estiro perezosa para erguirme, miro mi desnudez, ni siquiera una tanga me puse de lo cansada que estaba.
Me levanto para ir al baño y hacer mis necesidades mientras llamo a la boutique del hotel y pedir que me traigan a mi habitación un conjunto formal junto con ropa interior.
Mientras espero me paseo desnuda como si estuviera en mi casa y me dirijo al balcón, son las siete de la mañana, a esta hora el sol se ve hermoso desde esta ubicación.
Abro las puestas y el fresco viento que viene del mar pega en mi rostro. Salgo para apreciar mejor las vistas y escucho un carraspeo a mi lado, volteo y veo a mi jefe. Sonrió.
—Buenos días —saludo y me percato que nuevamente me mira como anoche, como si fuera una presa fácil de devorar.
Sin comprender su actitud miro como su grueso dedo me señala, me miro. El fuerte grito que sale de mi boca casi me deja sorda, volteo para entrar espavorida a mi habitación. ¡Dios, como me voy a olvidar de mi desnudez!
¡Mierda y más mierda! Como hare para verlo a la cara sin sentir vergüenza. Busco algo con que cubrirme y salgo nuevamente al balcón para disculparme por mi falta de atención, pero el ya no estaba. Suspiro he ingreso de nuevo a la habitación.
Escucho como llaman a mi puerta y me dirijo a paso firme, pensando en la manera de disculparme. No quiero que piense que quiero seducirlo o algo por el estilo. Pero cuando abro se trata de la empleada de la boutique que trae mi pedido, le agradezco y antes de cerrar la puerta miro hacia la del lado donde se encuentra hospedado mi jefe, pero permanece cerrada.
Ingreso nuevamente y tratando de olvidar el bochorno e incomodidad que acabo de pasar me visto con la ropa que pedí que me traigan.
Uso los tacones que utilice en la boda, por suerte son negros y combinan con todo. Me maquillo ligeramente y salgo de la habitación, mi estomago ruje. Necesito de un buen desayuno.
No doy ni dos pasos cuando la fuerte fragancia de mi jefe invade el aire y al voltear lo veo venir hacia mí.
—Buenos días, señorita Diaz —murmura, serio inspeccionándome.
—Buenos días, señor Grande —correspondo a su saludo evitando reír, su apellido me causa gracia—. Me disculpo por lo de hace rato.
—No debería, tiene un cuerpo magnifico como para sentir vergüenza —dice tan serio que no se si es lo que de verdad siente, nos adentramos al ascensor y el mutismo recae en nosotros—. ¿Va a desayunar? —pregunta cuando llegamos al lobby.
—Si —respondo, algo asustada.
—La invito —dice y lo miro, hay esta mole me quiere matar. Se lo ve tan sexi con esa sonrisa en su rostro. Asiento en respuesta ya que al parecer algún ratón se comió mi lengua.
En el restorán del hotel pido un desayuno completo, mi jefe mi mira y de pronto ríe. Lo miro sin comprender su razón.
—¿Qué pasa? —pregunto, esta mole me confunde constantemente.
—Es la primera mujer con la que comparto un desayuno que pide tantas cosas para comer—dice y sonrió, siempre desayuno bien porque por lo general en el almuerzo no como mucho.
—Pues cuando me vea almorzara pensara que soy un pajarillo —digo con una sonrisa sincera—. Usted también desayuna bien.
—Este cuerpo no se mantiene solo —dice y rio tapando mis dientes con una mano.
—Esa montaña querrá decir —digo. El me mira de una forma que no descifro, pero por suerte llega el mesero con nuestro desayuno y mis ojos se iluminan.
Desayunamos en un silencio que para nada es incómodo y luego de eso salimos en uno de los autos del hotel que tenemos a nuestra disposición, rumbo a la reunión que nos espera con este cliente que es uno de los más importantes de la empresa.
Al comienzo de la reunión el señor Robert miraba con desconfianza a mi jefe y yo solo rezaba para que mi jefe muestre un poco de interés en el proyecto como lo mostro él.
Cuando quise tomar la palabra, él se levantó de su lugar y posando una mano en mi hombro evito que hablara y comenzó hablar él. Primero explicó la propuesta mía y luego detallo los cambios que él quería darle.
Estuve como entrencé, todavía sintiendo ese sutil roce de sus dedos en mi hombro. Decir que mi cuerpo vibro es poco. Estoy tan confundida con respecto a este hombre que no sé cómo tomarlo.
Por un lado, sé que es un mujeriego de primera, pero por el otro lado sé que se puede pasar un momento ameno con él. Creo que tener una amistad con él nos ayudara a que nuestro trabajo se desarrolle en total tranquilidad. Sonrió con esa idea en mente y me concentro en la reunión.
El señor Robert vio de manera positiva los cambios que propuso mi jefe. Lo que me gusto es que espero la opinión del cliente y no impuso la suya sobre la mía.
Pactando una nueva visita dentro de un mes para ya poder tener un demo de lo que sería la campaña publicitaria, dimos por finalizada la reunión.
Como era costumbre de este cliente y muchos también si lo pongo es perspectiva, nos invitó a almorzar a su casa familiar. Mi jefe no quería acetar, pero ahora fui yo la que se adelantó y acepto por los dos.
—Tengo algo que hacer —murmura en mi oído cuando el cliente se retira un momento al baño.
—¿Follar con alguna imitación de Barbie? —le pregunto en susurro, captando su atención. Me mira serio, creo que le di en el blanco—. Creo que ya comienzo a conocerlo —digo sonriendo—. Si quiere ganarse la total confianza de este cliente es imperativo que asista a esa comida, su cita la puede programar para más tarde, no creo que sus bolas se pongan azules si espera un poco más.
—Eres muy directa, ¿Lo sabes? —dice mirando atreves de mí.
—Por ser como soy estoy donde estoy —digo y me levanto dibujando una sonrisa. Nuestro cliente se acerca nuevamente y pactamos la hora en la que nos reuniremos en su casa.
Salimos de la sala de reuniones, tenemos todavía hora y media para llega a esa cita y pienso que es tiempo suficiente para dar un paseo y ver que le puedo comprar a la anfitriona de la casa. No se puede caer a un almuerzo o cena con las manos vacías.
—Iré al centro comercial por un presente para la señora del señor Robert —le indico a mi jefe cuando nos montamos en el coche a nuestra disposición.
—Bien, mientras usted se encarga de eso yo la esperare en algún bar —dice manejando hacia el centro de la ciudad—, necesito un trago fuerte.
—Si toma no podrá manejar —digo ya que a él le pareció buena idea andar sin chofer—, además de que debería venir conmigo a elegir el presente.
—Te voy a ser sincero para que comprendas un poco, nena —dice cambiando de tono sin dejar de manejar, lo miro esperando a que se esplique que tanto drama. Toma aire, me mira brevemente y vuelve la mirada al frente—. Si crees que verte desnuda no afecto nada en mí, está loca. Soy hombre y como sabrás me gusta follar. Tengo una maldita erección hace de anoche que no puedo bajar y sin poder acudir a mi cita para que me ayuden con ella no creo poder aguantar demasiado. Se que tú no te harás cargo, por eso necesito ese maldito trago y a lo mejor con suerte me encuentro con alguna cualquiera que me la mame por cien dólares y termine con mi tortura momentánea —me quedo en shock mirándolo sin estar segura de lo que dijo—. Sierra la boca si no quieres terminar con mi pene en ella —finaliza. Al comprender sus palabras sierro la boca automáticamente y me coloco erguida en mi lugar.
Ósea que, en pocas palabras, la mole acá a mi lado está caliente conmigo. Sale una risa nerviosa de mí y miro por la ventanilla. ¿Cómo se supone que debo actuar sabiendo eso?
—Déjeme por aquí, cuando obtenga el obsequio para la señora de Robert le llamo para que pase por mi —digo y sin esperar respuesta bajo del coche.
Camino mirando vidrieras tratando de olvidar las palabras de mi jefe, pero me es imposible. Entro a una tienda de antigüedades y miro muchas cosas, pero pocas llaman mi atención.
Se que la señora de Robert es muy refinada y extravagante, lo sé por las veces que la he visto y hablado con ella. Mi vista se detiene en un estante donde contiene joyería antigua y muy fina. Hay un prendedor en forma de loto. Le pido al de la tienda que me lo muestre.
Se trata de una joyería de Tiffany, realizado en oro blanco con incrustaciones de topacio amarillo. La pieza es bellísima. Le pido que me lo envuelva y mientras lo hace sigo mirando. Veo unos gemelos con detalle en negro, son redondos. Me recuerdan a ciertos ojos negros que me intimidan y confunden de igual manera. Los tomo y analizo la idea de comprarlos o no. Decido comprarlos.
Pago la cuenta y salgo de la tienda de antigüedades. Los gemelos los dejo en mi bolso y el regalo para la señora de Robert lo conservo en mis manos. Camino un momento tratando de despejar mi mente.
No todos los días se te presenta tu jefe y te dice de buena a primera que quiere follarte. No a menos que se trate de Briza y su esposo.
No sé qué hacer, debería renunciar. Pero eso me tacharía como una cobarde. Decido hacer de cuenta que en ningún momento dijo aquello y le ruego a todos los santos que haya encontrado la manera de liberar esa carga que al parecer se debe a mí.
Ahora comprendo el cambio repentino de su actitud la noche anterior cuando nos divertíamos en la playa.
Estoy tan perdida en mis pensamientos que cuando mi celular comienza a vibrar casi grito del susto.
“Señor idiota”
Mierda me está llamando.
—Si... —digo tomando la llamada.
—Donde carajo se metió, señorita Diaz — y ahí está nuevamente el idiota de hace unos días, ruedo los ojos—. ¡Acaso no mira la hora, falta quince minutos para el almuerzo!
—¡Ya bájale! —digo y agradezco no tenerlo en frente—. Estoy en... —miro a mi alrededor ¿Dónde carajo estoy? —. Corto y le mandó un mensaje con mi ubicación.
Dicho esto, corte la llamada y le mande la ubicación para que me recoja. No pasa mucho que veo el coche del hotel en el que nos hospedamos detenerse a unos pasos de mi ubicación.
Me acerco a paso rápido y subo al vehículo. Al mirarlo puedo notar que esta más relajado, ¿Sera que alguien le pudo succionar el mal humor?
—¿Ya tiene el dichoso obsequio? —pregunta y pone en suda mi teoría de succión de mal humor.
—Si —digo y lo miro de reojo—. ¿Y cómo le fue con su temita?
—¿Qué quiere saber específicamente? —pregunta y me quedo callada—. Mejor limitémonos a cumplir nuestro papel, yo de jefe y usted de empleada —me quedo boquiabierta porque él sabe bien que soy más que una simple empleada, soy su mano derecha—. Y sierre esa boca.
—Idiota —refunfuño por lo bajo. Por la sonrisa que aparece en la comisura de su boca estoy más que segura que me ha escuchado.
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Comments
CARMEN GARCIA
que directo 🤣
2024-10-02
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Lourdes Mendez
osea que el que Cristina se quede sorprendida al señor ya se le antoja otra cosa
2024-08-17
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lisbeth mijares
me encanta la historia y lo directo que son
2024-06-21
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